Sab 6,13-17; Sal 62; 1 Ts 4,12-17; Mt 25,1-13

José María de Miguel

LA SUERTE DE LOS DIFUNTOS

"Hermanos: No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza". Así empezaba el fragmento de la carta de san Pablo que hemos escuchado. "La suerte de los difuntos", ¿qué pasa con ellos? Esta es una pregunta fundamental que se hacen todos los hom­bres. La experiencia de la muerte está ahí; es una realidad de cada día, de la que no podemos sustraernos. Todos sabemos que tenemos que morir, que la muerte es el destino final de la vida humana. A pesar de eso, es decir, a pesar de que la muerte es la certeza más segura, vivimos como si la muerte no nos hubiera de visitar nunca, como si los que han de morir fueran los demás. A la vera del camino van quedando otros, mientras nosotros continuamos viviendo y preguntándonos de vez en cuando por los que ya han muerto.

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A la pregunta por "la suerte de los difuntos" no hay más que dos clases de respuestas: o bien no hay ninguna "suerte", es decir, los muertos están bien muertos y punto; o bien su destino es la vida junto a Dios, si fueron fieles a El mien­tras vivieron en este mundo. El pensamiento acerca de "la suerte de los difuntos" está íntimamente ligado a la fe en Dios, que la S. Escritura llama "Dios de vivos, no de muer­tos". Para el que no cree en Dios, la cosa está resuelta de antemano: si Dios no existe, mucho menos existirá una vida después de la muerte, por tanto, de lo que se trata es de vivir esta vida, la única que hay, lo mejor posible y sacándo­le el mayor provecho posible: "comamos y bebamos, que mañana moriremos", así caracteriza san Pablo la "filosofía" materia­lista de los que se apuntan únicamente a esta vida: "su dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas"(Fil 3,19). Ciertamente, también hay otros que, sin esperar otra vida, porque no han recibido el don de la fe, viven esta vida de una manera digna, más digna a veces que los que "esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro".

Sin embargo, el misterio de la muerte y la "suerte de los difuntos" sólo halla una respuesta adecuada desde la fe. Así nos enseña el Concilio Vaticano II: "Mientras toda imaginación fracasa ante la muer­te, la Iglesia, aleccionada por la Revela­ción divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terres­tre. La fe cristiana enseña que la muerte corpo­ral... será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador resti­tuya al hombre en la salvación perdida por el pecado... Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte"(GS 18).

Los hombres sin esperanza, es decir, sin fe se afligen ante la muerte, porque todo termina irremisiblemente. Los que dicen que ellos se conforman con la nada proclaman a las claras el sinsentido de su vida. Y esto es todavía más triste. El Apóstol Pablo, en cambio, quiere que los creyentes miremos a la muerte con otros ojos, con otra cara: "Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con El". El punto principal es la resurrección de Cristo, ella es la garantía de la resurrección de todos los demás, que hayan muerto en Jesús. Pablo no olvida este dato: morir todos tenemos que morir, lo importante es morir en Cristo Jesús, es decir, en su gracia y amistad.

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"La suerte de los difuntos" está en Dios; por la muerte tempo­ral han entrado en la vida eterna de Dios. Como el grano de trigo que para dar fruto ha de ser enterrado y morir, así también nosotros, para alcanzar la vida sin fin hemos de pasar por el doloroso trance de la muerte: a la vida verdadera se pasa por la frontera del sepulcro. Pero lo verdaderamente impor­tante es que cuando llamemos a su puerta, El nos abra; lo decisivo es que cuando venga el Esposo para invitarnos a entrar con El al banquete del Reino, nos encuentre preparados, con las lámparas encendidas, es decir, con la llama de la fe, la esperanza y la caridad iluminando nuestra vida y nuestra muerte.

Precisamente porque nosotros confiamos en que "la suerte de los difuntos" está en Dios, por eso mismo no sólo los recorda­mos, sino que entramos en comunión con ellos, rezamos a Dios por ellos y ellos interceden por nosotros. Como nos enseña el Concilio Vaticano II: "la fe... ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera"(GS 18).

Esta comunión con nuestros difuntos alcanza su momento culmi­nante cuando oramos a Dios por ellos en la Eucaristía; enton­ces la Iglesia, mientras ofrece al Padre el sacrificio de Cristo presente sobre el altar, recuerda a los difuntos y reza especialmente por ellos. Y hay que decir que este rezar por los difuntos es un verdadero acto de fe, una confesión del Dios de vivos, a cuya misericordia confiamos nuestros difuntos con la esperanza de ser contados también nosotros en el número de los elegidos, de aquellos que entran con el Esposo al banquete de bodas del Reino, "donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria..., porque al con­templarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas".

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