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EL HERMANO JUAN, FUNDADOR Y REDENTOR |
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Germán Llona, O.SS.T. - I - 1. PROVENZA En el siglo XIII, le llaman a nuestro protagonista “Juan de Provenza”. Y Provenza, ¿qué es?. Al sur de Francia, una franja costera que se extiende desde el río Ródano hasta los Alpes, por el este; y circunscrito al norte por el curso del Río Durance, y bañado al sur por el mar Mediterráneo; recibe el nombre de “Condado de Provenza”; territorio independiente. En aquel entonces, mediados del siglo XII, era gobernado por Ramón Berenguer II de Provenza. Su capital es Aix. En esta época, Provenza goza de una situación próspera, “rica en población, letras y armas”. Sus navíos se deslizan por el Mediterráneo, llevando sus mercancías a los distintos puertos del Oriente y del Norte de Africa. Sus ciudades Marsella, Beaucaire, Arlés, Aix, entre otras, alcanzan un desarrollo social y económico notables. Las barreras sociales se hacen menos perceptibles. Los trovadores hacen florecer la primera lírica europea, en la lengua de Oc, que se escucha con admiración en plazas y castillos. En este marco geográfico, nació y vivió, a mediados del siglo XII, Juan, en una familia acomodada, pues tuvo acceso a la educación, cuando solo un diez por ciento de la población lo lograba. Frecuentó la escuela, y aprendió las primeras letras, hojeando, como era costumbre, el salterio, único libro escolar, iniciándose en la recitación y canto de los salmos. En esta tierna edad, en que los niños suelen hacer más o menos lo mismo, se despertó en su corazón el gusto por las cosas de Dios, y nació el deseo de ingresar en alguna orden para entregarse más al servicio de Dios.
2. INFLUENCIAS PROVENZALES Como las raíces del árbol se hincan en la tierra para alimentarse, así el alma de Juan de Provenza extrajo de su tierra los primeros nutrimentos de su vida. El Mediterráneo, y en especial las costas de su condado, en el siglo XII, “época dorada de la piratería”, eran objeto, cada año, de las razzias o expediciones rápidas y sorpresivas de los temidos sarracenos, con el único objeto de apresar personas, bienes y animales. Parte de su costa se llamó “Cordillera de los Moros”. En su hogar, el niño Juan, al calor del fogón, escuchó de la boca de sus padres, el relato de estos hechos, o en la plaza del pueblo, la historia épica de los trovadores, cantando el asalto a algún castillo. Incluso vio con sus propios ojos, en Marsella, cautivos bien encadenados que habían sido apresados en alta mar. Aunado a lo anterior, creció en un marco religioso, donde el misterio de la Santa Trinidad recibía el culto popular y litúrgico. Eran frecuentes en su honor los gozos, trisagios y fiestas. Este condado vivió un florecimiento trinitario equiparable a los primeros siglos del cristianismo cuando los Santos Padres defendieron, formularon y celebraron este misterio. Así al rígido monoteísmo profesado por el Islam, proclamó la fe trinitaria.
3. EN LAS ESCUELAS GENERALES DE PARIS Cumplía Juan de Provenza los catorce años. Y llegó la hora de la decisión. El hijo mayor tenía despejado su futuro. Seguía las huellas de su padre y más tarde le heredaba. En cambio los demás hijos debían buscar otras oportunidades. Acudir quizá a la corte de algún noble, ingresar a la vida clerical, o matricularse en alguna escuela general para prepararse en diversos oficios. Juan de Mata eligió esta última opción. Un día preparó su viaje, se despidió de sus padres y tomó el camino del Norte, hacia París, atraído por las renombradas escuelas de la Ciudad Luz. El cambio le resultó duro. Al condado, familiar, abierto y próspero; a un mar luminoso, lleno de naves; a trovadores festivos que con sus instrumentos musicales animaban las fiestas y ciudades, sucede una ciudad grande, regia y capital del reino de Francia, París, con frío y bruma, poblada de nobles, clérigos y numerosos estudiantes, que hablaban una lengua extraña. Allí se radicó Juan por largos años.
