TODOS LOS SANTOS- 1

 José María de Miguel

Hoy celebramos la fiesta de Todos los Santos, la fiesta de esa "muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas", la fiesta de esa multitud que San Juan, en la visión del Apocalipsis, contemplaba "de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos", para simbolizar el triunfo de su fidelidad a Cristo, pues ellos son "los que han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero".

Los santos son los que han unido su vida y su muerte a Cristo, y por eso participan ya de su mismo destino de gloria en el cielo. Ellos son los que, habiendo seguido a Cristo por el camino de las bienaventuranzas, han sido admitidos a la presencia y compañía de Dios mismo en la Jerusalén celeste; por eso en este día celebramos con alegría "la gloria de los mejores hijos de la Iglesia".

Hoy, al hacer memoria de todos los santos, reavivamos en nosotros la esperanza de la vida eterna y nos animamos y consolamos con ella en las dificultades y pruebas de esta vida. Porque en los santos "encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad". Ellos, con su estilo de vida evangélico y con sus obras llenas de amor a Dios y al prójimo, nos muestran el camino que conduce a la Patria; los santos además nos acompa­ñan a nosotros en nuestro camino hacia la misma meta con su poderosa intercesión; es lo que hemos pedido en la oración: "concédenos, Señor, por esta multitud de intercesores la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón".

Hoy, en este día de Todos los Santos, celebramos con la Igle­sia entera la fiesta del gozo y de la esperanza cristiana, esa esperanza de la que ya participan por la misericordia de Dios los santos, todos aquellos hermanos nuestros que han sido fieles al Señor durante su peregrinación por este mundo.

He aquí, en palabras de San Juan, el futuro y la esperanza de los cristianos: "Queridos hermanos: ahora somos ya hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es". Nuestro destino es 'ver' a Dios que significa: entrar en el fondo inagotable de su misterio, participar de su misma vida inmortal, ser admitidos a su divina presencia en calidad de hijos. La visión de Dios es la meta de nuestra fe y el fin de nuestra esperanza. Entonces veremos con los ojos de Dios, seremos felices con la felicidad de Dios, viviremos por siempre en la luz y el gozo de la Trinidad eterna. Entonces "seremos semejantes a él, porque el veremos tal cual es". Ser semejantes a Dios: este es el final de nuestro camino, para eso fuimos creados, para vivir en Dios, para vivir de Dios por toda la eternidad. Esta es la vida de los Santos, la vida que nos aguarda al término de nuestra peregrinación por este mundo. "Ahora somos ya hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos".

Pero el premio de esta esperanza que hoy celebramos, no se alcanza sin es­fuerzo, sin lucha, sin compromiso. El Reino de Dios, meta y consumación de nuestra esperanza, no lo alcanzarán sino sólo aquellos que trabajan día a día por la paz, que son misericordiosos, que tienen hambre y sed de justicia, que hacen lo posible por aminorar los sufrimientos de los hermanos, que denuncian sin miedo las injusticias de los poderosos, que son fieles a Jesucristo a pesar de los desprecios y persecuciones.

En medio de un mundo sin apenas esperanza, marcado por el derrotismo y la resignación, la fiesta de Todos los Santos nos recuerda que el cristianismo es ante todo una gran esperanza: la esperanza de vivir para siempre junto a Dios en compañía de los santos, si es que en esta vida somos fieles al Evangelio de Jesús, expresado resumidamente en las bienaventuranzas, que son la Carta Magna del Reino de Dios, la Ley, con mayúscula, de todo cristiano que aspire a entrar un día, con todos los Santos, en la Patria del cielo.

  TODOS LOS SANTOS- 2

Hace ya casi 40 años el Concilio Vaticano II habló de la vocación o llamada-invitación a la santidad que Dios dirige a todos sus hijos e hijas, y lo hizo en estos términos: "El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que El es iniciador y consumador: 'Sed vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto'. [Para lograr meta tan alta] envió a todos el Espíritu Santo para que los mueva interiormente a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas, y a amarse mutuamente como Cristo les amó. Los seguidores de Cristo... han sido hechos por el bautismo verdaderos hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron... Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad civil"(LG 40).

