JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
José
María de Miguel
1.
La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, que hoy celebramos, cierra el Año
litúrgico, es decir, el recorrido anual por los misterios de la vida y muerte y
glorificación del Señor. El significado de esta fiesta, en este contexto, es
muy elocuente: quiere recordarnos que Jesucristo es el origen y el destino del
universo, la meta y la recapitulación de todo cuanto existe. En él ha querido
Dios fundar todas las cosas. “El Redentor del hombre, Jesucristo, es el centro
del cosmos y de la historia”. A su luz todo tiene sentido, porque por él
fueron creadas todas las cosas y por su medio, por su muerte y resurrección,
Dios nos reconcilió consigo. Fuera de Cristo, todo se pierde en la oscuridad y
el absurdo, porque fuera de él no hay salvación: Cristo es el único Mediador
entre Dios y los hombres, él es el camino, la verdad y la vida del mundo, él
es el primer resucitado de entre los muertos: ‘Si por un hombre vino la
muerte, por un hombre ha venido la resurrección’.
2. Pues bien, sin olvidar esta idea central, los textos bíblicos que hemos escuchado ponen de relieve en qué consiste el ‘reinado de Cristo’ subrayando dos aspectos aparentemente contrarios: la misericordia y el juicio. En primer lugar, el profeta Ezequiel compara la función del rey con la del buen pastor que se preocupa de sus ovejas, que vela por ellas, las trata con cariño, las cuida y protege de los enemigos. ‘Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas... Yo mismo apacentaré a mis ovejas’, dice el Señor. Cristo es rey no para someternos y tiranizarnos, sino para servirnos, para librarnos ‘el día de los nubarrones y de la oscuridad’. Cristo es rey no para explotarnos y aprovecharse de nosotros, sino para vendar nuestras heridas y curar nuestras enfermedades. Su reinado es para nosotros paz y prosperidad, gracia y vida sin término. Por eso el Salmista canta agradecido: ‘El Señor es mi pastor: nada me falta, en verdes praderas me hace recostar... Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida y habitaré en la casa del Señor por años sin término’.
Pero al final de la lectura del profeta y, sobre todo, en el Evangelio, aparece otra función de Cristo como rey: él es el juez universal de vivos y muertos. El Padre ha puesto en sus manos no sólo la reconciliación y la vida de los hombres, sino también el juicio: ‘porque el Padre no juzga a nadie, sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo..., le ha dado poder para juzgar, porque es el Hijo del hombre’(Jn 5,22.27).
Y
así aparece Cristo en el impresionante cuadro que nos ha pintado san Mateo:
‘Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre y todos los ángeles con él, se
sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las
naciones’. Entonces procederá a separar unos de otros, buenos de malos, en un
juicio inapelable, con una única materia de examen: el amor. “A la tarde te
examinarán en el amor”. Pero no de un amor cualquiera; no nos pedirá cuenta
del amor ‘natural’, del amor que se supone tenemos a los de nuestra carne y
sangre, a los amigos y compañeros de partido o de trabajo. Ese amor lo da el Señor
por descontado y, desde luego, no es una particularidad de sus discípulos:
‘porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No
hacen eso también los publicanos?’(Mt 5,46).
En
la hora del juicio, Cristo nos preguntará cómo hemos amado al pobre, al que
pasa hambre y sed, al emigrante, que todos desprecian y marginan, al preso, al
enfermo que no se puede valer por sí mismo. Y, ciertamente, no nos preguntará
si nos han conmovido las desgracias del prójimo, sino si les hemos prestado
ayuda eficaz, si hemos sido capaces de reconocerle y socorrerle en sus humildes
hermanos. ¡Quién nos iba a decir que el Rey del Universo se mostraría
identificado no con los poderosos y ricos de este mundo, sino con los pobres y
desvalidos, no con los personajes influyentes, sino con los que nada cuentan! ¡Quién
nos iba a decir que el Rey del Universo necesitaría de nuestra ayuda para
levantar del suelo a los caídos bajo el yugo de la injusticia y la explotación,
y que de esa ayuda va a depender nuestra salvación! Pues los que no le
reconocieron en los pobres ‘irán al castigo eterno’, y los justos, los que
le sirvieron y acogieron en los necesitados, irán ‘a la vida eterna’. Estos
son los benditos de su Padre, y aquellos los malditos para siempre.
3. En este día solemne de Jesucristo Rey del Universo, las lecturas bíblicas nos muestran las dos facetas del Señor: su infinita misericordia para los que han obrado el bien, para los que le han amado en los pobres, y su –igualmente- infinita justicia para los que desprecian, humillan y oprimen a los más débiles y necesitados. Cristo espera de nosotros que colaboremos en la construcción de su Reino mediante el ejercicio de la caridad fraterna, mediante un compromiso más firme por la justicia y la paz. El reino de Cristo no será una realidad entre nosotros mientras los pobres estén fuera de nuestras preocupaciones, mientras haya hermanos que pasan hambre y nosotros no seamos solidarios. El Señor es buen Pastor con todos y Juez misericordioso con los que le han reconocido y amado en sus humildes hermanos, pues lo que a ellos hicisteis, ‘a mí me lo hicisteis’. Este es Jesucristo, Rey del Universo, su única ‘política’ es el servicio y el amor a los pobres. Por eso, éste será el único asunto por el que se nos preguntará el día del juicio. Para que podamos responder y aprobar el examen, el Señor nos invita cada domingo a su mesa: aquí, al contemplar el amor de Dios por nosotros, se enciende nuestro amor a él y al prójimo.