4. LOS ESTUDIOS De acuerdo a los tratadistas del siglo XII, los estudiantes debían recorrer un largo camino para alcanzar la cima del saber y coronarse de Doctores. Comenzó Juan de Mata por la filosofía. Los estudiantes muy de mañana, envueltos en sus capas, acudían a sus clases, que se impartían en los claustros de la naciente e imponente Catedral de Notre-Dame. Corno está prescrito por los cánones de los concilios, las diócesis debían impartir la enseñanza a los jóvenes. Una variopinta juventud, venida de los cuatro vientos, se concentraba en la ciudad de París. Unos con el deseo sincero de alcanzar un saber; otros con un fin aventurero algunos por gozar de las libertades propias de la vida estudiantil. París se estremecía con el bullicio de los jóvenes que con frecuencia degeneraba en desmanes y excesos contra los cuales tronaba el profesor y canciller Prevostino desde el púlpito: “¿qué diré de aquellos escolares que irrumpen en las casas de mujercillas. infringiéndoles toda clase de vejámenes. de las que todos los días tenemos quejas, o son maltratadas u objeto de otras ofensas que nos causa vergüenza decirlas?
5. “MAESTRO TEÓLOGO” Juan de Mata se entregó con dedicación y perseverancia al estudio. Fue quemando las distintas etapas hasta coronar la cima más alta: “Maestro Teólogo”. Después de graduarse de doctor, se desempeñó en los mismos claustros de Notre-Dame, como “maestro”, impartiendo la enseñanza de la teología. Sentado frente al pupitre, y acomodados los alumnos en el piso, cubierto de paja. va comentando el “Libro de las Sentencias” de Pedro Lombardo que sirvió de texto obligado en estos años. Al terminar la exposición resume en breves frases, la enseñanza extraída del libro. Lo hizo con general aprobación, pues los cronistas del siglo XIII unánimemente le reconocen a Juan como “el Maestro Teólogo”. A pesar del ambiente relajado, supo mantenerse digno, por lo cual sufrió algunos contratiempos de sus colegas.
6. SACERDOTE Rondaba Juan de Mata los cuarenta años. El título y ejercicio de “Maestro Teólogo” exigía haber cumplido los treinta y cinco. En su interior, abrigaba de tiempo atrás, una inquietud que cada día le urgía. “Ordenarse de sacerdote”, para entregarse más al servicio de Dios y a la alabanza divina. Un día, visitó a su obispo Mauricio de Sully ‘ le comunicó su propósito. El prelado no se sorprende, conocía su vida morigerada. Reunía las cualidades exigidas por el derecho canónico: edad, seriedad de costumbres y preparación teológica.
7. PRIMERA MISA Y REVELAClON La fecha de la primera misa quedó fijada para el mes de enero del año 1193, fiesta de Santa Inés Segunda, día 28. El obispo Mauricio de SulIy, el Abad de San Víctor, Guérin y su profesor y Canciller Prevostino fueron invitados entre otros. En la secreta de la misa u oración sobre las ofrendas, levantó los ojos e imploró al Señor que le revelase “lo que era mejor para su salvación” Entonces “vio a Cristo Pantocrator o Todopoderoso que asía de sus manos a dos cautivos, con cadenas en los tobillos. El de la izquierda era negro y deforme y el de la derecha pálido y macilento. Este era cristiano y el otro sarraceno”. La visión quedó grabada en su mente. ¿Qué le indicaba el Señor? ¿A qué le llamaba? ¿Cuál era el sentido de esa revelación? ¿Cuál era su destino en adelante? ¿Qué debía hacer? ¿Sería que el Señor le llamaba a la redención de cautivos? A su memoria afloraron las escenas vividas en su tierra natal, Provenza. Recordaba a los cautivos apresados y encadenados. Vendidos en pública almoneda. Sabía que algunos apostaban de su fe cristiana por lograr la libertad, o por librarse de un trato bárbaro e insoportable.
