Fiesta de la Asunción de la Virgen María

- I -

 

Apc 11,19; 12,1-6.10; Sal 44; 1Cor 15,20-26; Lc 1,39-56

 

José María de Miguel González OSST

 

“Apareció una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida del sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas”. Así presenta el libro del Apocalipsis la glorificación de la Mujer a punto de dar a luz, que nosotros identificamos con la Virgen María, la Madre del Salvador.

 

Celebramos hoy la fiesta de la Asunción de la Virgen María. Es una fiesta antiquísima. El pueblo cristiano, de oriente y occidente, la celebró muchos siglos antes de que el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950 definiera como dogma de fe este misterio de la glorificación de la Virgen. En muchos sitios se la conoce con el nombre de la dormición de María, es decir, el día de su muerte. En todo se asemejó la Madre al Hijo: como él y por gracia suya fue inmaculada desde el primer instante de su concepción; como él y por obra suya María fue santa y vivió exenta de todo pecado; como él y porque él lo quiso la Virgen murió y fue elevada al cielo en cuerpo y alma, es decir, en toda su realidad humana de mujer, de la estirpe de Adán. Todo lo que María es, la llena de gracia, su puesto singular y único en la Iglesia, todo procede de Cristo, de la obra de la redención que Cristo realizó por todos los hombres, también, y ante todo, por su Madre. Desde toda la eternidad Dios Padre la escogió para Madre del Señor, a ella debemos que el Hijo de Dios se hiciera hombre y muriera por todos los hombres para rescatarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte. La Virgen cooperó decisivamente en la obra de nuestra salvación, una cooperación que le fue concedida y que ella aceptó con fe y obediencia: “Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. Y como vivió entrañablemente unida a su Hijo en la vida y en la muerte, por eso el Hijo la llevó consigo tras la muerte al cielo. Eso es lo que significa y celebramos en la fiesta de la asunción de María en cuerpo y alma al cielo.

 

Cuando la Iglesia confiesa en la fe la asunción de la Virgen al cielo está aplicando a un ser humano excepcional, como es la Madre de Cristo, el propio misterio de la resurrección del Señor. La resurrección de Cristo, nos ha dicho san Pablo, es la garantía y la primicia de nuestra propia resurrección: si Cristo ha resucitado, todos resucitaremos con él y por él, “si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida”. En María, como madre de Jesús, se ha realizado ya plenamente este misterio de la resurrección que un día alcanzará a toda la Iglesia, a todos los demás discípulos que hayan muerto en el Señor. Por los relatos de la resurrección sabemos que el cuerpo glorioso de Cristo aparece y desaparece, los discípulos no le reconocen a primera vista, penetra en el Cenáculo estando las puertas cerradas, es decir, el cuerpo glorificado por la resurrección no ocupa un lugar físico; la realidad personal se mantiene, es Cristo mismo el que resucita y se aparece a los discípulos, pero la realidad física no es ya como antes. Su cuerpo glorioso no ocupa ningún lugar, por eso puede presentarse en medio de los discípulos encerrados en casa por miedo a los judíos. Cuando hablamos del cielo o del infierno como de un lugar, es sólo una forma de hablar, pero en modo alguno podemos decir que el cielo está allá arriba sobre las nubes y el infierno aquí bajo tierra. ¿Cómo va a ser eso? ¿En qué cabeza cabe? Si así fuera algún día daríamos con esos lugares por muy recónditos que estuvieran. El cielo es Dios, es la vida junto a Dios, es la plenitud de la vida, pero Dios, el cielo, no está en un sitio determinado, puesto que Dios lo ocupa todo, pero nada puede contenerlo a él. Hablando de Dios no podemos utilizar términos físicos, como el espacio o el tiempo, porque Dios es infinito y es eterno, es, pues, algo totalmente distinto del mundo creado. El cielo es un estado, una forma de existencia: el que se salva por la gracia de Dios vive en presencia de Dios, vive en Dios, entra en el misterio insondable de Dios, y participa de la realidad de Dios, de su inmortalidad, del bien y de la felicidad sin término ni fin.

 

A esta situación de vida plena y dichosa del cielo llegó la Virgen al término de sus días en la tierra; ha entrado en la vida de Dios, o mejor, Dios la ha introducido ya de manera perfecta y total en el ámbito de su vida divina. Esto es lo que celebramos con gozo en el fiesta de su Asunción: nos alegramos por el destino de la Madre de Cristo y Madre nuestra, porque su victoria sobre la muerte por la gracia de su Hijo es anuncio y anticipación de nuestra propia victoria, también por la misericordia de Dios.

