Domingo XI (A)

 - I -

Ex 19,2-6; Sal 99; Rom 5,6-11; Mt 9,36-10,8

José Mª. de Miguel, O.SS.T.

La prueba del amor de Dios

Dios nos ama, y nos ama entrañablemente, porque él es amor. Toda la Sagrada Escritura es el testimonio vivo de este amor. Y digo ‘testimonio vivo’ porque el amor de Dios es operante y eficaz, no consiste en palabras cariñosas ni en discursos preciosos; Dios nos ama actuando por nosotros, liberándonos de nuestras esclavitudes, otorgándonos paz y reconciliación. Es un amor redentor.

1. “Os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí”.

Así, con este lenguaje tan expresivo se dirige Dios a su pueblo al pie del Sinaí, después de la larga marcha por el desierto, la marcha de la liberación. Dios se presenta como un águila majestuosa, cargando sobre sus alas al pueblo para conducirlo a la libertad. Con el hermoso símbolo de las ‘alas de águila’, Dios quiere dar a entender a su pueblo la delicadeza de su amor para con él. Un amor paterno y materno a la vez. Con brazo fuerte los liberó de la esclavitud de Egipto y con cuidado materno los asistió por el desierto proporcionándoles alimento del cielo –el maná- y bebida abundante –el agua de la roca. Todo el amor de Dios por su pueblo se resume ahora, al pie del Sinaí, en la alianza que le propone para que Israel se convierta en su ‘propiedad personal’, alianza gratuita con una sola cláusula: escuchar la palabra de Dios y cumplirla. Dios ama a su pueblo, y porque lo ama le propone una alianza, es decir, le propone vivir en amistad, en comunión, en amor. En este trato, Dios pone casi todo, es el que más arriesga, porque el amor es ciego; de Israel lo único que pide es que le preste atención y obedezca sus mandamientos. Aquella primera alianza se consumó en la nueva alianza que Dios firmó con la humanidad en la persona de Jesucristo. Pero también en esta, en la que estamos nosotros viviendo, sigue vigente aquella vieja cláusula: escuchar con atención y veneración la palabra de Dios, la que él nos dirige domingo tras domingo, y llevarla a la práctica. Una alianza siempre es un pacto bilateral; no basta con que Dios esté dispuesto a darnos todo, es necesario que nosotros nos abramos a sus dones y respondamos con amor al amor que él nos muestra.

2. “Les dio autoridad para expulsar demonios y curar toda enfermedad y dolencia”.

La compasión de Jesús por la multitud desorientada no se queda encerrada en el corazón, no es –como a veces nos sucede a nosotros- un lamento estéril, una congoja íntima al contemplar los sufrimientos de la humanidad a través de la televisión. El amor de Jesús por la gente es un amor compasivo, que pasa a la acción. Así lo demuestra llamando a los discípulos, invitando a la oración para que el Señor ‘mande trabajadores a su mies’, enviando a los Doces..., todo es expresión real del amor de Dios por su pueblo. Si Jesús encarnaba ese amor expulsando demonios, curando enfermos, resucitando muertos, pues lo mismo harán los discípulos que él envía. Y como Jesús, estas obras de amor las realizarán en total gratuidad. La llamada y el envío de los discípulos es expresión del amor de Jesús por su pueblo, porque los discípulos extenderán el amor de Cristo y lo llevarán a todas las gentes. Por eso son necesarias las vocaciones, por eso hay que pedir incesantemente a Dios por las vocaciones sacerdotales y religiosas, porque el amor de Cristo por los hombres y mujeres de nuestro tiempo se realiza y se manifiesta hoy, de un modo particular, por medio de sus enviados. Este es el servicio imprescindible que desempeñan en la Iglesia de Jesucristo los sacerdotes, los religiosos y los laicos comprometidos, cada uno según su carisma y misión.

3. “Siendo pecadores Cristo murió por nosotros”.

