Domingo XXV (A)

Is 55,6-9; Sal 144; Fil 1,20c-24.27a; Mt 20,1-16

 José María de Miguel

TODO ES GRACIA

  Una de las tentaciones más grandes que nos acechan continuamente es la de dominar a Dios, la de controlarlo, haciéndolo semejante a nosotros. Nos imaginamos a Dios actuando como nosotros actuamos, un Dios un poco más grande que nosotros, pero semejante en su modo de reaccionar, de hacer justicia, de recompensar. La Biblia dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, pero la verdad es que a veces Dios parece hecho a nuestra imagen, según nuestros gustos. Desde luego ‘nuestro Dios’ se parece más a nosotros que nosotros a él.

1.     ‘Mis planes no son vuestros planes’

El profeta Isaías habla de los planes de Dios y de sus caminos contraponiéndolos a los planes y caminos de los hombres: son de tal manera diferentes que ‘como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros; mis planes, que vuestros planes’. Y ¿para qué enfatiza el profeta este contraste entre la mente de Dios y la de los hombres? Pues para invitarnos a buscar al Señor, a invocarlo, a abandonar el mal camino, a volver al Señor. En el Evangelio del domingo pasado el Señor nos mandaba perdonar siempre, hasta setenta veces siete. Pero ya vimos como se comportó aquel siervo sin entrañas, a quien el Señor le había perdonado su inmensa deuda y él fue incapaz de perdonar una minucia a su compañero. Instintivamente tendemos a actuar con el prójimo siguiendo el criterio del ojo por ojo, del que la hace la paga. En nuestros planes no entra el perdonar una y otra vez a quien nos ha hecho mal. Pero el Señor actúa de otra manera, por eso el profeta pone en boca de Dios la diferencia abismal entre sus planes y los nuestros: los planes de Dios con los pecadores se resumen en el perdón. Dios quiere que el que se ha alejado de él por el pecado, por la injusticia, por la violencia, vuelva a él; los planes de Dios son la conversión del pecador. Por eso Dios está siempre dispuesto a hacerse encontradizo al que lo busca, a responder al que lo invoca con sincero corazón. Y la razón de este modo de actuar de Dios, tan distinto al de los humanos, es muy elocuente: porque Dios ‘es rico en perdón’, o como dice el Salmista, porque ‘el Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas’. Dios tiene otros planes, Dios se mueve por otros caminos, por eso siempre podemos volver a él y obtener su perdón.

2.     ‘Los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos’.

Que Dios actúa de otro modo que los hombres, que su manera de valorar y recompensar es muy diferente, aparece en la parábola que Jesús nos ha contado hoy. A algunos  tal vez les haya sonado mal esta parábola, habrá quien la considere un ataque a la justicia social, porque no hay derecho a pagar lo mismo al que ha llegado a primera hora a trabajar en la viña que los que fueron contratados al final de la jornada. Estos son los planes y caminos normales de los hombres: se paga según se trabaja, porque la paga está en función del rendimiento y de la productividad. Así, la queja de los primeros viñadores era enteramente justa: ‘Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno’. Pero la parábola no trata de defender una injusticia, evidentemente; porque el objeto de la misma no es un problema de justicia social, sino del reino de los cielos. Jesús quiere destacar la gratuidad del don de Dios: todo lo que Dios nos da es puro don, pura gracia. Nunca merecemos lo que Dios nos da, Dios no nos debe nada. Por eso no podemos exigirle que nos pague más porque trabajamos más en su viña; a Dios no podemos pasarle factura por nuestros supuestos méritos. En el reino de Dios todo es gracia, y el que no lo comprenda así, por mucho que se esfuerce y trabaje por la causa del reino como el que más, como el primero, en la hora de la verdad será el último. Lo cual no quiere decir que podamos prescindir del esfuerzo y del trabajo porque al fin nos van a pagar igual; en modo alguno. Un pensamiento de este tipo es ofensivo para Dios. Tenemos que trabajar duro para entrar en el reino y para que el evangelio se extienda por toda la tierra, pero tenemos que hacerlo por puro amor, no por interés. Si lo hacemos por amor, la gracia será inmensa, si trabajamos por interés, seremos los últimos.

3.     ‘Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir’.

En relación con los otros apóstoles, Pablo es el último que fue a la viña. Y sin embargo, recibió como los demás la gracia del apostolado, una gracia que la puso en acción desde el momento mismo de la conversión. Gratis recibió el don, y gratis trabajó Pablo para que la gracia del Evangelio llegara al mayor número de personas y lugares. Toda su vida y actividad misionera estuvo marcada por el amor de Cristo, de aquel Jesús que le salió al encuentro camino de Damasco. Por amor a Cristo desea morir para estar con él ‘que es con mucho lo mejor’; pero por amor a Cristo no renuncia a seguir trabajando por su causa, para que los cristianos lleven ‘una vida digna del Evangelio’. Así el Apóstol conforma su vida y proyectos, sus planes y caminos, a los planes y caminos del Señor que ‘quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’.

El Evangelio de la gracia siempre es difícil de comprender y practicar; los hombres nos movemos más por el interés, por eso nos acecha siempre el egoísmo como el pecado primero y más radical. En los caminos y planes de Dios, sin embargo, no tiene cabida el interés, sino la gracia: todo es gracia. Pero vivir en la gracia y de la gracia sólo es posible si vivimos en el amor y del amor. Y la fuente del amor de Cristo es la Eucaristía: en ella conmemoramos su amor que alimenta nuestro amor a Él y a los hermanos.