DOMINGO DE RAMOS
José
Mª. del Miguel
Con esta celebración del Domingo de Ramos en la que se conmemora la entrada de
Jesús en Jerusalén, empezamos la Semana Santa; y lo hacemos con la lectura de
la Pasión del Señor. Después de recordar la gloria efímera de aquel día, en
el que Jesús quiso revelarse al pueblo como el Mesías enviado por Dios, la
liturgia nos enfrenta de plano con el trágico final de aquella entrada en
Jerusalén: es el relato impresionante de los acontecimientos que terminaron con
la crucifixión y muerte de Jesús. En la historia de la Pasión leemos la
historia de nuestra salvación; el precio de nuestro rescate es la sangre de
Cristo derramada en la cruz. Este es el misterio de la redención del hombre que
nos disponemos a celebrar en la Semana Santa. Cada uno de nosotros tendríamos
que sentirnos personalmente afectados, implicados en el camino de Jesús hacia
la cruz, pues no va él solo, sino que va por nosotros, en lugar de nosotros. No
se trata de ver pasar a Jesús, sino de caminar con él, de hacer su mismo
recorrido, si es que queremos tener parte también en su resurrección.
En estos días santos, que son el centro y quicio de todo lo que recordamos y
celebramos durante el año, se nos invita a revivir la obra grande que Dios ha
hecho por nosotros. Se podría decir que los protagonistas de estos días somos
nosotros, pues por nosotros los hombres y por nuestra salvación fue crucificado
el Señor de la gloria. Se nos invita a celebrar con fe los sagrados misterios
de la pasión y muerte de Jesús; con fe significa con gratitud, esforzándonos
por comprender y corresponder a su amor, que llega al extremo de dar su vida por
nosotros. Tenemos que permitir que el amor de Cristo penetre dentro de nosotros,
porque sólo desde la contemplación de lo que él ha hecho por nosotros
podremos convertirnos. Y de eso se trata precisamente, de que la celebración de
los misterios de la pasión y muerte del Señor no nos dejen indiferentes, sino
que nos transformen interiormente como a aquel malhechor crucificado con Jesús.