Dios libera a su pueblo y lo conduce por el desierto para atraerlo a sí; Jesús abraza con amor a la multitud abandonada y envía a los discípulos a testimoniar por el mundo este abrazo de su amor misericordioso. Pero todo esto es nada en comparación con la suprema muestra del amor de Dios por nosotros: Cristo murió por  los impíos, los pecadores, los enemigos de Dios, es decir, por nosotros. De aquí se deriva todo lo demás: si su muerte nos ha justificado, nos ha reconciliado con Dios, ¿cómo nos va a negar la salvación? La esperanza de la salvación no descansa en nosotros sino en la obra grande del amor de Dios por nosotros: que Cristo murió por los pecadores. Y esos somos nosotros. Esta es la prueba del amor de Dios por los hombres. No hay otra mayor, por eso si la muerte de Cristo por amor nuestro no nos conmueve las entrañas, nada logrará transformarnos, ningún otro gesto, ninguna otra palabra de Dios será capaz de romper la dureza de nuestro corazón. Dios no nos ha dicho que nos ama, sino que nos ha amado de la forma más increíble: Jesucristo ha muerto por nosotros, sin que lo mereciéramos, antes de que nos convirtiéramos, sin esperar de nosotros un gesto de amor. Es el amor puro, gratuito, total. Jesucristo en la cruz es la prueba del amor de Dios por nosotros.

En cada celebración de la Eucaristía renovamos la alianza de Dios con nosotros, su pueblo, porque aquí, en la Misa, se actualiza la muerte de Cristo, el gesto supremo de su amor por nosotros. El nos ha traído como sobre alas de águila hacia él, para recordarnos su amor, para introducirlo en nuestro corazón, para renovar la alianza nueva y eterna sellada en la muerte y resurrección del Señor. Pero, después de celebrar la Eucaristía, expresión suprema del misterio de su amor, él nos manda, como a los discípulos, al mundo a ser  testigos y transmisores de su amor. 

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DOMINGO XI (A)

- II -

Ex 19,2-6; Sal 99; Rom 5,6-11; Mt 9,36-10,8

José María de Miguel González OSST

Después de escuchar la Palabra que Dios nos ha dirigido en este segundo domingo de junio vamos a profundizar ahora brevemente en su mensaje: ¿qué dicen estos viejos textos de la Sagrada Escritura?, ¿qué nos dicen a nosotros hoy? Lo resumimos en dos puntos: en primer lugar repasaremos las pruebas del amor de Dios que las lecturas nos han puesto delante, y luego las exigencias de este amor.

LA PRUEBA DEL AMOR

Cuando el pueblo de Dios se encontraba a los pies del Sinaí, después de todas las peripecias ocurridas desde que salieron de Egipto y atravesaron el Mar Rojo, Dios se dirige a ellos para recordarles cuál ha sido su comportamiento en todo momento: “Ya habéis visto… cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí”. La imagen no puede ser más expresiva: como el águila lleva a sus crías cargándolas sobre sí sorteando de este modo todos los peligros, así Dios ha conducido a su pueblo de peligro en peligro hasta el refugio del monte santo. Aquí están ya a salvo, aquí Dios les abrirá su corazón para proponerles vivir en alianza de amor.

Pero lo que Dios hizo con su pueblo Israel no es nada comparado con lo que ha hecho con nosotros en la persona de su Hijo. En efecto, “Cristo murió por los impíos… Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros… Cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo”. San Pablo insiste en el tremendo contraste que pone los pelos de punta: nosotros somos los impíos, los pecadores, los enemigos, pero nada de esto impidió que Cristo muriera por nosotros. Todo lo contrario: murió precisamente por eso, porque nosotros éramos eso, impíos, enemigos, pecadores. Hay casos, como el de San Maximiliano Kolbe, que se ofreció a morir por otro prisionero, padre de familia, en el campo de concentración de Auschwitz: “por un hombre de bien, tal vez se atrevería uno a morir”, dice el Apóstol con muchas reservas. Pero desde luego para salvar a un enemigo nadie entregaría su vida. Pues eso es lo que hizo el Señor con nosotros: él, el Hijo del Altísimo, el solo Santo, dio su vida por nosotros pecadores.

