Domingo XXXI (A)

Mal 1,14b-2,2b.8-10; Sal 130;  1Ts 2,7b-9.13; Mt 23,1-12

 José María de Miguel

En la oración de entrada de esta Misa hemos pedido al Señor la gracia de ‘caminar sin tropiezos hacia los bienes que nos promete’. ¿Qué tenemos que poner nosotros, de nuestra parte, para no tropezar en el camino de la vida hacia la Patria?  Tropezamos cuando caminamos a oscuras, por eso andamos seguros cuando la luz nos ilumina. Para el cristiano la luz que alumbra el sendero de la vida es la Palabra de Dios. El Apóstol da gracias a Dios porque los cristianos de Tesalónica habían acogido su predicación no como palabra de hombre, sino como Palabra de Dios que es capaz de transformar los corazones y dar sentido a la vida, para caminar sin tropiezos. A acoger esta Palabra y a confrontarnos humildemente con ella nos invita el Señor hoy.

1. En la cátedra de Moisés

El contenido del mensaje que Jesús dirige  "a la gente y a sus discípulos", es decir, a todos, se puede resumir así: hay que atender y, en la medida de lo posible, cumplir, las ense­ñanzas de los que en la Iglesia tienen el ministerio de la palabra o de la predicación, o sea, los sacerdotes, aunque nosotros mismos, en nuestra vida y comporta­miento dejemos mucho que desear. Naturalmente, se trata de aquellas enseñan­zas de los sacerdotes que estén fundadas en el Evangelio y sean conformes con él. La denuncia de Jesús, así como su recomendación, es muy concreta: "haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen". Por ejemplo, los sacerdotes predicamos mucho el amor a Dios y al prójimo, como nos urgía el evangelio del domingo pasado, pero resulta que luego nosotros no lo amamos tanto, o sea, no hacemos lo que decimos. Pero esto no justifica que los fieles no lo amen. El mal comportamiento de un sacerdote no disculpa jamás la mala conducta de otro creyente. Al fin, los creyentes no ponemos la fe y la confianza en un hombre, sino sólo en Dios.

2.  Todos hermanos

El Evangelio de hoy es una requisitoria contra los predicadores, contra los guías religiosos de la comunidad en la medida en que actúen despóticamente, imponiendo duras cargas a los demás, buscando el lucimiento personal, pretendiendo ser servidos más que servir. Los sacerdotes no podemos desconocer estas duras palabras de Jesús, como tampoco podemos desoír las advertencias del Señor por boca del profeta Malaquías: Sacerdotes, si no obedecéis y no dais gloria a mi Nombre ‘os enviaré mi maldición’. El sacerdote debe ser testigo y ejemplo de obediencia a Dios y de religiosidad auténtica. En segundo lugar, los sacerdotes tenemos que estar atentos para que con nuestra palabra y comportamiento no apartemos a la gente del camino del Evangelio, que no seamos causa de tropiezo o de escándalo para los demás. Pero sobre todo, el Señor por el profeta nos advierte acerca de la acepción de personas; ese comportamiento es indigno y reprobable, pues "¿no tenemos todos un solo Padre? ¿No nos creó el mismo Señor?". Luego, en el Evangelio, Jesús hará suya esta doctrina: para los discípulos, él es el único Maestro, Dios es el único Padre; Cristo es el único Señor. Por eso nadie tiene más derechos que los demás, ninguno es más que otro ante Dios: porque ante El no hay dignidades postizas, como decía santa Teresa; la única dignidad, común a todos, es la de ser hijos de Dios Padre y hermanos de Cristo, sellados con el Espíritu Santo desde el bautismo. La verdadera grandeza en el reino de Dios se mira por la capacidad de servir a los demás como Cristo mismo hizo, y nos mandó seguir su ejemplo. Todo lo contrario de cómo funcionan aquí las cosas, pues entre nosotros se tiene por grande al que recibe honores y tiene servidumbre y ocupa un puesto elevado en la sociedad. Jesús nos desengaña: "El primero entre vosotros será vuestro servidor, pues el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido".

3. Las falsas excusas no sirven

La palabra de Dios que hemos escuchado es una dura advertencia a los responsables más directos del culto y de la predicación, es decir, los sacerdotes, pero las actitudes denunciadas por Jesús, estos defectos y pecados como la ambición, la hipocresía, la vanidad, el afán de poder, el aprovecharse del prójimo no son pecados exclusivos de los sacerdotes. Con humildad recibimos nosotros esta denuncia, pero el Señor invita a todos a acoger la palabra de salvación por encima de las miserias y debilidades de los predicadores, sabiendo que cada uno ha de responder de sí y por sí de su fidelidad al Evangelio, y entonces, en la hora definitiva, no se nos aceptarán disculpas tales como que un cura hizo esto o lo otro, un párroco dijo aquello o lo demás allá. En todos nosotros se tendría que realizar lo que San Pablo dice de los destinatarios de su predicación:  Que "la Palabra de Dios que os predi­camos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes".

El sacerdote es el encargado por el Señor de distribuir la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía para alimento de los fieles. Pero si quiere cumplir con fidelidad este encargo él  tiene que alimentarse el primero, el sacerdote tiene que ser el primer oyente de la Palabra, el primer creyente. Sólo así nuestro ministerio de la predicación y de los sacramentos podrá acercarse al ejemplo inigualable de San Pablo: ‘Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor’. Rezad para que esto se cumpla en nosotros.