ASCENSION DEL SEÑOR
José
María de Miguel
Uno
de los más grandes poetas de la lengua castellana, Fray
Luis de León, comienza así su oda a la Ascensión:
"¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo,
oscuro,
en soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire,
te vas al inmortal seguro?"
El Señor asciende entre aclamaciones,
canta el salmista, y el poeta lamenta la partida, porque
"Los
antes bienhadados
y
los ahora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dónde volverán ya sus
sentidos?
¿Qué mirarán los ojos
que
vieron de tu rostro la hermosura
que
no les sea enojos?
Quien
gustó tu dulzura
¿qué
no tendrá por llanto y amargura?".
No cabe duda que la partida del Señor el día de la ascensión tuvo que afectar
a los apóstoles en lo más hondo del alma; al ver alejarse al Señor y entrar
en la nube, símbolo de la gloria de Dios, se sentirían huérfanos, casi
desamparados, incapaces de reaccionar. Por eso nos dice el libro de los Hechos
de los Apóstoles que, "mientras
miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos
de blanco, que les dijeron: Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al
cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le
habéis visto marcharse".
Al tiempo que el Señor se va se nos anuncia su segunda venida, para indicarnos
que no se marcha para desentenderse de nosotros, que no se va al 'inmortal seguro' abandonándonos a nosotros a nuestra suerte, a
nuestra mala suerte, que él desde la gloria del Padre vela por nosotros, está
con nosotros, intercede por nosotros: “Sabed
que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Lo que
esto significa nos lo recordará luego bellamente el prefacio de esta misa de la
ascensión: "No se ha ido para
desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra
para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de
seguirlo en su reino".
Esta es la esperanza que nos hace superar la tristeza por la partida del Señor
y nos impulsa a llevar adelante su obra. Por eso, aquellos hombres vestidos de
blanco nos invitan también hoy a nosotros a no quedarnos plantados mirando al
cielo, sino a cumplir su encargo de "de
hacer discípulos de todos los pueblos, bautizándolos y enseñándoles a
guardar todo lo que él nos ha mandado”.
En el día de la Ascensión, Dios Padre desplegó en Cristo su fuerza poderosa
"resucitándolo de entre los muertos
y sentándolo a su derecha en el cielo". El Catecismo de la Iglesia Católica
se nos enseña que "por derecha del
Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad", aquel mismo
honor y gloria que el Hijo tenía desde toda la eternidad junto con el Padre y
el Espíritu Santo, aquel honor que ahora recibe en su humanidad glorificada,
en una carne como la nuestra.
En el día de la ascensión ha sido glorificada nuestra propia condición
humana, que el Hijo de Dios hizo suya con la encarnación. En el día de hoy el
Señor nos ha abierto el camino a la gloria, pues él "fue
elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad".
Algo tan grande y tan por encima de nuestras posibilidades que el Apóstol
pide a Dios que "ilumine los ojos de
nuestro corazón para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama,
cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos".
La fiesta de la ascensión es como la culminación de la resurrección; el Señor
Jesús, después de su resucitar de entre los muertos, se quedó con sus discípulos,
"dándoles numerosas pruebas de que
estaba vivo y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de
Dios". Se quedó para confirmarles en la fe de su resurrección, en la
verdad del Evangelio del reino que había recibido de sus labios y para
prepararles a la venida del Espíritu Santo que habría de cambiar los corazones
de los discípulos; por eso, nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles
que "una vez que comían juntos les
recomendó: No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de
mi Padre, de la que yo os he hablado, Juan bautizó con agua, dentro de pocos días
vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo". Este es el misterio
que celebraremos el próximo domingo de Pentecostés, pero ya desde ahora se nos
invita a prepararnos lo mejor que podamos para recibir el don de Dios, el Espíritu
Santo, que el Padre nos enviará por medio de su Hijo, ascendido hoy a lo más
alto del cielo "como mediador entre
Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos". Demos, pues, gracias
a Dios en este día, porque la ascensión del Señor al cielo abre el camino
del Espíritu Santo hacia nosotros.
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José María de Miguel
“La ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria, porque él, que es la
cabeza de la Iglesia, nos ha precedido en la gloria a la que somos llamados como
miembros de su cuerpo”. Así resume la liturgia, en la oración que hemos
rezado al comienzo de la misa, el sentido de la fiesta de la ascensión.
Celebramos con gozo la ascensión de Jesucristo, ante todo por lo que a Él se
refiere y por lo que a Él le afecta, pero en ella, en esta fiesta, estamos
implicados todos, es algo que nos afecta muy de lleno y muy íntimamente también
a nosotros.
