Domingo
X (A)
José
Mª. de Miguel
En este domingo la Palabra de Dios, que hemos
proclamado, tiene un tema mayor y central: el conocimiento de Dios. ¿Cómo
podemos conocer a Dios? ¿Cuáles son los caminos que nos conducen al
conocimiento de Dios? Porque sin conocimiento no hay amor, y sin amor la religión
degenera en rutina y pura fórmula de cumplimiento.
1.
“Esforcémonos por conocer al Señor”.
Ante esta apremiante exhortación del profeta Oseas la
pregunta surge espontánea: ¿Cómo es que Dios nos dice tan poco? ¿Por qué
nuestra relación con él es con frecuencia tan fría y distanciada? Pues porque
sólo le conocemos de oídas, superficialmente, porque tenemos una idea vaga de
él, incluso una imagen distorsionada. ¡Cómo cambiarían las cosas si
verdaderamente tuviéramos interés por conocer a Dios! Pero en la Biblia
conocer no es una actividad puramente intelectual; no se trata de conocer a Dios
como se conocen las leyes de la física que rigen el universo. Conocer en la
Biblia es amar; conocemos en cuanto amamos. Y esto vale de un modo particular en
el conocimiento personal: conocemos a una persona si la amamos. Un conocimiento
meramente biológico, sociológico y psicológico, no es suficiente; al secreto
último de la persona se llega por el amor. El conocimiento más profundo es el
del amor. Ahora bien, Dios es
fundamental y radicalmente ‘misericordia’; así se lo reveló a Moisés
en la cima del Sinaí. Por tanto, si Dios es misericordia, rico en clemencia y
tardo para la ira, a él se llegará, y le conoceremos
por la misericordia. De modo que si nos falta el conocimiento de Dios tal
vez se deba a que “nuestra misericordia es como nube mañanera, como rocío de
madrugada que se evapora”. Si no somos misericordiosos difícilmente podremos
conocer a Dios que es esencialmente misericordioso. El profeta nos invita a
esforzarnos por conocer a Dios, y el camino es bien claro: esforcémonos en ser
misericordiosos.
2.
“No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos”.
Sin un corazón misericordioso tampoco podemos conocer
a Jesús, ni el sentido de sus gestos provocativos. En el relato evangélico de
hoy vemos un par de ellos: Jesús llama a un publicano, o sea, a un recaudador
de impuestos, en aquel tiempo el prototipo del pecador público, lo llama a
formar parte de los Doce apóstoles. Evidentemente, sin amor, sin un corazón
grande, difícilmente se podrá captar ni comprender el significado de este
gesto rompedor e Jesús. ¡Cuántas murmuraciones desencadenó entonces, y cuántas
desencadenaría hoy, la llamada de un pecador a formar parte del grupo de los íntimos
de Jesús! Sobre todo las murmuraciones de los hipócritas, de los duros de
corazón, de los envidiosos. El otro gesto de Jesús, escandaloso para los
faltos de amor, para los de mente estrecha, es el de sentarse a la mesa con los
pecadores. Eso significaba hacerse solidario de ellos, formar parte de ellos,
ser como uno de ellos. Pero Jesús no se sienta a la mesa para ser uno de ellos,
un pecador más, sino para librar a los pecadores de su situación, abrazándolos
con su amor misericordioso. Al sentarse a la mesa con los pecadores, Jesús les
invita a otra mesa mayor, la mesa del reino de los cielos, que él anuncia y
ofrece. Jesús actúa así porque viene como médico, como medicina de Dios,
para nuestras llagas, él sabe que son los enfermos los que tienen necesidad del
médico, no los sanos, o los que, para su mal, se creían sanos.
3.
“Se hizo fuerte en la fe”.
Al conocimiento de Dios, que nos es tan necesario para
que Dios ocupe el lugar central que le corresponde en nuestra vida, accedemos,
además de por el amor misericordioso, por la fe. La fe nos abre y despeja el
camino hacia Dios: nuestro conocimiento de Dios no es, mientras vivamos en este
mundo, inmediato, cara a cara, sino que es un conocimiento de fe, que se apoya y
funda en la palabra del Señor, que es la verdad misma. Pero no deja se ser un
conocimiento parcial, oscuro: “ahora vemos en un espejo, en enigma”(1Cor
13,12). Por eso no se nos ahorran las dudas, las dificultades, las pruebas, lo
que los grandes místicos llamaban la noche oscura del alma (San Juan de la
Cruz). Según el Apóstol, para Abrahán la prueba de su fe y confianza en Dios
fue el anuncio del nacimiento de su hijo único, Isaac, el hijo de la promesa. Y
Abrahán “no vaciló en la fe”, aunque era ya muy viejo y Sara, su mujer,
estéril. Al contrario, “se hizo fuerte en la fe... al persuadirse de que Dios
es capaz de hacer lo que promete”. Para nosotros la prueba y centro de la fe
es lo que Dios ha obrado por nosotros en
la muerte y la resurrección del Señor.