 

A la Virgen María, que tan decisivamente colaboró en la obra de la redención, y que por ello mismo ha alcanzado ya con su asunción la plenitud que a todos nos aguarda, le pedimos hoy de un modo particular por los que no creen en la Vida que Cristo nos ha conseguido y que a todos nos ofrece con la única condición de abrirnos a ella y acogerla en la fe. Que la celebración de esta fiesta de la Madre plena y felizmente glorificada junto a su Hijo nos ayude a todos a mantener viva la esperanza de nuestra propia glorificación junto a ella y todos los santos en el cielo, es decir, en la vida de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

---------------------------------------

Fiesta de la Asunción de la Virgen María

- II -

 

Apc 11,19; 12,1-6.10; Sal 44; 1Cor 15,20-26; Lc 1,39-56

 

José María de Miguel González OSST

 

“Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”: así con estas palabras de Isabel a María, en su visitación, queremos también nosotros felicitar a nuestra Madre en este día tan singular. Hoy, 15 de agosto, en la cima del verano celebramos la fiesta de Santa María de la Asunción, en la que se cumple plenamente la profecía de la humilde esclava del Señor: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”. Es una fiesta muy antigua, sin embargo hubo que esperar al 1 de noviembre de 1950 para que este misterio de la Asunción de la Virgen fuera declarado dogma de fe, cuyo contenido el Papa Pío XII lo fijó en estos términos: “el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción... y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial”.  Era la ratificación oficial de una tradición que se remonta a los primeros siglos y que se mantuvo siempre viva a través del tiempo tanto en oriente como en occidente. Aquí, entre nosotros, nuestros mayores se sumaron a esa corriente profunda que recorre los siglos de veneración a la Madre de Dios dedicándole multitud de iglesias y ermitas por todas partes de nuestra geografía. Nosotros hacemos hoy memoria de esta presencia. Ante todo, memoria agradecida por lo que hemos recibido, por lo que nuestros mayores nos han transmitido: el precioso tesoro de la fe que se hizo cultura, obra humana, en las bellas iglesias y santuarios dedicados a María en su gloriosa Asunción.

 

En este día de fiesta mayor, esta memoria del pasado, este recuerdo de nuestras raíces, se torna compromiso: lo que nosotros hemos recibido, lo que nuestros antepasados nos han legado, tenemos nosotros que transmitirlo a las generaciones venideras. Es nuestra obligación y responsabilidad, es nuestro compromiso. Nuestra identidad más propia como creyentes ha sido forjada por una forma de ver las cosas y de entender el mundo y de afrontar la vida y la muerte que procede del Evangelio, que se inspira en la palabra y en la obra del Jesucristo, el Señor. No nos conocemos, no sabemos quiénes somos, sin conocer nuestro origen y nuestra historia; tampoco tendremos futuro si perdemos la memoria. Nuestro compromiso en este día no es para lamentar nada ni para añorar otros tiempos ya pasados, es para decir alto que los valores evangélicos que forjaron nuestro pueblo y la identidad de sus gentes a lo largo de los siglos siguen vigentes, que merece la pena seguir confiando en ellos como fuente de humanidad, de justicia, de paz, de felicidad. Ahora, en los comienzos del tercer milenio, tendríamos que esforzarnos en ser transmisores de esta ‘buena noticia’ sobre todo para las generaciones más jóvenes que van creciendo sin contacto vivo con el Evangelio, muchas veces al margen de él. Son ya muchos, demasiados, entre nosotros los que han segado de cuajo las raíces cristianas de sus vidas y se conforman con vivir al día, en la más plana superficie. Pero sin raíces profundas no podemos permanecer y sobrellevar las dificultades de la vida, la dureza del camino. Cortadas las raíces vitales surgen en su lugar los sucedáneos, las malas hierbas: la droga como alineación suprema, el sexo con sus aberraciones más extremas en la pornografía infantil, la violencia destructora de la vida y la convivencia, el dinero a cualquier precio que alimenta la corrupción.

 

Un día como hoy, fiesta mayor de Nuestra Señora, tenemos que recordar y recordarnos a nosotros mismos, aquí, en este lugar santo, que no nos es lícito caer en el derrotismo y la desesperanza, pues “si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida”. Cierto que son tiempos recios para la fe, como decía Teresa de Jesús de los suyos, pero por eso mismo se nos pide a los cristianos una más activa colaboración, un testimonio más convincente, algo más de coherencia y, sobre todo, no tener miedo ni vergüenza de la cruz de Cristo, de lo que somos y creemos. La fe que profesamos y que nos transmitieron nuestros mayores es nuestro mayor tesoro y la mejor herencia que podemos dejar a los que nos siguen. Es lo que pedimos a Santa María, mujer de fe, en el día de su Asunción, el día en que su Hijo la elevó junto a sí para siempre en la gloria. El cuerpo santísimo de María que había albergado en su seno al Hijo de Dios, este cuerpo y alma, es decir, toda su persona, recibe hoy la plena glorificación junto a Dios que a todos nosotros nos ha sido prometida en la resurrección de Jesucristo. “Porque hoy ha sido llevada al cielo la Virgen, Madre de Dios; ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra”. Pues que a todos nos alcance esta gracia: a los que nos han precedido, a los que todavía peregrinamos por este mundo, y a los que vendrán después de nosotros. ¡Santa María de la Asunción, en el día de tu victoria sobre la muerte por gracia de tu Hijo, ruega a él por nosotros y por todo nuestro pueblo. Guárdanos en la fe, la esperanza y la caridad. Amén!