En la fiesta de la ascensión celebramos la plenitud de la victoria de
Jesucristo sobre la muerte, es la culminación de la resurrección. Con la
ascensión, se nos quiere decir que Cristo, resucitado de entre los muertos, ha
entrado definitivamente en el misterio de Dios de donde procedía: “salí del
Padre y vuelvo al Padre”. A esto mismo nos referimos cuando confesamos en el
Credo que Cristo está sentado a la derecha del Padre. Aquél que había nacido
en la marginación y pobreza de Belén, aquél que pasó como uno de tantos
entre los hombres, sin llamar para nada la atención, aquél que predicó la
buena noticia del Reino de Dios, y se acercó a los pobres, enfermos y pecadores
para darles vida y salvación, aquél que fue rechazado y muerto en la cruz,
hoy, en el misterio de la ascensión, sube al Padre con su cuerpo glorificado,
el mismo cuerpo que nació de la Virgen María. La victoria de la resurrección
se consuma, se visibiliza en la mañana de la ascensión: el que había muerto
como un criminal, hoy “asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de
trompetas”.
Entre la mañana de
pascua y esta de la ascensión han pasado cuarenta días. Fueron días intensos
de presencia y enseñanza del Resucitado a sus discípulos: “Se les presentó
después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y,
apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios”. En el
relato evangélico el mismo Señor recuerda el sentido de su manifestación a
los apóstoles después de la resurrección: les explicó que su muerte no fue
inútil, que entraba en los planes de Dios, pues la victoria del amor sobre el
egoísmo, la victoria de la vida sobre la muerte, el triunfo de la verdad sobre
la mentira lleva consigo afrontar la muerte en la confianza de la intervención
victoriosa de Dios. Durante aquellos cuarenta días, el Señor les habló sobre
el sentido de su muerte: la cruz no fue un fracaso, fue causa de salvación para
todos, y por eso les manda que “en
su nombre se predique la conversión y el perdón de los pecados a todos los
pueblos, comenzando por Jerusalén”.
Con la ascensión se cierra aquella aventura de Dios, del Hijo de Dios, que empezó en la encarnación, aquel tiempo único en que los hombres pudieron contemplar a Dios en la persona de Jesús, el Verbo de Dios hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación. Ahora vuelve al Padre de donde salió para cumplir la obra de nuestra redención. Pero vuelve con lo que tomó de nosotros, con su naturaleza humana, con su cuerpo glorificado.
Por eso he dicho al principio que este misterio de la ascensión que hoy celebramos nos afecta a nosotros, pues el que penetra en el mismo misterio de Dios lleva consigo algo nuestro, nuestra condición humana salvada y glorificada. La resurrección y ascensión de Cristo nos implican a nosotros, son prueba y garantía de nuestro propio destino: si morimos con Cristo resucitaremos con él, y con él ascenderemos hasta el misterio del Dios vivo. Como esto es algo que nos desborda y supera completamente, el Apóstol nos desea que Dios, el Padre de la gloria, “ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos”. La fiesta de la ascensión es una llamada a la esperanza, a contemplar la meta que nos aguarda, que es Dios mismo, como Padre, Hijo y Espíritu Santo, y por eso el final de la vida del hombre sobre la tierra será, como en Cristo, el sepulcro vacío, o sea, “la resurrección de la carne y la vida del mundo futuro”.
Pero para ser testigos de esta esperanza en un mundo incrédulo y materialista, para anunciar a todos la buena noticia de la salvación y del perdón de los pecados, Jesús nos promete el Espíritu Santo. No se va y nos deja solos, no asciende al cielo y se olvida de nosotros: “dentro de pocos días seréis bautizados con Espíritu Santo... Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos hasta los confines del mundo... Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido para que os revistáis de la fuerza de lo alto”. El encargo que Jesús nos dejó en su ascensión sólo lo podemos llevar a cabo con la fuerza del Espíritu, el mismo Espíritu que lo sostuvo a él en la realización de la obra de la redención, actúa ahora en la Iglesia y en cada uno de nosotros para que seamos testigos del amor de Dios manifestado en Cristo.
Como hicieron los apóstoles, reunidos con María, la Madre del Señor, oremos durante esta semana para que la venida del Espíritu en Pentecostés nos transforme en verdaderos testigos de la esperanza que Cristo nos abrió con su resurrección y que hoy ha culminado en su ascensión a los cielos.