Domingo XXVII (A)
José
María de Miguel
A veces nos
imaginamos a Dios frío y distante, como si no le afectaran lo más mínimo
nuestros olvidos y desplantes, como si le dieran igual los rechazos y traiciones
de sus hijos. Pues no, Dios, como Padre que es, ‘sufre’ con el
comportamiento torcido y las actitudes desviadas de sus hijos, y le ‘duelen’
en lo más hondo nuestros pecados de indiferencia y desamor. Y no es ninguna
exageración, basta escuchar con atención las lecturas que hoy se nos han
proclamado; en ellas resuena como un desgarrado lamento, como una queja dolorida
que Dios dirige a su pueblo infiel.
1. “¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?”.
La ‘viña’,
como dice el profeta Isaías en su canto de lamentación, ‘es la casa
de Israel’, o sea, el pueblo de Dios, aquel
pueblo que él se escogió como heredad, como propiedad suya entre todos los
pueblos de la tierra, por pura gracia, por puro amor. El salmista resume bien la
gran obra de Dios en favor de su pueblo, la obra de la liberación de la
esclavitud: ‘Sacaste, Señor, una vid de Egipto, expulsaste a los
gentiles, y la trasplantaste. Extendió sus sarmientos hasta el mar y sus brotes
hasta el Gran Río’. El pueblo de Israel es
obra de Dios, fruto de su amor gratuito: él lo libró del Faraón haciéndole
pasar a pie enjuto el Mar Rojo, él lo condujo por el desierto durante cuarenta
años alimentándolo con el maná, él le hizo atravesar el río Jordán y le
entregó la Tierra Prometida, una tierra que mana leche y miel. Y, sin embargo,
aquel pueblo mostró su rebeldía y su infidelidad una y otra vez. Por eso Dios
se queja amargamente: ‘¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no
lo haya hecho?¿Por qué, esperando que diera uvas, dio agrazones?’.
En efecto, termina el profeta constatando la triste realidad: ‘Esperó
de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis:
lamentos’. Pero el comportamiento rebelde del
pueblo no le saldrá gratis, tendrá que cargar con las consecuencias de sus
injusticias. Dios les abandona a su suerte, la viña será arrasada, no producirá
nada, sólo zarzas y cardos crecerán en ella. Así profetiza Isaías el futuro
de Israel, un futuro negro, pues será invadido por pueblos enemigos y sufrirá
la deportación de sus gentes. La lección de la historia no puede ser más
elocuente: cuando se abandona a Dios, cuando se rechaza su alianza y se
conculcan sus mandatos que son para nuestro bien y salvación, al hombre no le
va mejor; al contrario, sufrirá las consecuencias del rechazo de Dios
en su propia carne. A lo mejor a nosotros, que estamos viendo el
progresivo desinterés que muestran los hombres de hoy por Dios, nos parece que
no por ello les va mal, ni se sienten amenazados en su bienestar, pero Dios no
tiene prisa, los tiempos de Dios son la eternidad. Sin embargo, hemos de estar
seguros de que el rechazo de Dios no puede ser cosa buena para el hombre, hecho
a su imagen y semejanza, y llamado a la comunión plena y eterna con él.
2. “Tendrán respeto
a mi hijo”.
Así pensaba
Dios, vamos a decir ingenuamente, después de haber soportado una y otra vez a
lo largo de la historia las múltiples pruebas de rebelión y rechazo por parte
de su pueblo. La imagen de que se sirve Jesús en la parábola es también la de
una viña, que representa al pueblo de Dios. Pero el matiz que introduce Jesús
en la parábola es muy importante: el propietario de la viña es Dios. No es el
pueblo dueño de sí mismo y de sus destinos, es simplemente arrendatario, por
eso tiene que pagar a su propietario el arrendamiento debido. Este precio no es
otra cosa que el compromiso de Israel para con su Dios de serle fiel y cumplir
sus mandatos. Pero como hemos visto, ni fue fiel ni cumplió con las cláusulas
de la alianza que prometió a Dios ante Moisés en el Sinaí. Por eso el Señor
les fue enviando profetas para recordarles que debían pagar el arrendamiento, o
sea, que debían ser fieles a Dios. Pero no les hicieron caso; al contrario,
acabaron con todos. Esto lo sabían muy bien los sumos sacerdotes y senadores
del pueblo a quienes se estaba dirigiendo Jesús. Y aquí da un vuelco la
narración: la serie de profetas enviados por Dios para llamar a Israel a la
conversión había terminado; ya sólo quedaba el Hijo. Pero tampoco al Hijo le
respetaron, más bien se ensañaron con él, pues pensando quedarse con la
herencia, ‘agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron’. Jesús
dibuja con toda claridad su trágico destino y la responsabilidad de los jefes
que lo escuchan haciéndoles pronunciar su propia sentencia, pues a la pregunta
‘qué hará con aquellos labradores el dueño de la viña’, ellos
contestaron: ‘Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña
a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos’.
3. “El Reino se dará
a un pueblo que produzca sus frutos”.
Y, en
efecto, la herencia fue rechazada, pero no se perdió, pues ‘la piedra
que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular’.
Rechazaron a Jesús, el último enviado, mataron al Hijo, por medio del cual
Dios quería hacer volver al pueblo de Israel al buen camino. Pero su muerte no
fue inútil, sobre ella Dios levantó otro pueblo, es la Iglesia de Cristo la
que recogió la herencia, ella es la nueva viña de Dios adquirida a gran
precio, el precio de la sangre preciosa del Hijo. Ante tales muestras de amor,
la Iglesia debe responder con frutos de justicia, fidelidad y caridad. La
Iglesia es hoy el nuevo pueblo de Dios, que está formado por muchos pueblos,
unos más antiguos, otros más recientes. Pero algunos de estos pueblos, los más
viejos, ya no dan el fruto que de ellos espera Dios, frutos de fe, justicia y
caridad, que son los frutos que hacen crecer el Reino de Dios en el mundo. Pero
no por eso Dios dejará de ofrecer sus dones a los hombres: ‘se os
quitará a vosotros el Reino y se dará
a un pueblo que produzca sus frutos’. Lo que
pasó una vez con el pueblo de la antigua alianza, puede pasar ahora con los
pueblos que rechazan el Evangelio. La Iglesia como tal seguirá adelante, pues
está fundada sobre la piedra angular, Cristo muerto y resucitado, pero los
pueblos que en esta hora den la espalda al Evangelio cargarán con su propia
culpa; ya habrá otros pueblos que recojan la herencia y la lleven adelante para
bien de las generaciones futuras.
En las lecturas ha resonado una queja de Dios y una advertencia: es importante que no caiga en vano, hagamos, pues, caso de la exhortación de San Pablo: ‘Lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros’. Para eso celebramos la Eucaristía cada domingo, para oír la palabra de Dios y para coger fuerzas alimentándonos de Cristo y así poder perseverar en el combate de la fe, dando frutos de vida eterna.