PASCUA DE RESURRECCION

 José Mª. de Miguel

 

“Porque él es el verdadero Cordero

que quitó el pecado del mundo;

muriendo destruyó  nuestra muerte,

y resucitando restauró la vida”(Prefacio Pascual I).

El símbolo de la pascua es el cordero; así lo vimos en el relato del libro del Éxodo en la misa del Jueves Santo. El cordero, con panes ácimos y yerbas amargas, será el plato principal de la primera cena pascual de la historia: “Toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido. La sangre será vuestra señal. Cuando yo vea la sangre pasaré de largo ante vosotros. Este será un día memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor, de generación en generación”. Aquella pascua primera celebraba la liberación de Israel de la amarga esclavitud de Egipto. La pascua conmemoraba el paso del Señor, en la noche, para sacar a su pueblo de Egipto, para liberarlo del poder opresor del Faraón. Con la sangre del cordero sacrificado, los hebreos sellaron las puertas de sus casas y el ángel del Señor pasó de largo, aquella noche en que el Señor “tomó justicia de todos los dioses de Egipto”. Esta es la primera pascua, la fiesta de la gran intervención liberadora de Dios a favor de su pueblo. La pascua es, ante todo, la fiesta de la libertad, y por eso es también la fiesta del nacimiento del pueblo de Dios, porque sin libertad no hay pueblo ni nación. Dios sacó a Israel de la esclavitud para hacer de él su pueblo, para establecer con él una alianza de paz y comunión: “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo”.

Jesús quiso celebrar la pascua de su pueblo antes de padecer la muerte por nuestra liberación: este es el sentido y contenido de la Última Cena, su cena pascual, la cena de despedida. Pero en ella, introdujo un cambio radical, absolutamente inesperado: él mismo ocupó el lugar del cordero de la vieja pascua. Cristo se entregó a los apóstoles en el pan partido y en el cáliz como el Cordero que iba a ser sacrificado por nosotros y por nuestra liberación. En la nueva pascua de los cristianos, Jesús, muerto en la cruz, es el verdadero Cordero, de cuyo sacrificio participamos en el pan y en el cáliz de la Eucaristía. Si la pascua antigua celebraba la liberación de la esclavitud física y política de un pueblo, de Israel, la pascua nueva de Jesucristo celebra la liberación de la esclavitud más profunda, aquella que es fuente y raíz de todas las demás: la esclavitud espiritual, moral, de la conciencia, la esclavitud del pecado que afecta a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares. Por eso en la pascua, la Iglesia confiesa con gozo y agradecimiento que Cristo “es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo”. Así lo presentó el Bautista al comienzo de su misión, cuando al verle pasar dijo a la gente: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”(Jn 1,29). En la primera pascua, la sangre del cordero en las puertas de las casas de los hebreos los libró del paso justiciero del ángel del Señor; en la pascua de los cristianos, Jesucristo mismo, en su cuerpo roto y en su sangre derramada, nos libra del poder del pecado, de la seducción del mal que tanto dolor, esclavitud y muerte produce en la humanidad. Ciertamente, el pecado sigue presente en el mundo, es más, lo invade y penetra casi todo.  Y, sin embargo, Jesucristo “es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo”. Lo quitó, sí, porque lo cargó sobre sus espaldas y lo clavó en la cruz, él, el único Justo, el único Inocente. Desde el Viernes Santo, el pecado, la injusticia, el mal, ya no son un destino irremediable, no tienen la última palabra, porque Cristo con su muerte dio muerte al pecado. Pero el pecado sigue vivo, muy vivo. ¿Fue inútil la muerte de Cristo? ¿Fue una mentira o un espejismo? Cristo dio muerte al pecado, pero no impuso su victoria a nadie contra su voluntad, sino que la ofreció como don y tarea a quien quiera acogerla en la fe y en la libertad. Es gracia grande, pero al mismo tiempo exige de nosotros respuesta, colaboración, compromiso para que no caiga en saco roto (2Cor 6,1). La victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte es lo que celebramos en la pascua, pero de ella sólo participan los que han recorrido su mismo camino. La cuaresma ha sido ese largo camino de purificación de la conciencia, de lucha contra el mal, de liberación del pecado; si hemos recorrido este camino, y lo hemos hecho unidos a Jesús, sostenidos por él, ciertamente para nosotros la pascua es la experiencia de la victoria de Cristo sobre el pecado, una victoria experimentada en nosotros mismos. Para el que no se ha esforzado en seguir a Jesús hasta morir con él, para resucitar con él, este lenguaje resulta incomprensible, no sabe de qué hablamos. Donde no hay experiencia viva de liberación del pecado, o dicho de otro modo, el que no ha experimentado la gracia del perdón, el que no sabe lo que es el gozo de la reconciliación, no puede tener experiencia del misterio de la pascua, que es el misterio de Cristo, “el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo, muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida”.

