DOMINGO XXXIII (A)

Pr 31,10-13.19-20; Sal 127; 1 Ts 5,1-6; Mt 25,14-30

INVERTIR PARA EL REINO

José María de Miguel González OSST

En este penúltimo domingo del año litúrgico, la Palabra de Dios es una llamada a la responsabilidad personal motivada por un acontecimiento futuro, pero absolutamente cierto, inevitable e imprevisible: el juicio de Dios.  Pues ‘sabéis perfectamente que el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche’. Pero el hecho es que cuanto menos pensamos en nuestro destino final y en la cuenta que hemos de dar ante el tribunal de Dios, vivimos más superficialmente la fe y menos nos preocupa la relación con Dios. Y al revés, el pensamiento de algo tan cierto e inevitable como la muerte y el juicio que le seguirá nos impulsa a ser más responsables, más fieles al Señor. Este es el marco para comprender correctamente el Evangelio de este domingo.

1. Destaca ante todo en la parábola la iniciativa generosa del Señor para con nosotros: nos deja –durante el tiempo de nuestra vida- como administradores de ‘sus’ bienes. Pero no da a todos la misma responsabilidad en la administración, porque unos reciben más bienes o talentos y otros menos, es decir, a unos confía unas tareas, y a otros otras. En cualquier caso, lo cierto es que todos recibimos de Dios parte de sus bienes y por eso, a todos se nos pedirá cuenta de cómo los hemos administrado. ¿De qué bienes se trata? No debemos pensar que aquí se refiere Jesús a bienes materiales, a riquezas o cualidades humanas que uno ha heredado o adquirido con su trabajo. Los bienes que el Señor nos deja en préstamo para que los administremos correctamente son los ‘bienes del espíritu’; es, ante todo, el bien más precioso que poseemos: el don de la fe que recibimos en el bautismo; es su Palabra recogida en la Sagrada Escritura y proclamada cada domingo en la liturgia; son los sacramentos que el Señor pone a nuestra disposición para que sean nuestro alimento y nuestra fuerza mientras dura nuestra peregrinación por este mundo; es la pertenencia a la Iglesia, la comunidad de los discípulos de Jesús, la que entre todos formamos como el único pueblo de Dios, el único Cuerpo de Cristo. Estos son algunos de los bienes más importantes que el Señor nos ofrece y distribuye entre nosotros.

2. Pero en la parábola aparece también descrita la diferente respuesta de los empleados a los dones recibidos de Dios. Unos empleados negocian con los bienes prestados, les sacan rentabilidad, los hacen circular y producir. En cambio, hay un empleado holgazán y cobarde, que no se arriesga, que entierra el talento recibido sin hacerlo producir. A los primeros se les premia con la entrada en la vida eterna, y al último se le ‘echa fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Cuando llegue el ‘ajuste de cuentas’, pues ‘sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche’, se descubrirá lo que significa todo esto. En efecto, Dios nos confía sus bienes, pero no para que los dejemos improductivos como si no tuvieran ningún valor; ni tampoco para que cada uno  goce de ellos individual y egoístamente, sino para que trabajemos con ellos de modo que alcancen también a los demás. Sólo el que no se reserva para sí los dones recibidos gratuitamente de Dios, escuchará el día de la cuenta la gozosa invitación del Señor: ‘Muy bien, has sido un empleado fiel y cumplidor... Pasa al banquete de tu Señor’. Sin embargo, el que se contente con enterrar los dones de Dios, es decir, aquel que no se compromete, que no da testimonio de su fe, que no aprecia y recibe los sacramentos; aquel que no se siente miembro activo y solidario de la Iglesia, ese lo va a tener difícil cuando vuelva el Señor y se ponga a ajustar las cuentas. Se trata, por tanto, de una parábola muy actual, ya que muchos cristianos sienten hoy la tentación de comportarse como aquel empleado ‘negligente y holgazán’, es decir, de ocultar su fe, de esconder sus convicciones cristianas, de no colaborar con la Iglesia en las distintas tareas que nos confió el Señor: a unos como pastores, a otros como laicos. La unión de todos hace la Iglesia.

3. Esta es la idea central de este segundo domingo de noviembre, día de la Iglesia diocesana. Se trata en esta jornada de llamar la atención de los católicos sobre su responsabilidad en la edificación de la Iglesia, en la propagación del Evangelio, en la defensa de los valores morales, en el amor a la Iglesia como a nuestra madre, que nos transmitió, como regalo de Dios, la fe y nos conserva y fortalece en ella por medio de la Palabra y los Sacramentos. Si los católicos no amamos y defendemos a nuestra Iglesia, ¿quién la amará? ¿quién la defenderá? Este día quiere llevar a la conciencia de los católicos algo que predicamos mucho y vivimos poco: que la Iglesia es cosa nuestra, de todos los que la formamos. Si esta conciencia calara en el pueblo cristiano entonces no tendríamos que depender del Estado para subsistir, y sabemos por experiencia histórica que la dependencia crea sumisión y falta de libertad. Hoy se nos pide a los católicos nuestra aportación, nuestra colaboración, en forma de donativo también, para que nuestra Iglesia diocesana pueda cumplir su tarea de anunciar el Evangelio, pueda tener los medios y locales necesarios para educar en la fe a los creyentes y a los que no lo son. Todo esto cuesta mucho dinero y no se podrá realizar sin la aportación de los católicos. La Iglesia será lo que los católicos quieran que sea. Este es el sentido de la colecta de este segundo domingo de noviembre, día de la Iglesia diocesana, cuyo lema este año es bien expresivo: Tú eres testigo de la fe de tu Iglesia. Que así sea.