III DOMINGO DE CUARESMA (A)

 

Ex 17,3-7; Sal 94; Rom 5,1-2.5-8; Jn 4,5-42

 

El AGUA VIVA

 

José María de Miguel González OSST

 

Los textos bíblicos que leemos durante el tiempo de cuaresma, tienen por lo menos una doble finalidad: por un lado, preparar nuestro espíritu a la celebración de la gran fiesta de la Pascua, y, por otro, desvelarnos progresivamente el misterio de Cristo en toda su hondura y verdad.

 

¿De qué manera está presente el primer aspecto, es decir, cómo suscita y evoca en nosotros la liturgia de este tercer domingo de cuaresma, la necesidad de prepararnos a celebrar dignamente los misterios de nuestra redención? Lo podemos averiguar fácilmente con sólo abrir los oídos a estas palabras de san Pablo, en las cuales destacan dos puntos fundamentales. En primer lugar, el Apóstol nos pone delante lo que Dios ha hecho por nosotros: “Estamos en paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido el acceso a esta gracia en que estamos. En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, Cristo murió por los impíos. La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”. Esta es la parte que a Dios toca, lo que él ha querido hacer por nosotros: es la obra que él realizó por medio de Jesucristo para nuestra salvación. Obra completamente gratuita: “por pura gracia estáis salvados”. Obra del amor de Dios, que pasa por encima de nuestras negaciones, que cierra los ojos a nuestros pecados, que olvida nuestras traiciones.

 

Ahora bien, por mucho que Dios se haya desvivido por nosotros hasta el punto de entregarnos a su propio Hijo, no es suficiente para salvarnos. Dios no quiere salvarnos a la fuerza o contra nuestra voluntad o a pesar de nuestra indiferencia. La salvación es siempre algo personal, es ofrecida a la libertad de la persona y la alcanzan sólo aquellos que viven de cara a Dios, abiertos a su gracia. Esta es la parte que nos toca a cada uno de nosotros; esta parte, que nos corresponde desarrollar a nosotros, tiene un hombre: la fe. San Pablo no se cansa de repetirlo: por la fe hemos recibido la justificación, es decir, por la fe hemos entrado en el mundo de la gracia, de la reconciliación y de la amistad con Dios. De modo que el acceso a los bienes de la redención, que vamos a celebrar próximamente, pasa por la revitalización de la fe. Y en este punto nadie nos puede sustituir ni reemplazar. En la medida en que nuestra fe sea viva, operante y consciente, en esa misma media recibiremos los dones de la salvación. Pero si nuestra actitud es incrédula o vacilante, si como los israelitas en el desierto, dudamos de la presencia de Dios en la historia y en nuestra vida, diciendo: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?”, entonces no recibiremos los frutos de la redención, no lograremos alcanzar la tierra prometida.

 

Por lo que se refiere al segundo aspecto o finalidad de la liturgia cuaresmal, la penetración en el misterio de Cristo, en su conocimiento, el Evangelio de san Juan, en el episodio de la Samaritana, nos da las siguientes indicaciones, destacando con fuerza la doble dimensión constitutiva de Jesús, su carácter divino y humano. Nos presenta al Señor, para empezar, sentado en el brocal del pozo de Jacob, descansando un momento de la larga caminata. Jesús aparece pidiendo de beber a una desconocida: es el retrato del Señor hambriento y sediento como cualquier hombre, compartiendo hasta el fondo nuestras mismas necesidades humanas elementales. Pero al mismo tiempo, el evangelista Juan nos conduce más allá, descorre ante nosotros lentamente el velo que oculta el misterio íntimo de Jesús: “Si conocieres el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. ¡Si nosotros conociéramos el don de Dios que es el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones, el que nos hace hijos de Dios, el que nos devuelve la amistad divina, cómo cambiarían las cosas, de qué diferente manera pensaríamos y actuaríamos! A nosotros que bebemos con frecuencia aguas contaminadas por la propaganda anticristiana, aguas que no nos quitan la sed, al contrario, nos resecan interiormente; a nosotros nos dice Jesús: “El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.


El mismo que está cansado del camino, el mismo que nos pide un vaso de agua, es el único que posee la virtud de apagar definitivamente nuestra sed, la sed de vida sin fin, la sed de felicidad sin acabamiento, la sed de perfección y de plenitud en el amor. Jesús mismo es la fuente clara, el manantial cristalino, el agua viva. Jesús es también el puente, el Pontífice, que nos conduce hasta el Padre, el que hace que el culto que tributamos a Dios, sea auténtico, sea agradable en su presencia: porque sólo él es el santuario de Dios, sólo él el altar, sólo él la víctima eterna que nos reconcilia perfectamente con el Padre. Él es, en una palabra, el Cristo, el Mesías: “Soy yo: el que habla contigo”.

 

Así se nos descubre Jesús en el misterio de su persona divina. Pues bien, ante esta revelación de sus dones y de su identidad personal, no cabe otra actitud ni otra petición que la de la mujer samaritana: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed”. El agua que pedimos es el don de la fe. Un día, en las aguas del bautismo, Dios derramó en nosotros el don del Espíritu Santo, que es el principio de la fe. Ahora, lo que falta es la respuesta personal, que sólo puede venir por el encuentro con Cristo: “Ya no creemos por lo que tú dices –respondieron los samaritanos a la mujer-, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”.

 

Que el Señor nos conceda en esta cuaresma la gracia de encontrarnos con él: él viene siempre a nuestro encuentro, lo que nos hace falta es no desviarnos del camino por donde él viene, y éste es principalmente la Eucaristía: aquí le encontramos en su palabra y en su cuerpo entregado por nuestra salvación.