Domingo XXX (A)
¿Se podría decir de nosotros
lo que san Pablo dice de los Tesalonicenses que ‘vuestra fe en Dios había
corrido de boca en boca... cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios,
para servir al Dios vivo y verdadero aguardando la vuelta de su Hijo Jesús’?
¿O no será al revés: que hemos abandonado a Dios para volver a los eternos ídolos
del dinero, de la fama, del poder, del placer? Y es que cuando los ídolos
mandan en el corazón del hombre se enfría el amor, y de nosotros se enseñorea
el egoísmo. Por eso el tema del amor que hoy nos propone la Palabra de Dios es
una asignatura pendiente. Sólo hace falta que, como aquellos primeros discípulos,
también nosotros hoy acojamos la Palabra ‘con la alegría del Espíritu
Santo’.
1.
El mandamiento primero y principal
Jesús ha resumido todo el
quehacer del discípulo en la tarea de amar a Dios y al prójimo, asociando de
manera inseparable los dos preceptos centrales de la Biblia: ‘Amarás al Señor
tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser’, y ‘amarás
a tu prójimo como a ti mismo’. Todo se reduce, pues, a vivir el amor a
Dios y el amor al hermano. De aquí se deriva todo lo demás. ¿Cómo entender
esta enseñanza de Jesús? Ciertamente, el amor a Dios y el amor al prójimo no
han de ser confundidos como si fueran una y la misma cosa. El amor a Dios no se
reduce y agota en el amor al prójimo, ni el amor al prójimo se identifica sin
más con el amor a Dios. Jesús no confunde nunca a Dios con el hombre. Para Jesús,
el amor a Dios tiene la primacía absoluta y no puede ser reemplazado ni
suplantado por nada ni por nadie: ‘Este mandamiento es el principal y
primero’. Dios no puede ser sustituido por nada ni por nadie. La relación
amorosa con Dios no la reemplaza ni sustituye la relación de amor a los
hermanos. Lo primero y fundamental es amar a Dios, buscar su voluntad, ser
obedientes a sus mandamientos. Por eso, amar a Dios implica la entrega total de
nuestro ser, la liberación progresiva de nuestro egoísmo para orientar toda
nuestra existencia desde la raíz del amor. El amor a Dios es una fuente
inextinguible de vida y libertad que nos empuja a amar con pasión la vida que
él nos ha dado, la creación entera, con todas sus criaturas, como obra de sus
manos.
2.
‘No oprimirás ni vejarás al extranjero’
Amar a Dios con todo el corazón
y con toda el alma, no nos aleja, ni mucho menos, del amor concreto al hermano.
El Señor nos ha recordado por boca de Moisés un par de casos concretos de amor
al prójimo: el extranjero y el pobre. Hoy hay muchos extranjeros entre
nosotros, que vienen en busca de pan, como los hebreos fueron a Egipto en
tiempos de hambre, como nosotros emigramos a América o a otros países de
Europa en busca de bienestar. También vosotros fuisteis extranjeros, dice el Señor,
por eso no tratéis mal a los extranjeros, no los explotéis, porque ‘si
gritan a mí, yo los escucharé y se encenderá mi ira contra vosotros’.
El otro detalle concreto de amor al prójimo es también muy actual: si prestas
dinero a un pobre no seas usurero con él. La naciones ricas prestan mucho
dinero a los países pobres pero con tales condiciones que jamás podrán salir
de la pobreza, porque apenas alcanzan a pagar los intereses de la deuda. Los señores
de este mundo se mueven por el interés, la riqueza es el ídolo principal y
universal. Sólo cuando vivimos habitados por el amor es posible liberarnos de
nosotros mismos para amar con generosidad, para dar con desinterés, para
perdonar en silencio. Este es el segundo mandamiento ‘semejante’ al
primero. El prójimo no es, para Jesús, un medio, un instrumento o una ocasión
para practicar el amor a Dios. No se trata de transformar el amor al prójimo en
amor a Dios, o de convertirlo en un amor indirecto a él. Jesús habla de un
amor al prójimo por sí mismo. Se trata de amar y ayudar al hombre concreto y
real, tal como vive y sufre, con sus limitaciones y con sus necesidades. No se
nos manda amar al prójimo como un medio para amar a Dios; el prójimo no es
ningún medio, vale por sí mismo, es digno de amor por sí mismo, porque es
criatura de Dios, porque es hijo del Padre que hace salir su sol sobre buenos y
malos, y manda la lluvia sobre justos y pecadores.
3.
‘Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas’
Donde hay amor real a Dios hay
amor concreto a los hermanos necesitados, y no puede no haberlo; es más, cuanto
mayor sea nuestro amor a Dios más amaremos al prójimo. Podemos decir esto
mismo de otra manera: amar a Dios es amar a un Padre que ama sin límites a los
hombres, y no podemos amar a este Padre sino amando lo que Él ama. Si Dios ama
a los hombres como a hijos y
criaturas suyas, quien ama de verdad a Dios no puede olvidar a los que Dios ama.
Por eso el mandamiento del amor a Dios, aunque es el primero y principal, es,
sin embargo, semejante al segundo que nos manda amar al prójimo como a uno
mismo. Uno y otro constituyen el resumen y la tarea de toda la vida cristiana, o
como nos ha dicho Jesús: la Ley y la revelación
se fundamentan en el amor, y a la luz del amor alcanzan todo su sentido.
Si antes hemos dicho que no se puede confundir el amor a Dios con el amor al prójimo,
ahora tenemos que añadir que no se pueden separar estos dos amores, pues, como
nos advierte san Juan, ‘quien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama
a su hermano a quien ve, es un mentiroso y el amor de Dios no está en él’.
El amor a Dios lo demostramos amando a los hermanos, especialmente a los que viven en condiciones más difíciles por la pobreza, la emigración, la enfermedad o la soledad. Pidamos al Señor en esta Eucaristía, en la que celebramos su amor por nosotros, que nos ayude a amarle con todo nuestro ser amando y respetando a nuestros hermanos. Esto es abandonar los ídolos y volvernos a Dios.