Domingo IX (A)

 

FUNDADOS EN LA PALABRA

(Dt 11, 18.26-28; Sal 30; Rom 3,21-25.28; Mt 7,21-27)

 

 José María de Miguel González OSST

 

 

Después de las grandes celebraciones de estos últimos domingos, desde la Ascensión al Corpus, volvemos hoy al tiempo ordinario, a los domingos normales durante el año, y lo hacemos acompañados por la lectura semicontínua del evangelio de san Mateo. Por medio de este evangelio iremos penetrando, domingo tras domingo, en el misterio de la persona del Señor y en el contenido de su mensaje centrado en el anuncio de la venida del reino de Dios. Durante estos domingos se nos exige particularmente prestar atención a la palabra, ya que es el único medio que tenemos para conocer mejor al Señor y su voluntad respecto de nosotros.

 

“Meteos mis palabras en el corazón y en el alma”

Así de contundente suena la recomendación de Dios por boca de Moisés. Domingo tras domingo el Señor nos dirige su palabra, si la escuchamos y ponemos en práctica descenderán sobre nosotros las bendiciones de Dios, es decir, todos sus dones y, entre todos ellos, la certeza de su presencia y cercanía que nos ayuda a sobrellevar las dificultades de la vida. Pero si no escuchamos su palabra y vamos tras otros “dioses” del espectáculo, del deporte o de la política, apartándonos del Dios verdadero, nos encontraremos con la maldición, con multitud de desgracias, porque lejos de Dios sólo existe el mal y el vacío. Pero ¿por qué la palabra de Dios que escuchamos todos los domingos, no nos interpela con frecuencia o nos interpela poco? ¿Por qué no da fruto más abundante, o sea, por qué no transforma nuestra existencia? Porque queda fuera, en el nivel de los sonidos que escuchamos, porque no penetra dentro, y por eso no fecunda el alma. Y sin embargo, es ahí, en el corazón, donde la palabra se convierte  en luz, es fuente de discernimiento y decisión. Por eso Dios nos conmina a acoger sus palabras dentro, en el fondo del alma, a no contentarnos con escucharlas por fuera, que pronto las lleva el viento.

 

“No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”

Frente a una comprensión de la religión como pura palabrería, como una asociación de rezadores, Jesús nos advierte que lo importante no es rezar mucho y no hacer nada, sino rezar y hacer, porque una oración que no lleve a la práctica de la caridad, no puede salvarnos ni es verdadera oración. Lo importante es hacer la voluntad del Padre. ¿Y cómo saber lo que Dios quiere de nosotros?  La voluntad del Padre está contenida y expresada en sus palabras recogidas en la Sagrada Escritura: si las metemos en el corazón, si las meditamos ahí dentro, entonces conoceremos cuál es la voluntad de Dios para cada uno de nosotros. Nadie puede decir que él no conoce la voluntad de Dios, porque ésta resuena domingo tras domingo en la proclamación de la Palabra. El resumen de esta voluntad divina es amarle a él con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo. Por eso la religión que predica Jesús se funda sobre la íntima unión de culto y vida: rezar y hacer. Esta es la roca, el cimiento firme, de todo el edificio cristiano: la verdad del Evangelio se verifica en la práctica. Esta es la roca firme que aguanta todas las dificultades y tentaciones que nos asaltan en el camino de la vida. No podemos perder de vista que el texto evangélico que hemos proclamado hoy es el final del llamado Sermón de la Montaña, en el que Jesús nos ha resumido la ley nueva que él promulgó, como un nuevo Moisés, en el Monte de las Bienaventuranzas. Ciertamente, tenemos que conocer la ley que el Señor nos ha dejado, pero esto no es lo decisivo, lo más importante es practicarla. El que se esfuerza en cumplir la voluntad del Padre recogida en las palabras de Jesús ese resistirá frente a los ataques y las persecuciones.     

 

“Por la fe en Jesucristo viene la justificación de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna”

Somos justificados, hechos justos, esto es, somos salvados por la fe en Jesucristo, porque creemos que Dios nos ha reconciliado consigo por medio del sacrificio de su Hijo. Esta es la fe que nos salva. La eucaristía es el memorial de este sacrificio, por eso es aquí donde la fe en Jesucristo, entregado a la muerte por nuestra salvación, nos alcanza la justificación.  San Pablo pone de relieve la importancia de esta fe, para darnos a entender que no son las buenas obras que nosotros hacemos las que nos salvan, sino sólo la obra grande realizada por Jesucristo en el altar de la cruz. Al insistir en la fe, el Apóstol quiere decirnos que nuestra salvación es puro don y gracia de Dios y como tal tenemos que recibirlo y agradecerlo en la fe. ¡Claro que tenemos que esforzarnos en practicar las buenas obras que el Señor mismo nos ha indicado, pues eso es cumplir la voluntad del Padre! Pero siempre sabiendo que no son nuestras obras las que nos salvan sino la obra redentora de Cristo; nuestras buenas obras son la respuesta agradecida al inmenso don de la salvación que él nos ha alcanzado con su muerte y resurrección.

 

Que esta celebración nos ayude a meter dentro del corazón las palabras de Dios y a recibir el don de la justificación por la fe en la presencia de Cristo que renueva su sacrificio sobre el altar para que podamos participar de él.