VIERNES SANTO
José
Mª. de Miguel
"¡Salve, cruz gloriosa, árbol único en nobleza! Jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto. ¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la vida empieza con un peso tan dulce en su corteza!"
Del árbol de la cruz brotó para nosotros la salvación: ella es la fuente inagotable que sacia nuestra sed de vida eterna. La cruz, símbolo de la muerte más cruel e ignominiosa, se ha convertido, por la muerte de Jesús en ella, en el árbol de la vida. Lo que era una maldición, un instrumento de oprobio y muerte, Jesús crucificado lo transformó en bendición, en causa de salvación. Por eso san Pablo nos exhorta a poner en lo más alto la cruz: "Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de Jesucristo", que para unos es motivo de escándalo, y para otros una necedad, "pero para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios y sabiduría de Dios".
A este árbol de la cruz canta hoy la liturgia: "Tú solo entre los árboles crecido para tener a Cristo en tu regazo; tú, el arca que nos salva; tú, el abrazo de Dios con los verdugos del Ungido".
Cristo, con los brazos extendidos en la cruz, abraza al mundo entero reconciliándolo con Dios. Todos los hombres de todos los tiempos y lugares estábamos allí, junto a la cruz, para recibir la vida de aquella muerte, para recibir el abrazo de amor del Padre a través del Hijo crucificado. En la cruz empieza nuestra vida, ella es el signo, el sacramento de nuestra redención. Pero si Jesús moribundo extendió los brazos en la cruz para acoger en ellos a todos los hombres, ¡con cuánto mayor amor no abrazaría a su Madre, que estaba en pie sufriendo con él por nuestra salvación!
Al contemplar en esta tarde de Viernes Santo el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo, ponemos nuestros ojos en María. Allí estaba ella de pie "junto a la cruz de Jesús" recibiendo al Hijo muerto, y con él, toda la plenitud del amor y de la gracia de Dios. Sobre los brazos de la Virgen, aquellos brazos convertidos en altar de dolor al acoger el cuerpo muerto de su Hijo, sobre aquel regazo virginal descendió todo el fruto de salvación del sacrificio de Cristo. Por eso María es la primera redimida por la sangre de su Hijo. A su Madre dio el Señor en plenitud todos los tesoros de gracia que brotan de la cruz. De este manantial de salvación, María bebió la primera, porque también fue la primera colaboradora de Cristo en la obra de nuestra redención. Gracias a María que lo engendró, Jesús, el Hijo del Eterno Padre, es el Redentor de los hombres. Ella nos dio a Cristo vivo en Belén y nos lo entregó muerto sobre el Calvario. Nadie como María pudo hacer suyas las palabras de Pablo: "cumplo en mi carne, con mis sufrimientos, lo que falta a la pasión de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la iglesia"(Col 1,24). La Virgen Dolorosa no murió físicamente por nosotros, pero su corazón de Madre fue atravesado por una espada de dolor al contemplar la cruel agonía de su Hijo. Ella unió sus sufrimientos a los de Cristo por nuestra salvación. Por eso Jesús crucificado nos la entregó como Madre: "Ahí tienes a tu madre". Esta fue su última voluntad. Realmente, María es nuestra Madre, porque cooperó de una manera singular y única a la obra de nuestra salvación. En nuestro nacimiento para Dios, intervino de cerca la Virgen Madre Dolorosa. De la cruz brota toda gracia y salvación para los hombres, también para María y especialmente para ella. Esta salvación quiso Jesús que nos llegara a través de su Madre, porque ella es la que estuvo más cerca de él, la que mejor penetró en su misterio, la que más desea que todos los hombres conozcan, amen y participen de la salvación de su Hijo. Por eso María, que fue la primera en experimentar la plenitud de la redención, es nuestro más seguro camino hacia aquella meta que todos ansiamos: nuestra propia salvación. ¡Salve, Cruz gloriosa! ¡Salve, madre piadosa! Llévanos a Cristo, abrázanos con Cristo muerto por ti y por todos nosotros... para gloria de Dios Padre. Amén.