Hoy, en el día de Todos los Santos, merece la pena releer este precioso texto del Concilio, que en modo alguno se ha quedado viejo; al contrario, con el paso del tiempo parece brillar con más intensidad. Hay una idea casi obsesiva en esta enseñanza conciliar: que la santidad no es un coto cerrado para unos cuantos afor­tunados; que la santidad no es un club exclusivo de monjas y frailes, o de papas y obispos; que la santidad es la vocación de todo cristiano, por el mero hecho de serlo y por la meta a que está llamado. Y esto es lo que quiere poner de relieve la Iglesia y celebrar en este día de Todos los Santos: de esa "muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos"(1ª lect). Son nuestros antepasados lejanos y cercanos que están en la presencia de Dios, esa multitud de mujeres y hombres buenos, padres y madres de familia que se han desvivido por sus hijos, que les han educado en la fe, enseñándoles a rezar, y mostrándoles el camino del evangelio con el propio testimonio de vida cristiana; esa multitud de nuestros antepasados que supieron hacer de su hogar una verdadera iglesia doméstica, un santuario de la presencia de Dios donde ardía permanentemente la lámpara de la fe, la esperanza y la caridad; esa inmensa multitud de nuestros antepasados que viviendo, mayoritariamente, en la pobreza han merecido alcanzar la herencia de los hijos de Dios, el reino de los cielos. Hoy en el día de Todos los Santos los recordamos especialmente, damos gracias a Dios por ellos, nos alegramos por ellos y con ellos, y pedimos su intercesión para lograr también nosotros alcanzar su misma meta de gloria, cuando termine nuestra peregrinación por este mundo. Para ello, dice el texto del concilio que hemos leído antes, Jesús "envió a todos el Espíritu Santo", para que nos mueva interiormente a amar a Dios y a los hermanos. El Espíritu Santo es el artífice de toda santidad; sin él no podemos nada, con él lo podemos todo. La obra de Dios que empezó en la bautismo -¡por el que fuimos hechos hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina, y, por lo mismo, realmente santos!-, el Espíritu Santo la lleva adelante hasta su consumación. El camino de la vida cristiana es el camino de la santidad, el que Jesucristo nos enseñó y él mismo recorrió: camino que aparece resumido estupendamente en las bienaventuranzas, verdadero retrato de Jesús, de lo que él dijo e hizo, y nos propuso a sus discípulos como camino de identificación con él.

"Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad". Esta es la meta, y en el día de Todos los Santos conviene recordarla, porque nos anima a elevar el corazón hacia 'lo que seremos' (2ª lect) y a vivir de otro modo las cosas y preocupaciones de cada día. Porque la santidad no es una evasión de este mundo; al contrario, "esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena". La falta de humanidad que percibimos entre nosotros, en las relaciones sociales, profesionales y políticas, ¿no tendrá relación con la falta de santidad entre los cristianos, en las familias, en los movimientos católicos? Porque la humanidad más grande es la que han practicado los santos, y hoy se lo agradecemos a Dios, y le pedimos que siga sembrando la semilla de la santidad entre nosotros, para que el mundo sea más humano, más conforme con la voluntad del Padre del cielo para con todos sus hijos.

 

  TODOS LOS SANTOS- 3

Celebramos hoy una de las fiestas más entrañables y más arraigadas en el pueblo cristiano. En este día no nos sentimos solos en este mundo, por eso visitamos los cementerios para mostrar nuestra comunión con los padres, hermanos, familiares y conocidos difuntos que nos han precedido por el camino de la vida y ya gozan de la vida plena y verdadera de Dios. Pues de Dios venimos y a él volvemos, Dios es nuestro origen y nuestro término, el comienzo de nuestra historia y la meta de la vida. El día de todos los santos, y  a continuación el de todos los difuntos, nos recuerda sobre todo que el tiempo de nuestra vida es breve, muy breve, aunque uno viva ochenta años y el más longevo hasta cien. ¿Qué queda cuando miramos para atrás? ¿Qué podemos retener del tiempo que se nos ha ido? Así nos lo advierte el poeta: "Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando... Este mundo es el camino / para el otro, que es morada / sin pesar; / mas cumple tener buen tino / para andar esta jornada / sin errar... / Este mundo bueno fue / sin bien usásemos de él / como debemos, / porque, según nuestra fe, / es para ganar aquel / que atendemos".

