Domingo XXVIII (A)
Entre todos los banquetes, el de
bodas se lleva la palma. No se concibe una boda sin el respectivo banquete; es más,
muchas veces parece que de la boda lo importante, aparte el traje de la novia,
es el banquete. No se suele preguntar por la Misa en la que los novios han
contraído matrimonio, sino si la comida o cena ha estado bien, si han quedado
satisfechos los comensales. Y no es para menos, porque el banquete nupcial
cuesta mucho dinero, pero casi siempre a cargo de los invitados que pagan el
cubierto y algo más, por eso cuantos más invitados mejor será el resultado
final del banquete (para los novios, naturalmente). Y así hoy nos encontramos
con bodas multitudinarias. De banquetes de bodas sabemos, pues, bastante. ¿Tienen
algo que ver estos banquetes con el relato que Jesús nos ha contado hoy?
En la profecía de Isaías se representa la salvación futura, la que traerá el Mesías, con la figura del banquete: aquel día ‘preparará el Señor para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos’. Para darnos a entender qué es o en qué consiste la salvación que Dios nos promete, Isaías acude a un símbolo tan material como la comida y la bebida. Quizás a nosotros, gente satisfecha, que hace mucho que no pasa más hambre que la estrictamente indispensable para aligerar las grasas sobrantes, la figura del banquete no nos diga mucho como símbolo de la salvación. Más le dirá, sin duda, a esa gran parte de la humanidad que malvive o muere de hambre. Un banquete de bodas, cuando la comida ordinaria era escasa y con pocas variantes culinarias, se esperaba como una gran ocasión para saciarse; hoy no es así, uno no va a un convite de bodas a saciarse, porque lo que allí se sirve lo comen los invitados cualquier otro día. Por eso, a nosotros nos cuesta trabajo concebir el don de la salvación como un banquete. Pero no debemos olvidar que la comida ha sido siempre escasa para la mayor parte de la humanidad, y hoy lo sigue siendo. Y la comida es el sustento de la vida. Con lo cual, se puede entender que el banquete sea un símbolo muy apropiado para expresar la salvación que ante todo es vida, vida eterna. Además, con este símbolo la Sagrada Escritura nos quiere dar a entender que la salvación no es una mera realidad espiritual, que afecta sólo una parte del hombre, a su alma, sino a toda la persona, en su cuerpo y en su espíritu. Es toda la persona la que será salvada. Al hombre y a la mujer como tales, en la totalidad de su ser y de su existencia, se dirige la promesa del Señor: aquel día, el día de la salvación, Dios ‘aniquilará la muerte para siempre, enjugará las lágrimas de todos los rostros’. La fiesta de la salvación es gozo y alegría, porque seremos plenamente saciados y colmadas todas nuestras necesidades; será la vida en plenitud, sin ninguna carencia, sin la amenaza de la muerte y del dolor: ‘celebremos, pues, y gocemos con su salvación’.
También Jesús, para darnos a
entender algo de lo que es el Reino de los cielos, nos cuenta una parábola con
el argumento del banquete, de un
banquete de bodas: ‘El Reino de los cielos se parece a un Rey que celebraba
la boda de su hijo’. Hay un acontecimiento: el Hijo del Rey se casa; el
banquete está preparado; se cursan las invitaciones. Pero los convidados
rechazan la invitación, no quieren ir a la boda. Es un poco extraño que no se
quiera ir a un banquete que se ofrece gratuitamente; algo no funciona. El Rey
intenta persuadirlos: ‘Tengo preparado el banquete... venid a la boda’.
Pero los convidados muestran total desinterés y hasta se revuelven contra los
mensajeros que les traían la invitación del Rey. En la parábola, Jesús
cuenta su propia historia: el Rey
es su Padre, él es el Hijo, que
celebra las bodas, es decir, el abrazo de amor de Dios con la humanidad. Eso es
el misterio de la Encarnación: las bodas del Hijo de Dios que tienen lugar al
hacerse hombre en el seno de María la Virgen. A estas bodas se invita, ante
todo, a los miembros del pueblo de Dios, a los judíos; ellos son los primeros
invitados, porque con ellos Dios había firmado una alianza, un pacto de
amistad. Pero los judíos no acogieron la invitación; durante mucho tiempo
rechazaron a todos los mensajeros que la anunciaban, y a muchos los mataron. Sin
embargo, el plantón de los primeros convidados no desanima al Rey: ‘La
boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los
cruces de los caminos, y a todos los que encontréis convidadlos a la boda’. La invitación se extiende ahora al mundo entero; todos están
convidados al banquete de bodas. La respuesta fue masiva, entraron tantos que se
llenó la sala, pero de ‘malos y buenos’. Los primeros convidados que
rechazaron la invitación ‘no se la merecían’; pero los que entraron
sin las debidas condiciones tampoco fueron aceptados, aunque ya estaban dentro
de la sala del banquete. Entraron en la Iglesia, sí, que es como la sala del
banquete, pero no por eso tenían asegurada la salvación. Para participar del
banquete de bodas del Hijo, es decir, para alcanzar la salvación, se requieren
algunas condiciones. Todo no vale, no tenemos un cheque en blanco. La salvación
se nos da gratuitamente, pero tan grande gracia exige de nosotros una respuesta
adecuada. Es el vestido de bodas, símbolo del amor y de la amistad de Dios, el
que nos permite disfrutar de la salvación, entrar en el Reino de los cielos.
Tanto Isaías como Jesús nos
han hablado de la salvación como un gran banquete de bodas, Pablo, en cambio,
nos asegura que eso es sólo un símbolo, que no es la realidad plena. El Señor
no dijo que la salvación, o sea el Reino de los cielos, es un banquete, sino
que se parece a un banquete, por eso Pablo puede experimentar la salvación no sólo
como banquete, sino también como penuria: ‘Sé vivir en pobreza y
abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la
abundancia y la privación’. Si la salvación es Jesucristo, y Pablo se ha
encontrado con él, todo lo demás queda relativizado. Para el Apóstol, el
verdadero bien, la auténtica plenitud, la
vida verdadera es Cristo: ‘para mía la vida es Cristo y una
ganancia el morir’, nos había dicho, y por eso frente a las dificultades
de la existencia puede reaccionar con total confianza en el Señor: ‘Todo
lo puedo en Aquel que me conforta’.
En la Mesa eucarística están los dones de la salvación. Los manjares suculentos, los vinos generosos de que hablaba Isaías como anticipo de la salvación, se convierten en el altar en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Ellos son para nosotros comida y bebida de salvación. Que el Señor, que nos ha invitado a su Mesa, nos encuentre con la vestidura blanca de su gracia y de su amor para poder participar dignamente del banquete del Reino de los cielos.