DOMINGO PRIMERO DE ADVIENTO (A)
Comenzamos hoy el tiempo de preparación a la Navidad del Señor; es el tiempo de 'adviento', que quiere decir el tiempo de espera vigilante y de preparación activa a la venida del Señor. Atrás queda la primera venida, cuya memoria celebraremos el día de Navidad; pero al mismo tiempo, esperamos su segunda venida, que no sabemos cuándo acontecerá. Por eso, Jesús nos exhorta a mantenernos vigilantes, es decir, bien dispuestos, "porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre". Comenzamos, pues, el adviento con el pensamiento de la segunda venida del Señor, para disponernos así a celebrar con provecho aquella primera venida en la noche de Belén.
Todos los grandes acontecimientos o las visitas importantes se preparan con tiempo para que todo salga bien, para que no falle nada. También en el ámbito de la fe es necesaria la preparación; sin ella las celebraciones más importantes del año litúrgico pueden pasársenos desapercibidas. Ese es el sentido de este tiempo de adviento: una ayuda, una ocasión, un estímulo para ponernos en camino hacia Cristo que viene. El horizonte que tenemos al fondo, durante estas semanas de preparación, es el nacimiento del Señor: Jesús, el Hijo del Altísimo, viene a nosotros, ¿cómo ir nosotros hacia él?, ¿cómo disponernos a acogerlo en nuestras vidas? En primer lugar y como condición indispensable se nos pide "querer" prepararnos. Es lo que hemos rezado en la oración que inaugura este tiempo de adviento: "Aviva en tus fieles, Señor, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene". Esta es la actitud fundamental, porque si en nosotros no hay este deseo, si no vibra en nuestro corazón el deseo de acoger a Cristo, que viene, de encontrarnos con él, entonces ni el adviento ni la navidad significarán nada, o significarán otra cosa, que poco tiene que ver con la celebración del nacimiento del Salvador de los hombres.
Y ¿qué significa desear o querer una cosa?
Por de pronto, hay que decir que sólo se consigue lo que se quiere de verdad. Además, la intensidad de un deseo está en relación con el valor que algo tiene para mí. Un esposo emigrante desea con toda su alma que lleguen las vacaciones para poder encontrarse con la esposa, con los hijos, con la patria. Un enfermo desea vivamente recuperar la salud; un trabajador en paro sueña con un puesto de trabajo. Lo que uno desea eso es valioso para él; por eso he dicho que la intensidad del deseo revela el grado de valor que algo tiene para nosotros.
Traslademos esta experiencia de la vida humana a nuestra vida cristiana: ¿hay en nosotros un deseo de Dios? Si lo hay, es que Dios es un bien valioso para nosotros; pero si nuestro deseo de Dios está adormecido y apenas lo notamos, es señal clara de que Dios no es algo excesivamente valioso para nosotros, es señal de que podemos pasar tranquilamente sin él. Este tiempo de adviento que hoy comenzamos, nos encara con esta pregunta fundamental: Dios viene a nuestro encuentro, ¿deseamos nosotros salir a recibirlo? Naturalmente, no se trata de un mero deseo puramente sentimental, sin contenidos concretos; un deseo que no compromete a nada, no logra alcanzar nada. Por eso en la oración hemos rezado: "Aviva en nosotros el deseo de salir al encuentro de Cristo acompañados por las buenas obras". Si al deseo no le acompañan las obras, no es un verdadero deseo, es un espejismo, es un engaño. Y ¿cuáles son esas obras que hacen verdadero el deseo de prepararnos a recibir al Señor? Nos las ha recordado san Pablo: "Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo".
El deseo de salir al encuentro de Cristo, para que sea verdadero, tiene que concretarse en un empeño de purificación de nuestro corazón, de nuestras actitudes, de nuestros comportamientos, de manera que el Señor pueda habitar en él. Por eso, todo el tiempo de adviento es una invitación a la renovación de la vida cristiana: si ésta no se da, el deseo de Cristo es estéril, la navidad no será un acontecimiento de salvación en nuestras vidas. Y sabemos también que para lograr esto, no podemos contar con nuestras fuerzas que son escasas y están debilitadas por el peso de nuestros pecados. Pero contamos con la ayuda del Señor, con el apoyo de su gracia, con ese poder suyo que nos fortalece internamente.