El día de todos los santos recordamos a los que ya se fueron, y nos recuerda que nosotros vamos detrás. Hoy más que ningún otro día del año vivimos la comunión de los santos, traemos a la memoria a nuestros difuntos y los honramos con nuestro recuerdo en forma de flores y de oración. El día de todos los santos es un día de recuerdos; recordamos sobre todo a nuestros seres queridos difuntos. Y la Iglesia nos recuerda también en este día que todos estamos llamados a la santidad, a formar parte de esa inmensa multitud de los santos que gozan de la presencia y vida de Dios. "Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación". Dios quiere que seamos santos, como él es santo. A veces se piensa que los santos son gente extraña, de otros tiempos, que hacen a cada momento cosas extraordinarias, que por eso mismo no se les puede seguir, sino tan sólo admirar. Con semejante idea de la santidad, nos dispensamos a nosotros de emprender el camino de la santidad, que se lo dejamos de buena gana para los que tienen 'madera de santo'. Para salir al paso de esta falsa idea el Concilio Vaticano II trató este punto y nos enseñó lo siguiente: "El Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que El es iniciador y consumador... Envió a todos el Espíritu Santo para que los mueva interiormente a amar a Dios con todo el corazón... y a amarse mutuamente como Cristo les amó. Los seguidores de Cristo... han sido hechos por el bautismo... verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesa­rio que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron"(LG 40).

Esta es la vida cristiana: el desarrollo progresivo de la gracia bautis­mal; este es el camino de la santidad: llegar a ser en verdad y vivir como hijos de Dios. Es el camino que han seguido todos los santos, cada uno según la vocación a la que Dios les llamó, pero todos han hecho florecer y madurar el don recibido en el bautismo. El camino de la santidad no es algo excepcional y para pocos; al contrario, "todos los fie­les, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena"(ib). Efectivamente, si hubiera más santos, más saneada estaría la sociedad: esto es una verdad como un templo, y si no pensemos de dónde procede la corrupción, el abuso de poder, la explotación de los débiles, la idolatría del dinero por el que se es capaz de todo. El camino de la santidad de vida nos lo ha señalado el Señor en las bienaventuranzas: es un camino para todos, que cada uno ha de recorrer conforme a su propia vocación, pero a todos nos afecta, si queremos ser de verdad discípulos y seguidores de Jesucristo. Frente a la cultura del dinero como valor supremo al que ha de rendirse el corazón humano, Jesús nos señala en la primera bienaventuranza el camino de la sencillez, del desprendimiento y del compartir; frente a una cultura que idolatra los instintos como camino de felicidad, Jesús declara felices a los limpios de corazón; y frente a una cultura que apuesta por los fuertes y ganadores, Jesús nos invita a ser agentes de paz y reconci­liación.

En la fiesta de todos los santos recordamos a los que nos han precedido en el camino de la fe, y recordamos el camino que hemos de seguir para alcanzar un día la plena comunión con ellos en la Patria del cielo. Este camino lo trazó Jesús, y lo han seguido todos los santos; las señales que nos orientan en este camino también las conocemos, son las bienaventuranzas, son los mandamientos; también sabemos que para recorrerlo necesitamos la gracia del Señor, porque nosotros somos débiles y pecadores. Todo eso está previsto; sólo falta que nosotros queramos ponernos en marcha. Por parte de Dios no ha de quedar, pues él mismo nos ha llamado a ser santos, y santos hemos de ser para poder compartir un día la vida y gloria de Dios tres veces santo.