NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA
José María de Miguel González OSST
Celebramos este domingo, 24 de junio, el nacimiento de San Juan Bautista. Este es el único caso, junto con el nacimiento de la Virgen María y, naturalmente, del Señor, que la Iglesia celebra el nacimiento a este mundo de un ser humano. En la conmemoración de los santos, la Iglesia celebra el nacimiento a la vida eterna, es decir, el día de su muerte o tránsito a la presencia de Dios, nunca, excepto en los tres casos citados, el nacimiento a este mundo. ¿Por qué? Pues porque no venimos a este mundo santos, sino marcados por la herencia del pecado original, y por eso necesitamos nacer de nuevo en las aguas del bautismo. Por este sacramento nacemos para Dios, somos adoptados como verdaderos hijos por Dios, somos incorporados al cuerpo de Cristo, hechos miembros suyos, porque somos ungidos con el Espíritu Santo. El camino de la vida cristiana es el desarrollo de este germen de la vida divina que Dios plantó en nosotros el día de nuestro bautismo. Los santos, con la ayuda de la gracia, son los que mejor han hecho florecer este germen que alcanza su plenitud cuando, en la muerte, entregan su alma a Dios. Por eso celebramos la memoria de los santos el día de su muerte, pues es el día de la verdadera vida para ellos, cuando son admitidos a la presencia del Dios vivo para siempre.
Evidentemente, Jesús, que es el Hijo de Dios hecho hombre, vino a este mundo sin ser tocado por el pecado; como dice la Sagrada Escritura, fue enteramente semejante a nosotros menos en el pecado. Por eso la Iglesia celebra solemnemente el día de su nacimiento a este mundo, el 25 de diciembre, porque este nacimiento es la causa del nacimiento de los demás hombres y mujeres para la vida de Dios.
También celebramos el nacimiento de la Virgen María, el 8 de septiembre, porque ella, concebida sin pecado original, por los méritos del Hijo que daría a luz, vino a este mundo enteramente santa, inmaculada, llena de gracia. Que la Virgen María naciera así, perfecta, libre de toda culpa, es obra del amor de Dios que la escogió para Madre de su Hijo, haciendo de ella la morada purísima que había de albergar durante nueve meses al Salvador del mundo.
Hoy celebramos el nacimiento de san Juan Bautista, y eso significa que nació santo. En efecto, según el evangelio de san Lucas, el ángel del Señor le dijo a Zacarías su padre: “Tu mujer, Isabel, te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan. Te llenarás de alegría y muchos se alegrarán de su nacimiento. Pues será grande a los ojos del Señor; se llenará del Espíritu Santo ya en el vientre materno”. ¿En qué momento aconteció esta promesa? El mismo evangelista nos dice que, cuando María visitó a su prima Isabel que esta encinta de seis meses, sucedió algo extraordinario, pues “en cuanto Isabel oyó el saludo de María, el niño que llevaba en su seno, es decir, Juan, empezó a dar saltos en su seno”. El Niño que María llevaba en su seno, o sea, el Hijo de Dios, santificó a Juan en el seno de su madre. ¿Y por qué, o para qué?
Si María fue preservada de toda culpa en atención a Aquel que había de nacer de ella, Juan Bautista fue santificado en el seno de su madre porque había sido escogido para anunciar la venida del Señor, para preparar el camino al Señor, o sea, para anunciar a los hombres la presencia del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, para disponer al pueblo de Israel a recibir al Mesías. El ángel del Señor le dijo a Zacarías que su hijo “convertirá a muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor para convertir los corazones, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto”.
En el prefacio de esta fiesta se nos recuerdan los títulos de gloria de san Juan Bautista:
Él es, ante todo, el precursor del Señor, o sea, el que va delante anunciando su llegada; así lo profetizó su padre Zacarías: “A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos”. Más aún, “él fue escogido entre todos los profetas para mostrar a las gentes el Cordero que quita el pecado del mundo”. De él dijo Jesús que era “el mayor de los nacidos de mujer”. Juan, que preparaba a la gente a recibir al Mesías con el bautismo de penitencia, “bautizó en el Jordán al autor del Bautismo, a Jesús, y el agua viva tiene, desde entonces, el poder de salvación para los hombres”. En el bautismo cristiano se cumple lo que Juan anunció: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no soy digno de desatar la correa de las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo”. Finalmente, el prefacio de esta misa alude al destino martirial del Bautista: por denunciar la inmoralidad de Herodes que convivía con la mujer de su hermano, fue decapitado a instancias de ésta. Y así “dio su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo”, pues todo aquel que muere por la verdad, muere por Cristo que es la Verdad.
En este día de la natividad de san Juan Bautista, nacimiento que preludia ya el del Salvador, pues dentro exactamente de seis meses celebraremos el nacimiento de Cristo, se nos invita a la alegría: “muchos se alegrarán de su nacimiento”, le dijo el ángel a Zacarías. Y recordamos también agradecidos que aquella bella presentación de Jesús como el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, o sea, como Aquel que se entrega a la muerte en sacrificio por nosotros, la Iglesia la repite dos veces en cada misa antes de la Comunión, pues en la Comunión se nos da como alimento Aquel que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación.
San Juan Bautista siempre nos señala a Cristo: “Su fiesta nos recuerda que toda nuestra vida está siempre "en relación con" Cristo y se realiza acogiéndolo a él, Palabra, Luz y Esposo, de quien somos voces, lámparas y amigos (cf. Jn 1, 1. 23; 1, 7-8; 3, 29). "Es preciso que él crezca y que yo disminuya" (Jn 3, 30): estas palabras del Bautista constituyen un programa para todo cristiano” (Benedicto XVI).