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- II -
Celebramos
hoy a Jesucristo, Rey del Universo, y lo celebramos como conclusión del Año
Litúrgico, para significar que en él, en Jesucristo, todo tiene su origen y su
consumación. El es el resumen y la recapitulación de todo lo que celebramos
durante el año; él es la realización de todas nuestras esperanzas. Jesucristo
es la meta hacia la que nos dirigimos: él será nuestra gloria y nuestro
premio.
Celebramos
a Jesucristo, Rey del Universo; su reinado afecta, pues, a todas las dimensiones
de la vida, a toda la creación. Porque
el Reino de Cristo, aunque no es de este mundo, es, sin embargo, la luz que
ilumina este mundo; porque el
Evangelio no es una palabra muerta, sino la vida de los hombres; porque la fe cristiana no es un puro asunto privado que afectaría sólo
a las conciencias de los creyentes sin que tuviera ninguna incidencia social. El
Reino de Cristo es ofrecido como don y como gracia a los hombres, pero no para
que lo guardemos con siete cerrojos en la intimidad de la conciencia, como aquel
que enterró bajo tierra el talento que le había prestado el Señor y fue
arrojado fuera a las tinieblas exteriores. El creyente es aquel que acoge el
Reino de Cristo y entra a formar parte de él con todo su ser, con su vida
familiar y social. La fe lo abarca todo y lo penetra todo. No somos cristianos
en unas zonas de nuestra vida y en otras no; no somos creyentes en unos momentos
de la vida y en otros no. Del Reino de Cristo no se puede ser ciudadanos a ratos
ni compartir a medias el Evangelio. Jesucristo nos exige decisión y
coherencia; no nos impone nada, pero una vez que acogemos su Reino en gozosa
libertad, nos exige un compromiso efectivo con lo que hemos elegido. No podemos
pretender pertenecer al Reino de Cristo y a la vez seguir y compartir las
actitudes y comportamientos que atacan frontalmente los valores evangélicos.
Estos valores no pueden acomodarse al gusto de los grupos de presión y de
poder, que no cesan de descalificarlos como "anacrónicos", que
dicen de ellos que están fuera de moda, que no se llevan ya. Y tienen razón:
gracias a Dios, el Evangelio no es una moda que hoy sirve y mañana se tira.
Jesucristo
es Rey desde la Cruz; su reinado no se basa en el poder sino en la entrega de su
vida por nosotros; Jesucristo es Rey desde el servicio a los pobres y desheredados
de este mundo; Jesucristo reina identificándose con los que pasan hambre y sed,
con los emigrantes que nadie acoge, con los que carecen de casa y vestido, con
los enfermos y encarcelados. Es evidente que esta forma de ser Rey poco o nada
tiene que ver con los principios que rigen las relaciones de poder de este
mundo; por eso, el Reino de Cristo siempre resultará extraño, siempre será un
punto de referencia crítico para los poderes de este mundo. Siempre lo ha sido,
lo es y lo será; por eso no hay que maravillarse que surjan conflictos: la luz
del evangelio pone en evidencia las zonas oscuras de una sociedad que va
arrinconando cada vez más los valores éticos y religiosos, con la perniciosa
consecuencia de hacerse de día en día más insolidaria, más egoísta, más
insensible al bien y a la verdad. No hemos de maravillarnos, pues, de que los
que promocionan una sociedad así, se levanten airados contra la denuncia que
brota del Evangelio, porque quisieran un libro de los Evangelios cerrado, un
Evangelio para la vida celestial que no moleste ni se meta en los asuntos que
ellos desearían manejar a su antojo. Pero eso es imposible, porque Jesucristo,
el Hijo de Dios, se ha hecho hombre, ha tomado nuestra carne y sangre, se ha
metido en nuestra historia; por eso la fe cristiana, el Reino de Cristo, aunque
no es de este mundo, no puede desentenderse de este mundo, no puede pasar por
alto los atropellos de los valores morales que son los que protegen al hombre de
su propia autodestrucción. El Evangelio es la palabra eterna que Cristo nos dejó
a los hombres, es para esta vida, no para los ángeles, es para iluminar nuestro
camino por el mundo mientras nos dirigimos a la meta final, que es Jesucristo,
Rey del Universo.
Hoy
celebramos los valores del Reino de Cristo: Reino de la verdad y la vida, donde no tiene cabida la mentira, la
manipulación, la censura del bien y la bondad; donde la vida es defendida y
protegida como el don más grande del amor de Dios;