"Hermanos:
No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis
como los hombres sin esperanza". Así empezaba el fragmento de la carta de
san Pablo que hemos escuchado. "La suerte de los difuntos", ¿qué
pasa con ellos? Esta es una pregunta fundamental que se hacen todos los hombres.
La experiencia de la muerte está ahí; es una realidad de cada día, de la que
no podemos sustraernos. Todos sabemos que tenemos que morir, que la muerte es el
destino final de la vida humana. A pesar de eso, es decir, a pesar de que la
muerte es la certeza más segura, vivimos como si la muerte no nos hubiera de
visitar nunca, como si los que han de morir fueran los demás. A la vera del
camino van quedando otros, mientras nosotros continuamos viviendo y preguntándonos
de vez en cuando por los que ya han muerto.
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A
la pregunta por "la suerte de los difuntos" no hay más que dos clases
de respuestas: o bien no hay ninguna "suerte", es decir, los muertos
están bien muertos y punto; o bien su destino es la vida junto a Dios, si
fueron fieles a El mientras vivieron en este mundo. El pensamiento acerca de
"la suerte de los difuntos" está íntimamente ligado a la fe en Dios,
que la S. Escritura llama "Dios de vivos, no de muertos". Para el
que no cree en Dios, la cosa está resuelta de antemano: si Dios no existe,
mucho menos existirá una vida después de la muerte, por tanto, de lo que se
trata es de vivir esta vida, la única que hay, lo mejor posible y sacándole
el mayor provecho posible: "comamos y bebamos, que mañana moriremos",
así caracteriza san Pablo la "filosofía" materialista de los que
se apuntan únicamente a esta vida: "su dios, el vientre; su gloria, sus
vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas"(Fil 3,19). Ciertamente, también
hay otros que, sin esperar otra vida, porque no han recibido el don de la fe,
viven esta vida de una manera digna, más digna a veces que los que
"esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo
futuro".
Sin
embargo, el misterio de la muerte y la "suerte de los difuntos" sólo
halla una respuesta adecuada desde la fe. Así nos enseña el Concilio Vaticano
II: "Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia,
aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por
Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria
terrestre. La fe cristiana enseña que la muerte corporal... será vencida
cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en la
salvación perdida por el pecado... Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado
esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia
muerte"(GS 18).
Los
hombres sin esperanza, es decir, sin fe se afligen ante la muerte, porque todo
termina irremisiblemente. Los que dicen que ellos se conforman con la nada
proclaman a las claras el sinsentido de su vida. Y esto es todavía más triste.
El Apóstol Pablo, en cambio, quiere que los creyentes miremos a la muerte con
otros ojos, con otra cara: "Pues si creemos que Jesús ha muerto y
resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con
El". El punto principal es la resurrección de Cristo, ella es la garantía
de la resurrección de todos los demás, que hayan muerto en Jesús. Pablo no
olvida este dato: morir todos tenemos que morir, lo importante es morir en
Cristo Jesús, es decir, en su gracia y amistad.
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"La
suerte de los difuntos" está en Dios; por la muerte temporal han entrado
en la vida eterna de Dios. Como el grano de trigo que para dar fruto ha de ser
enterrado y morir, así también nosotros, para alcanzar la vida sin fin hemos
de pasar por el doloroso trance de la muerte: a la vida verdadera se pasa por la
frontera del sepulcro. Pero lo verdaderamente importante es que cuando
llamemos a su puerta, El nos abra; lo decisivo es que cuando venga el Esposo
para invitarnos a entrar con El al banquete del Reino, nos encuentre preparados,
con las lámparas encendidas, es decir, con la llama de la fe, la esperanza y la
caridad iluminando nuestra vida y nuestra muerte.
Precisamente porque
nosotros confiamos en que "la suerte de los difuntos" está en Dios,
por eso mismo no sólo los recordamos, sino que entramos en comunión con
ellos, rezamos a Dios por ellos y ellos interceden por nosotros. Como nos enseña
el Concilio Vaticano II: "la fe... ofrece la posibilidad de una comunión
con nuestros queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza
de que poseen ya en Dios la vida verdadera"(GS 18).
Esta
comunión con nuestros difuntos alcanza su momento culminante cuando oramos a
Dios por ellos en la Eucaristía; entonces la Iglesia, mientras ofrece al
Padre el sacrificio de Cristo presente sobre el altar, recuerda a los difuntos y
reza especialmente por ellos. Y hay que decir que este rezar por los difuntos es
un verdadero acto de fe, una confesión del Dios de vivos, a cuya misericordia
confiamos nuestros difuntos con la esperanza de ser contados también nosotros
en el número de los elegidos, de aquellos que entran con el Esposo al banquete
de bodas del Reino, "donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud
eterna de tu gloria..., porque al contemplarte como tú eres, Dios nuestro,
seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus
alabanzas".