- II -
8. FUNDADOR
Comenzó Juan a preguntarse, cómo realizar su vocación. Ante él se abrían dos
disyuntivas:
9. INICIA LA INSTITUCION La ciudad de París, donde había estudiado y enseñado por tantos años Juan de Mata, vibraba ante el reto de las cruzadas. En esos mismos años: 1190 - 1193 allí habían convocado un concilio para promover la Tercera Cruzada. Habían impuesto el diezmo de Saladino para costear la expedición, y escuchado atentamente la exposición dramática del patriarca de Jerusalén: “El Islam mata y extermina a los cristianos de Tierra Santa”. Muchos se habían cosido cruces sobre sus capas. Otros, se tatuaron a fuego en el pecho o en la frente para marchar a Tierra Santa. Ahora, allí mismo, en la Ciudad Luz, invitó Juan de Provenza a “varones letrados de las escuelas generales que se le unan. Acudieron de pronto a las órdenes desconocidas”, para enrolarse en sus propósitos redentores. Algunos nobles como la Condesa Margarita de Borgoña y Rogerio, el militar antes cautivo en Alepo, le ofrecieron sus bienes.
Cerca de París, en un lugar llamado Ciervo Frío, se retiró Juan de Mata con sus primeros compañeros para iniciar la vida religiosa. Religioso es “el que viste un hábito determinado, lleva una vida más austera y santa que los demás y profesa una regla concreta”. Rezan las horas canónicas, celebran la Eucaristía y se ejercitan en otras prácticas espirituales. Bajo la dirección de Juan introducen otros elementos propios y peculiares. La espiritualidad centrada en el amor y culto a la Santa Trinidad, la redención de cautivos, como obra específica y prioritaria, la administración cuidadosa de los bienes económicos... A esta primera casa se sumaron dos más. La semilla iba creciendo.
11. APROBACION PONTIFICIA Estaban puestos los cimientos de la institución. Guardaban unas observancias regulares, contaban con tres casas con sus respectivas comunidades. ¿Por qué no solicitar del Romano Pontífice la aprobación de la orden y la confirmación de la forma de vida religiosa? Tenía sus ventajas. El Papa tomaba bajo su protección las casas con sus bienes y religiosos, y la nueva orden contaba con el respaldo apostólico. El mismo pontífice auspiciaría las redenciones de cautivos. Así, el fundador Juan, movido por su propio impulso, se propone someter a la aprobación del Papa la nueva orden. Es el año de 1.198. Después de celebrar la Semana Santa, en su casa de Ciervo Frío, y acompañado de dos o tres hermanos emprende el camino o la peregrinación a Roma. Cada mañana, cuando rompe el día, reanudan la marcha. Llevan prisa. Por la tarde llegan a las puertas de algún monasterio, que con exquisita caridad los reciben, y más, cuando saben que se dirigen a Roma. “Los peregrinos son recibidos con honor, como si se tratase del mismo Señor”. Atraviesan Francia, cruzan los Alpes y después de largos días llegan a la Ciudad Eterna. Inocencio III, el augusto del pontificado, regía los destinos de la cristiandad. “Eminente por su inteligencia, muy versado en el derecho y en la ley del Señor. Procedía con plena conciencia de su cargo”. A primeros de mayo de 1.198, solicitaba el hermano Juan la audiencia con el Papa. Se presentan: “Somos religiosos de una nueva institución, iniciada en París, que tiene como propósito la redención de cautivos y venimos a solicitar humildemente su aprobación. Inocencio III estaba sumamente preocupado por este problema. El mismo se pregunta: “, Es que por ventura no sabéis que muchos miles de cristianos se encuentran entre los sarracenos, retenidos en la esclavitud, los cuales son torturados con innumerables tormentos?”. Preguntas y respuestas van y vienen: ¿Cuándo iniciaron la experiencia? ¿Cuántas casas tienen? ¿Son muchos los religiosos? ¿Qué forma de vida guardan? ¿Por qué llevan el título de la Santa Trinidad? ¿Con qué bienes cuentan? ¿Cómo redimirán a los cautivos? El hermano Juan se esfuerza por dar cabal respuesta a estos interrogantes. Pero Inocencio III, de acuerdo a su carácter precavido, procede con suma cautela. Desea más información para actuar con mayor seguridad. Nunca antes la Iglesia había aprobado una institución con este fin.
