DOMINGO XXXII (A)

 

Sab 6,13-17; Sal 62; 1 Ts 4,12-17; Mt 25,1-13

 José María de Miguel

¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

Con el mes de noviembre termina el año litúrgico, y el año civil se encamina también a su término. Todo apunta pues al final de un ciclo y, en definitiva, al final de la vida. Si miramos al campo, todo nos señala en esa dirección: la vida se recoge en las entrañas de la tierra, la semilla tiene que morir para dar fruto nuevo. El final del año litúrgico coincide con el final del Evangelio antes del relato de la pasión, por eso se acumulan las advertencias a la vigilancia, a la preparación para el encuentro con el Señor. Es la exhortación de Jesús al final del relato evangélico: ‘Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora’.

1. Nos encontramos ante una parábola difícil, cuyo mensaje no se descubre a primera vista. Prescindiendo de otros detalles, lo primero que llama la atención es la respuesta de las doncellas sensatas: ‘Por si acaso no hay bastante aceite para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis’. Nuestra reacción inmediata, al escuchar esta respuesta, es la de calificar de ‘egoístas’ a las muchachas que la parábola presenta precisamente como prudentes y buenas. No cabe duda que esta ‘salida’, aparentemente tan poco caritativa de las doncellas prudentes es el elemento provocativo de la parábola. Con ella, Jesús quiere suscitar la reacción de los oyentes para transmitirnos un mensaje importante. ¿Cuál es este mensaje? Lo podemos resumir con las palabras de San Pablo: ‘Todos compareceremos ante el tribunal de Dios... [Y allí], cada uno dará cuenta de sí mismo’(Rom 14,10.12). En la parábola se trata del encuentro definitivo con el Señor, que acontecerá en la ‘noche’, es decir, en un momento y en un lugar para nosotros absolutamente desconocidos. Lo único que sabemos, con total certeza, es que, más pronto o más tarde, ese encuentro se dará. Pues bien, cuando nos llegue ese momento supremo, nada ni nadie podrá sustituirnos, nadie podrá responder por nosotros, nadie podrá ayudarnos. Cuando llegue el Esposo, o sea, cuando el Señor llame a nuestra puerta, cada uno tendrá que dar cuenta de sí mismo, del bien y del mal que haya hecho. Si el balance de su vida es positivo, se le abrirán las

puertas de la vida y entrará con el Señor al banquete del Reino de los cielos. Cuando llegó el Esposo, ‘las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta’.

2. Lo que la parábola quiere subrayar es la buena disposición, debemos estar preparados, con las lámparas encendidas, para cuando llegue el momento definitivo. Y es que entonces ya no habrá tiempo para rectificar, no habrá tiempo para desandar el camino, ni será posible que otros nos den el aceite para las lámparas. Esto significa que no podremos pedir prestadas a los demás, las buenas obras que nosotros no hayamos hecho. La vida humana es una incesante espera del Señor. Para unos larga, para otros corta. Es una espera en la noche, pues no sabemos cuándo, ni cómo ni dónde nos llamará el Señor. Por eso, se nos invita a tener las lámparas encendidas, bien provistas de aceite, para no permanecer eternamente en la noche, fuera del banquete, cuando llegue el Señor. Se trata de la luz de la fe avivada continuamente por las buenas obras: éstas son el aceite que mantiene encendida la llama de la fe.

3. Ahora se comprende mejor lo que Jesús nos quiere decir con la respuesta aparentemente egoísta de las vírgenes prudentes: la fe, que se apoya y se demuestra en las obras de la vida cristiana, es la que nos da paso al banquete del Reino. Pero la fe sin obras, sin el aceite que la mantiene viva, no sirve: ‘Señor, Señor, ábrenos. Pero él respondió: Os lo aseguro: no os conozco’. Pues bien, de esta fe práctica, cada uno deberá dar cuenta personalmente. Nadie podrá presentar por mí lo que yo no haya hecho. Y deberá responder cuando menos lo piense. Por eso, porque no sabemos ni el día ni la hora, nos invita el Señor a estar preparados, a vivir cada día según los criterios del Evangelio. Porque pretender ser creyentes y vivir de espaldas al Evangelio, pretender tener fe y hacer caso omiso del Evangelio, esto es propio de las vírgenes necias, que se quedaron fuera del banquete, porque su presunta fe no tenía obras, estaba apagada.

Que el Señor, cuando venga,  nos encuentre a todos bien provistos de lámparas y de aceite, o sea, de la fe y de las obras de amor a él y al prójimo. Este es nuestro único visado de entrada en el banquete del Reino. Y el aceite para las lámparas, para que las lámparas ardan y alumbren, o sea, para que nosotros seamos luz del mundo y sal de la tierra, lo hallamos en la Eucaristía: aquí el Señor, en la participación de su mesa, abre para nosotros la fuente de la vida.