DOMINGO
XXIII (A)
Ez 33,7-9;
Sal 94; Rom 13,8-10; Mt 18,15-20
Corregir
y perdonar: dos preceptos evangélicos
José
María de Miguel
Según
ciertos proyectos educativos actuales hay que dejar a los niños y jóvenes que
desarrollen su personalidad libremente, es decir, a impulsos de lo que sienten y
viven en cada momento, sin reprimir ninguna inclinación, en un clima de total
espontaneidad. Para los que así piensan, corregir equivale a coartar o negar la
libertad, un atropello de los derechos humanos entendidos y practicados en clave
puramente individualista-egoísta. Pero un crecimiento espontáneo, sin ningún
cultivo, favorece, como se sabe, a la malas hierbas. En el evangelio que
acabamos de escuchar, el Señor nos instruye acerca de dos puntos importantes
para la vida cristiana.
1.
Corregir para salvar
En
primer lugar, Jesús nos habla de la corrección fraterna, cuya finalidad última
es la salvación del hermano que anda por un camino extraviado: "Si
tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado
a tu hermano". El profeta Ezequiel, por su parte, pone de relieve las
consecuencias del ejercicio o dejación de la corrección fraterna:"Si
tú no hablas poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el
malvado morirá por su culpa, pero a ti te pedirá Dios cuenta de su sangre.
Pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no
cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la
vida". Detrás
de la corrección fraterna está, pues, el amor al hermano, el deseo de su
salvación. Por tanto, ha de hacerse siempre desde el amor y con amor, además
de con sinceridad y honradez. Un padre o una madre saben que su hijo o su hija
caminan de espaldas a la ley de Dios. Si estos padres aman a su hijo, querrán
para él lo mejor, querrán que no se pierda. El amor por su hijo, por el bien
de su salvación, les impulsará a corregir aquellas actitudes y comportamientos
negativos que observan en él. Pues bien, Jesús nos dice que esto ha de hacerse
con gran discreción, con mucha prudencia: "repréndelo
a solas entre los dos", es decir, en una conversación pacífica y
sosegada, pues en esta clase de diálogos no valen mucho los argumentos de
autoridad: ‘¡tú haces esto porque yo te lo mando!’. Pero para que la
corrección tenga éxito, el argumento decisivo es el de la propia vida, el del
propio testimonio. A esto queremos aludir cuando decimos que la corrección ha
de hacerse desde la sinceridad y la honradez. Si los hijos no ven que los padres
cumplen lo que les aconsejan a ellos, todo es inútil. Por eso, la corrección
fraterna es difícil y muy exigente para quien la hace: pues antes de denunciar
la paja en el ojo ajeno, hay que retirar del propio la viga que nos impide
corregirnos a nosotros mismos.
2.
El ministerio de la reconciliación
El
segundo punto de la enseñanza del Evangelio de hoy se refiere a otro asunto
que, a pesar de ser decisivo para nuestra propia salvación, no le damos la
importancia debida. Se trata del perdón de los pecados. A este respecto dice
Jesús con toda claridad: "Os aseguro
que todo lo que atéis en la tierra quedará
atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado
en el cielo". El atar y
desatar se refiere al perdón de los pecados en el sacramento de la penitencia.
Pues bien, a la vista de la huída masiva de los cristianos de este sacramento
fundamental, hay que decir: o que no tomamos en serio las palabras del Señor, o
que no tomamos en serio nuestra propia salvación. Y si esto fuera así, es lógico
que no estimemos o no nos preocupe la salvación del prójimo; por eso, la
corrección fraterna para que el hermano no se aparte del camino del bien, se
practica escasamente entre nosotros. El sacramento de la penitencia para el perdón
de los pecados no puede entenderse ni aceptarse más que desde el convencimiento
de que es un don de Cristo para nuestro bien, para acompañarnos en el camino de
la salvación. Según la palabra de Jesús, Dios no acepta la reconciliación
con él al margen de la comunidad, es decir, de la Iglesia. Pues toda comunicación
de Dios a nosotros y toda relación nuestra con él está asegurada y expresada
a través de determinados signos que realizan lo que significan. Estos
signos son los sacramentos de la Iglesia instituidos por Jesucristo. Así, por
el signo del agua bautismal somos incorporados a la Iglesia, Cuerpo de Cristo;
por el signo del pan y del vino consagrados comulgamos con Cristo mismo. Pues
igualmente, por el signo de la absolución sacramental, Dios nos perdona los
pecados, es decir, desata en el cielo lo que la Iglesia ha desatado en la
tierra: el vínculo de nuestros pecados. Esta es la certeza que nos da el
sacramento, y que no es posible conseguir en un arreglo privado entre el alma y
Dios. ¡Deberíamos agradecer incesantemente este don del amor de Cristo que nos
permite restablecer la comunión con Dios rota por el pecado!¡Deberíamos
estimar aquel sacramento que nos devuelve la paz de la conciencia y la amistad
de Dios!
“A nadie le debáis nada, más que amor”,
nos ha dicho San Pablo. Es el amor el que nos impulsa a querer el bien del
hermano, por eso la corrección, y nuestro propio bien, por eso la práctica del
sacramento de la reconciliación. Se lo vamos a pedir hoy al Señor como fruto
de esta Eucaristía, ya que él mismo nos ha dicho:"Os
aseguro que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir
algo, se lo dará mi Padre. Porque donde dos o tres están reunidos en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos". Que Cristo en medio de
nosotros nos alcance la renovación de nuestra vida cristiana como él desea
para nuestro bien y por los medios que él ha previsto y nos ha dejado como
expresión de su amor por nosotros.