Por el momento el Papa, acogiendo de buen grado las justas súplicas del hermano Juan, toma bajo su protección y la de San Pedro las casas con sus religiosos y bienes. Aprueba las observancias regulares y el propósito de redención de cautivos y le entrega sendas cartas: una para el obispo de París, Eudes de Sully y la otra para el Abad de San Víctor. En las misivas el Papa les pide a los insignes personajes, que le informen “sobre la intención del hermano Juan, del fruto de la institución, de la formación de la orden y de su forma de vida”. Estos no tienen mayor dificultad. Ellos precisamente habían conocido al fundador como “Maestro Teólogo” en las escuelas generales de París, habían sido sus asesores, pues el fundador les había confiado sus inquietudes. Pero, aún más importante consideró el hermano Juan el papel que debían desempeñar, en un momento tan decisivo, los religiosos de Ciervo Frío, comunidad madre de la orden. Al toque de la campana, durante varias semanas, convocó a los hermanos para responder a las preguntas del Papa y sobre todo para redactar la nueva forma de vida. Podían adoptar, como recomendaban recientes concilios lateranenses, “la regla del muy bienaventurado Benito, lleno del espíritu de todos los santos, o del magnífico Agustín” .Pero él prefiere redactar una nueva, adaptada a la naturaleza de la comunidad trinitaria y al quehacer caritativo - redentor, transcribiendo al papel lo que venía observando en los tres años. Van tegiendo la regla con artículos breves, prácticos, que giran alrededor de dos ejes: la vida regular y la redención de cautivos. Después, con algunos retoques y añadiduras del Obispo de París y de Abad de San Víctor, quedará listo el texto para su aprobación definitiva y oficial.
13. DE VUELTA A ROMA Había que darse prisa. El hermano Juan con sus religiosos esperaban encontrarse en Roma antes que llegaran los días desapacibles del invierno. Retorna el camino. Corno sucede en todo escrito importante, vio era la forma de vida trinitaria, Juan, una y otra vez, vuelve a examinar el texto y quiere introducir algunos cambios. A primeros de diciembre de 1.198 están de nuevo a las puertas del Palacio de San Juan de Letrán, y son admitidos en audiencia por Inocencio III. Ahora los hermanos se sienten más tranquilos e intuyen los que les puede deparar esta segunda visita. Entregan al papa las cartas del Obispo de París y Abad de San Víctor con el texto de la Regla. Inocencio III las lee atentamente. Por el tenor de las mismas sabe que “el propósito del hermano Juan procede de la raíz de la caridad. Lo que él busca es el interés de Cristo, y que la utilidad común o el bien del prójimo antepone a la suya”. Criterios hermosos y paulinos que merecen del todo el referendo apostólico. Con el mismo interés o más, lee después el texto de la regla. Por circunstancias coyunturales Inocencio III hubo de examinar y ponderar distintas y nuevas formas de vida religiosa. Le complace. Con algún retoque aquí y allí, queda lista para su aprobación: “Nos, queriendo que os asista la aprobación apostólica, con la autoridad de las presentes, os concedemos a vosotros y a vuestros sucesores, la regla según la cual debéis vivir’. Así, el 17 de diciembre del año de 1. 198, nació para la Iglesia, la Orden de la Santa Trinidad, y era confirmada su regla, por Inocencio III. Así, registraron los cronistas del siglo XIII, en sus anales, la aparición de la nueva orden: “Existe otra congregación de frailes, santa y acepta a Dios, con el título de la Santa Trinidad”. Otro autor afirma: “La Orden de la Santa Trinidad y de los Cautivos es digna de encomio”. Un obispo, dirigiéndose a sus feligreses, les recuerda: “Por tanto, cuánta más santa es esta Orden y más necesaria a la cristianidad”. Con frases encomiásticas se dirige a sus feligreses un Arzobispo: “La Orden de la Santísima Trinidad es viña elegida del Señor. La misma iglesia se alimenta constantemente de la abundancia de sus frutos... testimoniado por la bien conocida y universal estima que gozan”. “Una Orden buena y útil ha comenzado por la que el reo es liberado”… sentenciaba un versificador.