Pero antes de llegar aquí, a la tarde del Viernes Santo, durante su vida mortal, el Señor mostró de mil maneras su amor hacia nosotros. El evangelio que hemos escuchado da testimonio: “Al ver Jesús a las gentes, se compadeció de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”. Con pocas palabras el evangelista nos introduce en el corazón de Cristo: un corazón misericordioso. A la vista de las obras grandes de Dios a favor de su pueblo, el salmista dice: “el Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades”. Esta bondad de Dios Padre se refleja y actúa en la bondad de su Hijo, en Jesús que se compadece de nosotros, que estamos como ovejas sin pastor, a merced de los lobos.

CORRESPONDENCIA AL AMOR

Ahora bien, el amor exige ser correspondido. Ciertamente, puede haber amor sin correspondencia; es el caso de Dios que nos ama a pesar de nuestra falta de amor. Pero el amor se realiza plenamente cuando suscita la respuesta de la persona amada. Es lo que pide Dios a Israel, su pueblo, después de haberle demostrado su amor sacándolo de la esclavitud y conduciéndolo a la libertad: “Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos… Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”. La correspondencia que pide Dios es bien sencilla: escuchar su palabra y cumplir la alianza, sintetizada en los Diez Mandamientos. Todas las palabras de amor que no se ajusten a los Mandamientos son palabras vacías, pues, como dice el refrán castellano, ‘obras son amores…’.

Visto todo lo que Dios ha hecho por nosotros al entregarnos a su propio Hijo, hemos de confiar en que “seremos salvos por su vida. Y no sólo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación”. Para san Pablo, la respuesta al amor de Dios manifestado en Cristo Jesús es la confianza, porque no puede darse acogida del amor sin confianza: si Dios ha hecho tanto por nosotros cuando éramos enemigos, impíos y pecadores, sin duda no nos apartará de su lado, siempre y cuando queramos mantenernos a su lado. Junto con la confianza, el siguiente paso de la correspondencia al amor recibido es el gozo, gozarnos en Dios, por todo lo que Dios ha hecho por nosotros a través de su Hijo; esto es gloriarse en Dios: atribuirle a él el gozo de la salvación, pues como hemos rezado en la oración sin la ayuda de la gracia no podemos guardar los mandamientos ni agradarle con nuestras acciones y deseos.

Pero el que ha experimentado la salvación sabe que ésta es un don de Dios: “por pura gracia estáis salvados”, dirá san Pablo. La gracia recibida gratuitamente nos impulsa a comunicarla a los demás. Nadie puede guardar para sí el don recibido. Jesús conoce las dificultades de esta tarea: “La mies es abundante, pero los trabajadores pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies… Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca”. Correspondemos al amor que Dios nos ha demostrado siendo testigos de él, trabajando para que la buena noticia del Evangelio llegue a todos los hombres. En estos momentos difíciles para la transmisión de la fe, la correspondencia al amor que Dios continuamente derrama sobre nosotros se tiene que hacer preocupación, solicitud, oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas: los sacerdotes, los religiosos y religiosas son los trabajadores de la mies, trabajadores en primera línea, con un encargo del Señor y un compromiso definitivo, pero son pocos, muy pocos para la inmensidad de la mies. Pero si no hay trabajadores, ¿quién cultivará y cosechará la mies? Otros operarios no enviados por Jesús se están metiendo en la mies para dañarla: las sectas, las ideologías materialistas y ateas, los que desde el poder intentan imponer el laicismo arrinconando la religión y destruyendo la familia. Necesitamos trabajadores para la mies del Señor que no cesen de proclamar el Evangelio, que inviten a todos a entrar en el reino de los cielos que Jesús nos anunció, cuya puerta grande él mismo la abrió con su muerte y resurrección. Esta es la puerta que se nos abre en cada celebración de la Eucaristía, pues aquí anunciamos, hacemos presente la muerte del Señor hasta que vuelva.