Domingo XIII (A)

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2 Re 4,8-11.14-16; Sal 88; Rom6,3-4.8-11; Mt 10,37-42

José Mª. de Miguel, O.SS.T.

Para ser dignos de Él

A veces Jesús nos sorprende con un gesto o una palabra desconcertante, que nos sacude interiormente, que nos hace despertar de nuestro habitual letargo. Más o menos todos tenemos ya nuestros propios cánones del amor, es decir, sabemos lo que es el amor y hasta amamos. Pero de repente viene Jesús a perturbar nuestras ideas sobre el amor, poniéndose Él como clave de discernimiento del verdadero amor. ¿No será demasiado?.

1. En los discípulos está Cristo presente

En tiempos de recelo frente al desconocido, el extranjero y el inmigrante,  la palabra de Dios resalta hoy los valores y el premio de la hospitalidad. La hospitalidad no es sólo una obra de misericordia, tiene un hondo significado cristológico-trinitario: “El que os recibe a vosotros,  me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado”. Con palabra clara y directa Jesús nos descubre a quién acogemos cuando recibimos a sus enviados. Los apóstoles, los misioneros, son enviados por Jesús para realizar su misma obra de reconciliación, predicando la buena noticia del Evangelio y celebrando los sacramentos que nos comunican la salvación. El misionero, el apóstol, no va por su cuenta, no predica un mensaje propio, es un enviado, un embajador de Cristo, por eso el que acepta su palabra y lo acoge, está acogiendo a Cristo mismo que se hace presente y actúa por medio de sus enviados. Pero Jesús nos dice algo más. También Él es un enviado, mejor dicho, Jesús es el Enviado del Padre, el último y definitivo enviado del Padre, porque es el Hijo único. De modo que el que acoge la palabra y la obra de Jesús está acogiendo al Padre mismo. En última instancia, es el Padre el que está detrás del envío del Hijo al mundo, el que habla y actúa por Él. El Padre es la fuente y el origen de nuestra salvación realizada por Jesucristo con su vida, muerte y resurrección y  consumada con el envío del Espíritu Santo en Pentecostés. Por eso, puede decir Jesús que el que recibe a sus discípulos no sólo le recibe a Él que los envía, sino a su Padre, que lo envió a Él. Por la hospitalidad entramos en el misterio mismo de Dios Trinidad, que es comunión de Amor, nos abrimos a los demás, salimos de nosotros mismos, y así la hospitalidad nos educa para el amor.

2. Un amor superior, por encima de los lazos de la carne y de la sangre.

Las exigencias que Jesús nos plantea hoy en el evangelio serían intolerables, si no fueran expresión de su misterio personal. Así como Dios, Creador y Padre, exige de sus criaturas, de sus hijos, un amor sobre todas las cosas, así también Jesús exige a sus discípulos el amor mayor: más que a los padres y a los hijos, incluso más que a sí mimos. Amor total que se expresa y realiza al tomar la cruz del seguimiento y, si llegara el caso, en dar la vida por Él. Por tres veces repite Jesús que no es digno de Él el que no le ama más que a lo que más amamos en este mundo: a los padres, a los hijos, y a uno mismo. Este el amor mayor, el amor más grande que hace posible todos los demás amores. Por eso no podemos anteponer a nada ni a nadie al amor de Cristo. Pero hay que entenderlo bien: el amor a Cristo no entra en competición con el amor humano a los padres, a los hijos y a uno mismo. Al contrario, el amor mayor a Cristo hace posible que amemos más a aquellos a quienes tenemos el deber de amar. El amor a Cristo no nos aparta del amor humano más cercano y entrañable, lo que hace es ampliarlo hasta abarcar no sólo a los seres queridos de la propia carne y sangre, sino también a todos los hijos de Dios. No es digno de Cristo aquel que sólo ama a los de su círculo familiar. Si Cristo ha dado su vida como señal suprema de su amor a todos los hombres y mujeres, el amor a Cristo hace que amemos también a los que Él ama. Pero esto sólo es posible si le amamos a Él más que a nada y nadie en el mundo.

3. “Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”

Las exigencias de Jesús son realizables en la medida en que el discípulo es introducido y vive el misterio de Cristo. La vida cristiana, con Cristo como centro y alma de la misma, es vida bautismal: muertos con Cristo, sepultados con él, para vivir una vida nueva, donde no hay ya lugar para el pecado. El bautismo es la puerta de la vida cristiana, por ella Cristo nos introduce en su propio misterio de salvación: somos sumergidos en el agua a semejanza de la muerte de Cristo, para morir y ser sepultados con Él. Pero no nos quedamos dentro del agua, no permanecemos en la sepultura, sino que salimos vivos, con Cristo vivo, a una vida nueva, la que brota de la resurrección y del don del Espíritu. Todo en la vida cristiana depende del bautismo, y toda ella no es sino el desarrollo de la gracia bautismal. Por eso es tan importante evocar el día de nuestro bautismo, tenerlo muy presente, ser muy agradecidos por el don recibido en la fuente bautismal: aquel día Cristo nos integró en su cuerpo, que es la Iglesia, nos dio el don de su Espíritu, y así el Padre nos adoptó como hijos en su Hijo amado.

