Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (A)

La fiesta del Pan

 José Mª. de Miguel

Celebramos hoy la fiesta del Corpus, o del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Una fiesta que desde su institución en el siglo XIII no ha dejado de conmover a los creyentes de todas las generaciones, que se han esforzado en celebrarla con solemnidad y alegría, poniendo especial énfasis en la procesión con el Santísimo Sacramento por las calles de los pueblos y ciudades, como expresión pública de la fe eucarística. Pero el contenido central de esta fiesta es lo que celebramos todos los domingos, y todos los días, en cada Eucaristía. ¿Qué es la Eucaristía sino el sacramento admirable en el que el Señor nos dejó el memorial de su pasión? ¿Y qué es la fiesta del Corpus sino la celebración gozosa y agradecida de este santísimo sacramento en el que Cristo se hace realmente presente para actualizar aquí y ahora su sacrificio redentor y hacernos partícipes de él comulgando de su Cuerpo y de su Sangre?

1.     “Te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres”.

La Eucaristía es un banquete, un sagrado banquete, en cuyo centro están el pan y el vino que son los signos de la presencia real de Cristo, de su Cuerpo y de su Sangre, es decir, de él mismo, de todo su ser, de toda su persona entregada a la muerte por nuestra salvación. En la Eucaristía Cristo se nos da como alimento, por la comunión participamos de la vida misma de Cristo ofrecida en sacrificio por nosotros. La Eucaristía es el alimento de Cristo, el que Él nos da para poder vivir su propia vida: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre”. Pero este Pan de la vida, que es Cristo mismo, ya fue anunciado y prefigurado en un alimento singular. El Pan de la Eucaristía tuvo su anuncio y anticipo en el maná, aquel pan con que Dios alimentó a su pueblo durante la travesía por el desierto. Con el rocío enviaba Dios aquel alimento que a todos saciaba y nunca faltaba. Un trigo celeste, un pan de ángeles, como dice la Escritura, con el que Dios no sólo alimentó al pueblo hambriento por “aquel desierto inmenso y terrible”, sino que también y sobre todo aquel pan, el maná, era un sacramento, un signo de algo mayor: “para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios”. Con el pan para el cuerpo, el Señor quería suscitar el hambre de Él mismo. Por eso, el maná era como el sacramento de la presencia de Dios en medio del pueblo, el memorial de su acción liberadora: “No sea que te olvides del Señor tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud”. Lo que fue el maná para el pueblo de Israel en el desierto, se cumple plenamente y de la manera más insospechada en la Eucaristía, porque, como dice Jesús, “el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

2.     “Formamos un solo cuerpo, porque comemos del mismo pan”.

La Eucaristía no es sólo el alimento de cada uno de los miembros del cuerpo de Cristo, aisladamente considerados. Una comunión así entendida, una comunión individualista, no tiene sentido. ¿Por qué? Porque el Pan es uno, Cristo, y, por tanto, todos los que comulgan de ese único Pan están llamados a formar un solo cuerpo, el único cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. La Eucaristía, el único Pan del que se alimentan los cristianos, es el fundamento de la unidad de la Iglesia: somos muchos miembros, de diferentes razas y culturas, los que formamos el cuerpo de Cristo, pero como sólo hay un Pan de vida, un único alimento de salvación, todos estamos unidos en Él y por Él, porque la única vida de Cristo, presente en el Pan de la Eucaristía, es la vida de todos los que nos alimentamos de Él. ¿Qué diremos entonces de los que comulgan del único Pan de Cristo y sin embargo, están enfrentados entre sí, o no se pueden ver, o se odian? Pues que los que así se acercan a comulgar, sin reconciliarse primero con su hermano, están negando el significado profundo de este admirable sacramento que es crear la unidad de todos los que de él participan. Por eso, en la Plegaria Eucarística pide la Iglesia que “el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo”(PE II). El verdadero fruto de la comunión es llegar a formar “en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu”(PE III).

3.     “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”.

La fiesta del Corpus es la fiesta del Cuerpo y de la Sangre del Señor presentes en la Eucaristía, una presencia que reviste la forma de un alimento, comida y bebida. El Señor insiste en esta identificación: Él, toda su persona, se da en el pan y en el vino consagrados. Y este ‘darse’ expresa su muerte, su sacrificio, y nosotros por la comunión participamos de este don suyo. El modo más importante de participar del sacrificio redentor de Cristo, y por tanto, de la salvación que Él nos alcanzó con su muerte y resurrección, es comulgando: “Porque si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Y al contrario: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. Por la comida material se sostiene la vida del cuerpo; por la comida del Pan eucarístico Cristo nos da la vida divina, nos da su vida, y de tal modo que “el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. Más aún, en último término es la vida del Padre, la que Cristo nos comunica, pues Él vive por el Padre y el Padre está en Él, de modo que al comulgar a Cristo, con Él nos llega la vida del Padre.

Este es el misterio de la Eucaristía que hoy celebramos de una manera particular, porque queremos poner de relieve lo que este misterio significa para nosotros y para la Iglesia: en la Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, Cristo mismo, Pan vivo y vivificante por el Espíritu Santo. Por eso, la Eucaristía es el centro de la vida del cristiano, de las comunidades cristianas y de toda la Iglesia. Sin la Eucaristía no tenemos a Cristo, y sin Cristo no hay Iglesia ni salvación. “Oh Sagrado Banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura”(ant. Magnificat II Vísperas).