Domingo X (A)

Os 6,3-6; Sal 49; Rom 4,18-25; Mt 9,9-13

Para conocer a Dios

 José Mª. de Miguel

 

        En este domingo la Palabra de Dios, que hemos proclamado, tiene un tema mayor y central: el conocimiento de Dios. ¿Cómo podemos conocer a Dios? ¿Cuáles son los caminos que nos conducen al conocimiento de Dios? Porque sin conocimiento no hay amor, y sin amor la religión degenera en rutina y pura fórmula de cumplimiento.

1.     “Esforcémonos por conocer al Señor”.

        Ante esta apremiante exhortación del profeta Oseas la pregunta surge espontánea: ¿Cómo es que Dios nos dice tan poco? ¿Por qué nuestra relación con él es con frecuencia tan fría y distanciada? Pues porque sólo le conocemos de oídas, superficialmente, porque tenemos una idea vaga de él, incluso una imagen distorsionada. ¡Cómo cambiarían las cosas si verdaderamente tuviéramos interés por conocer a Dios! Pero en la Biblia conocer no es una actividad puramente intelectual; no se trata de conocer a Dios como se conocen las leyes de la física que rigen el universo. Conocer en la Biblia es amar; conocemos en cuanto amamos. Y esto vale de un modo particular en el conocimiento personal: conocemos a una persona si la amamos. Un conocimiento meramente biológico, sociológico y psicológico, no es suficiente; al secreto último de la persona se llega por el amor. El conocimiento más profundo es el del amor. Ahora bien, Dios es  fundamental y radicalmente ‘misericordia’; así se lo reveló a Moisés en la cima del Sinaí. Por tanto, si Dios es misericordia, rico en clemencia y tardo para la ira, a él se llegará, y le conoceremos  por la misericordia. De modo que si nos falta el conocimiento de Dios tal vez se deba a que “nuestra misericordia es como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora”. Si no somos misericordiosos difícilmente podremos conocer a Dios que es esencialmente misericordioso. El profeta nos invita a esforzarnos por conocer a Dios, y el camino es bien claro: esforcémonos en ser misericordiosos.

2.     “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos”.

        Sin un corazón misericordioso tampoco podemos conocer a Jesús, ni el sentido de sus gestos provocativos. En el relato evangélico de hoy vemos un par de ellos: Jesús llama a un publicano, o sea, a un recaudador de impuestos, en aquel tiempo el prototipo del pecador público, lo llama a formar parte de los Doce apóstoles. Evidentemente, sin amor, sin un corazón grande, difícilmente se podrá captar ni comprender el significado de este gesto rompedor e Jesús. ¡Cuántas murmuraciones desencadenó entonces, y cuántas desencadenaría hoy, la llamada de un pecador a formar parte del grupo de los íntimos de Jesús! Sobre todo las murmuraciones de los hipócritas, de los duros de corazón, de los envidiosos. El otro gesto de Jesús, escandaloso para los faltos de amor, para los de mente estrecha, es el de sentarse a la mesa con los pecadores. Eso significaba hacerse solidario de ellos, formar parte de ellos, ser como uno de ellos. Pero Jesús no se sienta a la mesa para ser uno de ellos, un pecador más, sino para librar a los pecadores de su situación, abrazándolos con su amor misericordioso. Al sentarse a la mesa con los pecadores, Jesús les invita a otra mesa mayor, la mesa del reino de los cielos, que él anuncia y ofrece. Jesús actúa así porque viene como médico, como medicina de Dios, para nuestras llagas, él sabe que son los enfermos los que tienen necesidad del médico, no los sanos, o los que, para su mal, se creían sanos.

3.     “Se hizo fuerte en la fe”.

        Al conocimiento de Dios, que nos es tan necesario para que Dios ocupe el lugar central que le corresponde en nuestra vida, accedemos, además de por el amor misericordioso, por la fe. La fe nos abre y despeja el camino hacia Dios: nuestro conocimiento de Dios no es, mientras vivamos en este mundo, inmediato, cara a cara, sino que es un conocimiento de fe, que se apoya y funda en la palabra del Señor, que es la verdad misma. Pero no deja se ser un conocimiento parcial, oscuro: “ahora vemos en un espejo, en enigma”(1Cor 13,12). Por eso no se nos ahorran las dudas, las dificultades, las pruebas, lo que los grandes místicos llamaban la noche oscura del alma (San Juan de la Cruz). Según el Apóstol, para Abrahán la prueba de su fe y confianza en Dios fue el anuncio del nacimiento de su hijo único, Isaac, el hijo de la promesa. Y Abrahán “no vaciló en la fe”, aunque era ya muy viejo y Sara, su mujer, estéril. Al contrario, “se hizo fuerte en la fe... al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete”. Para nosotros la prueba y centro de la fe es lo que Dios ha obrado por nosotros en  la muerte y la resurrección del Señor.

        Así, pues, por la fe viva y el amor  misericordioso conocemos el verdadero rostro de Dios, que se nos reveló en el misterio de Cristo, en su vida y en sus obras; y por la fe y el amor somos justificados. Pues “nuestro Señor Jesucristo fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación”. Este es el misterio de la redención que se hace presente y actual en cada Eucaristía celebrada en memoria y por mandato suyo.