Domingo XXIX (A)
Is 45,1.4-6; Sal 95; 1 Ts 1,1-5b; Mt 22,15-21
José María de Miguel González OSST
1. Misioneros masacrados por el César
El Evangelio que hemos proclamado nos plantea un tema importante: la relación entre la comunidad política y la comunidad religiosa, o entre Dios y el César, una relación que no es siempre fácil, que está sometida a tensiones y malentendidos por ambas partes. Pero en un día del Domund como hoy tenemos que recordar que los misioneros y los cristianos en muchos países del mundo están sometidos a la arbitrariedad del César, al dominio despótico de los dictadores, y sufren por ello persecución y martirio. En los países de mayoría musulmana, donde religión y política son la misma cosa, no hay espacio para los cristianos, son marginados, no tienen derechos, no pueden anunciar a Jesucristo. Están acabando con ellos en Irak y en todo Oriente Medio apenas quedan unos cuantos miles. Pero recientemente la persecución se ha recrudecido en varios estados de la India, donde son ya decenas los seglares, religiosos, religiosas y sacerdotes que han sido asesinados, y cientos de iglesias, incluida una catedral, totalmente destruidas, además de escuelas y hospitales atendidos por misioneros que han sido incendiados. Y mientras tanto, aquí en Occidente apenas se oye una voz de protesta por estos crímenes.
2. En caso de conflicto, a quién obedecer
Para encuadrar la explicación de este Evangelio que habla de los deberes para con la autoridad política y para con Dios, recordamos lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: "El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política. 'Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios'. [Pues] 'hay que obedecer a Dios antes que a los hombres'"(n.2242). A la autoridad política legítimamente constituida le debemos respeto y hemos de acatar lealmente sus disposiciones cuando éstas tienen por fin la promoción y defensa de la persona o el bien de la sociedad. 'Al César lo que es del César': a la autoridad política, que los ciudadanos se han dado libremente, le compete ordenar los asuntos de este mundo. Esto nadie lo discute; los problemas surgen cuando se da al César lo que es de Dios, o mejor, cuando el César invade el campo que corresponde a Dios; o también cuando la Iglesia se inmiscuye indebidamente en el terreno político. Digo indebidamente, porque cada vez que la Iglesia habla sobre cuestiones de índole moral que afectan a la sociedad, o al funcionamiento de las instituciones políticas, enseguida se le acusa de meterse en política. Aquí no hay que dejarse engañar: una cosa es hacer política y otra muy distinta predicar las exigencias morales de la vida pública y de los que la administran. A la Iglesia nadie le puede prohibir denunciar aquellas actitudes o comportamientos que son incompatibles con el Evangelio. Por ejemplo: Dios es el dueño y señor de la vida, pero el César se arroga la capacidad de decidir sobre la vida de los no nacidos o de los enfermos terminales. En estos casos, a quién obedecer. El Catecismo es muy claro a este respecto: "Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo: César no es el 'Señor'"(450).
3. César no es el Señor
Así pues, en toda circunstancia hay que tener siempre muy claro y presente que el César no es el Señor. Por eso no puede disponer de nosotros, de nuestra libertad y de nuestra conciencia, como si fuera Dios. Cuando la autoridad política pretende dominar sobre la vida y la conciencia de los ciudadanos aparecen las dictaduras, que oprimen al hombre, que lo reducen a esclavitud, porque le niegan la libertad, y con ella su dignidad personal. Sólo a Dios le debemos la libertad y sólo a El se la podemos y debemos entregar. Dios es el único que garantiza y salvaguarda la libertad del hombre; Dios es el garante último de la dignidad inviolable de la persona humana. 'A Dios lo que es de Dios'. ¿Y qué le debemos a Dios? ¿Qué hemos de entregarle? Cada uno de nosotros llevamos impresa en nuestro corazón la imagen de Dios, pues somos criaturas suyas; cuando Jesús nos manda dar a Dios lo que es de Dios, nos está indicando que lo único que podemos dar a Dios que sea digno de él es nuestro corazón, somos nosotros mismos. A Dios lo único que le interesa es el bien del hombre, que esa imagen suya que llevamos dentro cada uno de nosotros resplandezca más cada día. Pero esto sólo será posible si no entregamos el corazón al César, es decir, al reino de este mundo, a las pretensiones de la codicia, del poder, del dinero, de la sensualidad. El corazón, como la libertad, es sólo para Dios; esta entrega es la que Jesús pide cuando dice: 'A Dios lo que es de Dios'. Ya se sabe que el César reclama lo suyo y se lo lleva, lo queramos o no; el César no se anda con contemplaciones. Pero Dios no es así, no exige lo suyo por la fuerza; si nos pide la entrega de nuestro amor, es para agrandarlo y purificarlo, es para elevarlo a su imagen y semejanza. Para eso celebramos cada domingo la Eucaristía, la memoria del Señor Jesús entregado por nosotros; es de aquí de donde sacamos fuerza para no dejarnos dominar por los señores de este mundo, porque la Eucaristía es la fuente y el fundamento de nuestra libertad, fuerza y libertad que pedimos para todos los misioneros que en el mundo anuncian el Evangelio de la gracia y del perdón. Termino con estas palabras del Papa Benedicto XVI en su Mensaje para el Domund de este año: “Queridos hermanos y hermanas, que la celebración de la Jornada mundial de las misiones os anime a todos a tomar cada vez mayor conciencia de la urgente necesidad de anunciar el Evangelio. No puedo menos de subrayar con vivo aprecio la aportación de las Obras misionales pontificias en la acción evangelizadora de la Iglesia. Les doy las gracias por el apoyo que brindan a todas las comunidades, especialmente a las jóvenes. Esas Obras son un instrumento válido para animar y formar en el espíritu misionero al pueblo de Dios, y alimentan la comunión de bienes y de personas entre las diferentes partes del Cuerpo místico de Cristo. Que la colecta, que se hace en todas las parroquias durante la Jornada mundial de las misiones, sea signo de comunión y de solicitud recíproca entre las Iglesias”