Ahora bien, si por el bautismo entramos en el misterio de la muerte y la resurrección de Cristo, es en la eucaristía donde este misterio de salvación se hace realmente presente. El bautismo apunta a la eucaristía, el bautizado vive de la eucaristía. Por eso participar de la eucaristía dominical no puede ser una carga, un peso que muchos se sacuden con frecuencia, sino el modo de ser y de vivir como cristianos. Sin la eucaristía no es posible vivir la vida bautismal, sin eucaristía no hay vida cristiana.

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DOMINGO XIII (A)

2Re 4,8-11-14-16; Sal 88; Rom 6,3-4.8-11; Mt 10,37-42

José María de Miguel González OSST

 

EN LAS FUENTES DE LA VIDA NUEVA

San Pablo nos propone en este último domingo de junio una pequeña catequesis sobre el bautismo, pequeña por la brevedad del texto, pero muy importante en su contenido. ¿Cómo entiende el Apóstol este sacramento fundamental de la vida cristiana? ¿Cuáles son los efectos del bautismo para el creyente? En el centro de su explicación está Cristo y, más en concreto, el misterio pascual de Cristo, que para el Apóstol es el eje sobre el que gira todo. Según san Pablo, ser bautizados significa ser incorporados a la muerte de Cristo, o dicho de otro modo, participar de la gracia que el Padre nos concede por la muerte de su Hijo en la cruz. El Apóstol entiende además el bautismo como un ser sepultados con Cristo. El cristiano, al recibir este sacramento, es sumergido en las aguas bautismales a semejanza de Cristo en el sepulcro; se trata de una imagen que expresa la muerte, para que "así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva".

El bautismo implica, pues, muerte y vida. Como en el misterio pascual de Cristo celebramos su muerte y resurrección, así en el bautismo, que es el fruto primero de la pascua, celebramos también la muerte del hombre en poder del pecado y la nueva vida que Dios nos concede por Jesucristo. De las aguas bautismales surge una criatura nueva. Esto se percibe mejor en el bautismo de adultos (que es en el que piensa san Pablo cuando escribe esta carta), que en el de los niños. Porque hablar de vida vieja en un niño que acaba de nacer, parece excesivo. Pero también los niños bautizados reciben en las aguas bautismales una vida nueva, porque también ellos son introducidos en el misterio pascual de Cristo, reciben el don del Espíritu Santo y son adoptados por el Padre como verdaderos hijos. Todos nacemos marcados por la herencia del pecado: esa es la vida vieja que muere en el bautismo, para dar paso  a la vida nueva de los hijos de Dios.

Pues bien, a nosotros, bautizados hace muchos años, nos recuerda el Apóstol las consecuencias y efectos permanentes de aquel bautismo: fue una muerte con Cristo para vivir con él. Y lo mismo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, así también "vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús". Este es el horizonte en que hemos de vivir los cristianos, hacia esta vida nueva nos empuja continuamente la gracia bautismal que permanece siempre en nosotros como posibilidad y como oferta para renovar nuestra vida cristiana. Y a esto mismo, a esta permanente renovación, nos invita Jesús en el Evangelio, cuando habla de perder la vida por él para encontrarla. Pues si nos aferramos a la vida vieja, marcada por el pecado, perdemos la vida; pero si morimos al pecado ganamos la vida que no acaba, la vida plena y perfecta que brota de la cruz de Cristo, y de la cual se nos ha dado un anticipo y una garantía en la gracia bautismal. Amar esta vida nueva, hacer todo lo posible por conservarla, es lo que significan esas expresiones del Señor, en las que nos exige un amor mayor que el que debemos a los padres y a los hijos, para ser dignos de él. Y no es una exigencia desproporcionada, porque -primero y antes- él mismo nos ha amado más que a sí mismo, pues entregó su vida por nosotros. De esta vida preciosa quiso darnos parte asociándonos a su muerte y resurrección por medio del bautismo, y para mantenerla viva nos dejó este sacramento de la eucaristía como alimento y fortaleza de nuestra vida bautismal. Por eso el bautismo, que se recibe una sola vez, termina en la eucaristía que nos acompaña durante toda la vida.

Para terminar, recordamos que el próximo miércoles, día 29, la Iglesia celebra la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. Es la fiesta de la fe que confesó Pedro y predicó Pablo. De los Apóstoles recibimos la fe y el bautismo que nos salva. Para que esta fe permaneciera siempre incontaminada, quiso el Señor Jesús poner al frente de su Iglesia a Pedro. La figura y la misión de Pedro continúa en la Iglesia en la persona del Papa, sucesor de Pedro. En este día todas las Iglesias locales, en comunión con la Sede de Pedro, quieren expresar de una manera particular su solidaridad con aquél que está al frente y es responsable de la Iglesia universal. Por eso, la colecta de este día es nuestra ofrenda, la ofrenda de las comunidades cristianas esparcidas por el mundo, al Sucesor de Pedro, para que pueda continuar desempeñando su inapreciable servicio en favor de toda la iglesia. Que nuestra ofrenda sea generosa como generoso es el servicio que el Papa presta a toda la Iglesia y a la Humanidad entera.