Este es el tiempo de adviento, tiempo para dejarnos moldear por el Señor, para poner nuestra vida en sus manos, de manera que también en nosotros se dé un renacimiento como gracia y fruto del nacimiento del Señor.
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(Otra propuesta de homilía)
Hoy, en la Iglesia, comenzamos un tiempo nuevo: el adviento. Con él empieza el año litúrgico, o sea, la forma que tenemos los cristianos de revivir los misterios de Cristo, por medio de los cuales él realizó la obra de nuestra salvación. Adviento significa espera de Alguien que va a venir; espera de Jesucristo. Durante siglos la humanidad estuvo anhelando la llegada del Salvador, oteando en le horizonte los signos de su venida. Todos los creyentes clamaban incesantemente a Dios: “Cielos, lloved vuestra justicia; ábrete, tierra, haz germinar al Salvador”. Todos los profetas apuntaban hacia la venida del Mesías invitando a los fieles a prepararse convenientemente para recibirlo con un corazón y una conciencia limpios de pecado.
Este tiempo de espera lo comenzamos nosotros hoy, primer domingo de adviento. A nosotros nos invita el profeta Isaías: “Venid, subamos al monte el Señor, a la casa de Dios. Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas. Porque de Jerusalén saldrá el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos”. Esta es la preparación que Dios pide de nosotros: que nos dejemos instruir por su Palabra, que durante este santo tiempo de adviento prestemos algo más de atención a su Palabra, que la escuchemos y meditemos más despacio. Pues la Palabra de Dios es luz en nuestro camino, es la fuente de nuestra esperanza, es el alimento de la fe. Decía san Juan María Vianney, un humilde párroco francés, el Cura de Ars: “Nuestro Señor, que es la verdad misma, no da menos importancia a su Palabra que a su Cuerpo”.
Así es: no podemos decir que apreciamos el Cuerpo eucarístico de Cristo si no amamos su Palabra. El Señor está presente en la Eucaristía y en la Sagrada Escritura. Estas son las dos fuentes de su divina presencia, las dos mesas del alimento de la fe, de manera que si no lo recibimos cuando nos habla en su Palabra, ¿cómo vamos a pretender que venga a nosotros en la Comunión? Si estamos distraídos cuando él nos habla, ¿con qué disposiciones vamos a acercarnos a comulgar?
San Pablo nos advierte: “Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de espabilarse, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer”. Ciertamente hay que espabilarse. Estamos demasiado encogidos frente al avance de la increencia, de la indiferencia, del relativismo moral; hay demasiada rutina, tibieza y mediocridad en nuestra vida cristiana. Tenemos que reavivar nuestra fe y nuestra esperanza da cara a la venida del Señor. Debemos esforzarnos en ser mejores para hacer más creíble nuestra fe. Porque la fe no es un adorno, que nos ponemos los domingos y fiestas de guardar; la fe cristiana aspira a cambiar la vida, a transformar nuestra conducta. Por eso nos ha dicho el Apóstol: “Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias”.
San Pablo nos exhorta a prepararnos a la venida del Señor con una conducta digna de él. Pues ¿cómo va a venir a nosotros si no quitamos de en medio las obras malas, si no luchamos por vencer el pecado que nos acecha continuamente?
“Vestíos del Señor Jesucristo”: este es el programa del adviento. Pero para vestirnos del Señor Jesús antes es necesario que nos desvistamos de nuestras malas obras, de nuestro egoísmo, de nuestros odios y rencillas. Vestirse del Señor Jesucristo significa esforzarse en vivir como Jesús nos enseñó, cumpliendo su Palabra, teniendo sus mismos sentimientos. Así, cuando él venga nos encontrará bien preparados, bien dispuestos. Jesús mismo nos lo ha recomendado: “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos pensáis viene el Hijo del Hombre”.
Pues que durante este santo tiempo de adviento que hoy estrenamos, vivamos así: atentos a su Palabra, comportándonos como conviene a los hijos de la luz, viviendo como Jesús, esperando gozosos el día de su llegada. En una palabra: con el deseo de “salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras”. Que nuestra vida así vivida sea el regalo que le presentemos al Señor la noche santa de su Nacimiento. Entonces Jesús nacerá para nosotros, más aún, nacerá en nosotros y esta Navidad será nuestra salvación.