El pecado y la muerte vencidos por la resurrección y la vida: esta es la fiesta de la Pascua, el día en que actuó el Señor. Que su victoria nos alcance también a nosotros como don y gracia de Cristo resucitado en esta Pascua florida de 2005. Amén, aleluya.

 

-II-

PASCUA DE RESURRECCIÓN

María Magdalena “vio la losa quitada del sepulcro”. Pedro, y antes que él el otro discípulo, “vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte”. De esta manera tan sobria y delicada describe el evangelista Juan la resurrección del Señor. El sepulcro estaba vacío y las telas, es decir, la mortaja que había envuelto el cuerpo del Señor recogida y plegada. Nadie presenció la resurrección del Señor; este acontecimiento absolutamente único y sobrenatural permanece en el misterio de Dios. “¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos”. Pero lo cierto es que “al amanecer, cuando aún estaba oscuro” María Magdalena se encontró con que la piedra del sepulcro había sido quitada, y Pedro y el otro discípulo entraron y vieron el sepulcro vacío.

Hoy, día grande de la resurrección del Señor, celebramos la victoria del Crucificado sobre la muerte; el sepulcro vacío es su señal, en el sudario recogido dejó la firma de su victoria. El sepulcro vacío es el anuncio de la resurrección de Cristo; por él, todos los sepulcros quedarán vacíos. El sepulcro es el símbolo de la muerte que todo lo destruye, por eso cuando la muerte cumple su cometido el sepulcro está cerrado y sellado. Hoy, en este día grande después de la muerte y sepultura del Señor, encontramos el sepulcro abierto y vacío. Esto es tan extraordinario que María Magdalena no acierta a decir otra cosa a Pedro y al otro discípulo que “se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde lo han puesto”. La resurrección es un misterio que nos desborda, pues nuestra razón no es capaz de comprender y explicar cómo una vez muerto alguien pueda volver a la vida, y a una vida definitiva, inmortal. La visión de los huesos secos, la contemplación de las cenizas que salen del crematorio parecen una certificación de la definitiva desaparición de un ser humano: humanamente, según la capacidad de la razón, de aquello es imposible que surja ya la vida. Pero hay todavía algo más difícil: el sepulcro donde enterraron a Jesús está completamente vacío, sin huesos secos ni cenizas, y, sin embargo, al verlo creyeron, “pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos”. Esta es la buena noticia, este es el contenido central del Evangelio.  Porque, como canta la Iglesia en el Pregón pascual, “esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo. ¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados?”

Es una pregunta que nos interpela a todos nosotros en esta mañana de Pascua: esta vida que disfrutamos ¿merecería la pena vivirla sin la esperanza de la vida eterna? Parece que mucha gente se contenta con esta vida y por eso la explotan a fondo, porque dan por descontado que con la muerte todo termina. Pero si todo termina ¿para qué fatigarse tanto en esta vida? ¿para qué luchar con tanto ahínco por tener más, por acaparar cosas y más cosas que aquí quedarán y que otros disfrutarán? Si la muerte acaba con todo, ¿qué más da terminar antes o después, si al fin la vida, aún la más longeva, es sólo un respiro? Es difícil que aquel o aquella que creen, porque esto también es creer, que la muerte es el último capítulo de la vida, y que después viene la nada, es difícil, digo, que puedan disfrutar realmente de esta vida temporal. Si se contempla la vida como un callejón sin salida, ¿cómo se puede estar cómodo y contento en tal callejón? ¿Cómo ser felices caminando hacia la nada, y dar por nada todo el amor, todo el esfuerzo, toda la entrega de que se va haciendo la vida humana? Pero hay otro modo de ver las cosas y mirar la vida, que arranca y se funda en el acontecimiento de la resurrección de Cristo que hoy celebramos.

“Lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto el que es Vida, triunfante se levanta... Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda”. En la tumba vacía no había nada, ni huesos, ni cenizas; el Señor ha resucitado y su cuerpo masacrado ha sido glorificado. El trofeo de la muerte es la corrupción, el cadáver que se deshace; la resurrección significa que este trofeo no es definitivo, que más allá del cuerpo destrozado, el Señor ha vuelto a la vida, a otra forma de vida a la que ya jamás le acechará la muerte, porque es participación en la vida misma de Dios. Él es “primicia de los muertos” que han de resucitar, pues la resurrección es posible, ya que Jesucristo ha resucitado, él, el primero de todos, y la garantía de nuestra propia resurrección, pues por él, en este día, Dios nos ha abierto las puertas de la vida. Este es el mensaje de la Pascua, un mensaje que tenemos que proclamar en alto y dar testimonio de él con coraje y alegría, puesto que son muchos los que se contentan con vivir lo mejor posible y morir para siempre. Por eso, para nosotros y para nuestros seres queridos, y para todos los hombres y mujeres del mundo en esta Pascua de 2005 le pedimos con toda nuestra fe: “Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa. Amén. Aleluya”.