HOMILIAS
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José Mª. de Miguel
El
tema del Evangelio del domingo pasado, tercero de cuaresma, giraba en torno al
simbolismo religioso del agua: agua que Cristo pide a la Samaritana, y que él
mismo ofrece los que tienen sed de él: "El que beba del agua que yo le daré,
nunca más tendrá sed... Agua que salta hasta la vida eterna". Jesús nos
promete el agua de la vida, el Espíritu Santo, que brotará de su costado
abierto en la cruz. Pues bien, hoy los textos bíblicos desarrollan otro símbolo
religioso universalmente conocido: la luz. "Yo soy la luz del mundo ",
afirma Jesús antes de dar la vista al ciego de nacimiento. Con el agua del
bautismo recibimos la luz de la fe. Esta luz es Jesucristo que el Padre nos
infunde y comunica por el Espíritu Santo. Vamos, pues, a intentar penetrar un
poco en el contenido de este símbolo de la luz y en su significado para
nosotros. La última frase de Jesús nos puede ayudar a plantear correctamente
nuestra reflexión: "Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los
que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos ".
¿Qué pretende decirnos Jesús con esta paradójica declaración? Algo muy
sencillo: es una invitación a tomar conciencia de nuestro estado de salud
espiritual. En nuestro camino hacia la Pascua, el Señor quiere que volvamos la
mirada a nuestro interior, para que caigamos en la cuenta de nuestra real
situación ante Dios, es decir, para que valoremos el grado de nuestra ceguera
espiritual. A dar este primer paso, imprescindible para alcanzar la curación,
nos invita el evangelio de hoy. ¿Por qué? Pues porque sólo aquel que percibe
su ceguera para las cosas de Dios, sólo aquel que siente la debilidad de su fe,
sólo ese está en condiciones de recibir el regalo de la luz de Cristo y de
escuchar las consoladoras palabras del Señor: "Despierta tú que duermes,
levántate de entre los muertos, y Cristo será tu Luz”.
El que es consciente de su ceguera y quiere ver, ese puede encontrar al Médico
que lo sane. Por eso, lo peor que nos puede pasar es que no nos percatemos de
las tinieblas que envuelven nuestro espíritu, que no nos demos cuenta del
estado en que nos hallamos delante de Dios: que vivamos lejos de él, de
espaldas al evangelio, y no sintamos la menor preocupación. Entonces, seríamos
ciegos sin saberlo, a veces incluso sin que nos pese. Lógicamente esto es lo
peor que puede sucedernos, pues es lo único que impide al Señor curarnos:
" Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis,
vuestro pecado persiste".
En el evangelio de san Juan que hemos
escuchado, aparece claramente reflejada una doble postura, dos actitudes muy
diferentes ante la persona y el mensaje de Jesucristo: la del ciego que es
consciente de su ceguera y se deja curar obedeciendo a Jesús; y la de los
fariseos que aparentemente gozaban de buena vista para las cosas de Dios, pero
en realidad, son ciegos sin remedio. La ceguera espiritual de los que creen que
ven, es sumamente peligrosa: se llama soberbia, obstinación, se llama
indiferencia hacia Jesús y su invitación a convertirnos. Los fariseos ven el
milagro, tienen delante al ciego de nacimiento curado, y no solamente no dan
gloria a Dios, sino que lo cubren de insultos y lo expulsan de la sinagoga.
A la vista de estos dos comportamientos tan opuestos, el del ciego y el de los
fariseos, Jesús nos invita a abrirnos a su gracia, a creer en él, a dejarnos
iluminar por su palabra y a caminar "como hijos de la luz (toda bondad,
justicia y verdad son fruto de la luz) buscando lo que agrada al Señor, sin
tomar parte en las obras estériles de las tinieblas". Esto nos puede traer
a veces molestias y complicaciones: confesar hoy a Cristo públicamente,
confesar que él es 'el único Salvador del mundo", como oíamos clamar el
domingo pasado a los samaritanos; mostrar abiertamente que seguimos su camino
con alegría, no con pesadumbre, todo esto puede ser causa, en algunos
ambientes, de mofa y burla, y hasta puede que nos hagan el vacío. En esas
circunstancias, siempre estará Cristo con nosotros, a nuestro lado: "Oyó
Jesús que habían expulsado al ciego de la sinagoga, fue a su encuentro y le
dijo: '¿Crees tú en el Hijo del Hombre?'. '¿Y quién es, Señor, para que
crea en él? '. 'Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es '.
El ciego recobró la vista porque, movido por el Espíritu, se fió enteramente de Jesús, dio crédito a su palabra y supo dar valientemente la cara por él. Pues esto mismo es lo que nos pide a nosotros hoy el Señor: que nos pongamos en sus manos, para que él, que es la luz del mundo, nos libre de nuestras tinieblas, que son las obras malas, y encienda en nosotros la llama de la fe para obrar y gustar siempre el bien.
El evangelio de este cuarto domingo de cuaresma es un llamamiento a la
coherencia y al coraje. Un día recibimos en el bautismo la luz de Cristo, es
decir, la fe; se nos dio como en germen y semilla para que, con la fuerza del
Espíritu Santo, la hiciéramos crecer y madurar. Por eso, esta luz, la fe, debe
alumbrar nuestra vida hasta sus últimos recovecos, debe orientar nuestra
existencia, nuestro modo de ser y actuar, no sólo en la vida privada y como a
escondidas, sino en toda circunstancia y actividad. No seamos ciegos creyendo
que vemos. "Quedaremos iluminados, dice San Agustín, si tenemos el colirio
de la fe". Y la fe se aviva y enciende con la escucha frecuente y atenta
de la palabra y la participación en la mesa eucarística.