- III - 14. RUMBO A MARRUECOS La Orden de la Santa Trinidad estaba aprobada. El hermano Juan cuenta con tres comunidades y algunos ahorros para iniciar cuanto antes la redención de cautivos. La Regla, recién aprobada, prescribe: “que de todos los bienes, de donde quiera que lícitamente provengan, la tercera parte se reserve para la redención de cautivos”. Más adelante, en otro artículo, manda “que si ya se han puesto en camino para redimir cautivos, todo lo que les den. deben emplearlo para la redención de cautivos”. La caridad le apremia. Pero debe esperar hasta marzo, que es para los navegante indicio de que ha pasado el invierno, y puede contarse este mes entre los primaverales. Mientras tanto, de nuevo y por tercera vez vuelve el hermano Juan al palacio de San Juan de Letrán. Solicita humildemente al Papa una carta de recomendación y salvoconducto, para embarcarse para Marruecos, donde miles de cautivos cristianos, esperan su liberación. Inocencio III, que estaba vivamente interesado por la suerte de los cautivos, le entrega una hermosa y personal carta dirigida al “Ilustre Miramamolin”. Aprovecha el Papa estos momentos para hacer algunas recomendaciones al hermano Juan: “Tú, como piadoso pastor, no ceses de exhortar a los cautivos a la paciencia, para que no desfallezcan en las tribulaciones... Tú, con tus saludables avisos y consejos, esfuérzate en apartarlos del peligro de la apostasía... Recuérdales que les está reservada la corona de la gloria”. Con la carta, y acompañado de dos hermanos se dirige a Marsella, su Provenza natal. Desde su puerto todos los años, por esta época, zarpan las naves hacia Marruecos. Embarca en uno de ellos. En su interior late fuertemente el corazón. Qué le deparará semejante aventura?
15. CON EL MIRAMAMOLIN AL – NASIR El hermano Juan y sus dos acompañantes han desembarcado en algún puerto de Marruecos. Sus vistosos hábitos, con la cruz roja y azul sobre el pecho, los distinguen como religiosos - cruzados. Son recibidos y hospedados, amablemente, por los agentes de Miramamolin, como enviados de los reyes cristianos. Los proveen gustosamente de lo necesario. En su momento son conducidos ante el Al - Nasir. Se presentan: como hermanos de la Orden de la Santa Trinidad, recién aprobada por el Romano Pontífice, y se dedican a redimir cautivos cristianos, como exeas religiosos. Le entregan la carta de recomendación, firmada por Inocencio III. El Papa le comunica que “algunos religiosos, entre los que se encuentran los portadores de esta carta, han fundado una orden y regla para el rescate de cautivos, pagando un precio razonable por su rescate o mediante un canje razonable y de buena fe, el cristiano por el sarraceno”. Vienen “inflamados por la fe en Cristo”, y no movidos por un interés económico. Al final, el dignatario les autoriza para que puedan visitar distintas mazmorras.
16. “BARBARA CAUTIVIDAD” En Roma, el hermano Juan, le había sugerido al canciller apostólico, que iba a redactar la primera bula o documento pontificio, algunas frases para describir la situación del cautiverio, “el mayor mal que puede sobrevenir a los hombres”: “Soportan el yugo de la bárbara cautividad con hambre, sed y toda clase de sufrimientos”, O son los mismos cautivos quienes hacen el recuento de sus males: “Nos llevaron los sarracenos, nos metieron a la cárcel, nos encadenaron y nos atormentaron con hambre, sed y muchas penas. Y después de muchos sufrimientos e incomodidades salí yo de la cautividad”. Y ahora, el hermano Juan, con sus propios ojos puede ver la realidad que supera con creces lo que había imaginado. A su ingreso a la mazmorra, se levantan manos y voces que le suplican: “hermano, sácanos de aquí y llévanos a tierra de cristianos”. Juan se estremece, y mira la bolsa que lleva en sus manos. Son miles de cautivos los que esperan ansiosamente su liberación, y solo podrá sacar a un puñado: 186. ¿Qué puede hacer con el resto? Atenderlos espiritualmente uno a uno, escuchándolos y reconfortándoles con los sacramentos; por eso quiso que la orden fuera clerical. Les promete una pronta visita. Al menos saben que alguien se acuerda de ellos.
17. “POR SU FE EN CRISTO JESÚS” Pero aún es más lacerante la situación espiritual en que viven los cautivos. Hay una fuerza y convicción en el corazón del hermano Juan, que le ha llevado hasta las mazmorras de Marruecos y es “la fe en Cristo de los cautivos”. Nunca en el ejercicio del exeazgo asoma como motivo la fe. Es el interés económico el que les mueve. Hasta los judíos eran exeas o redentores. Los religiosos trinitarios y sus bienes son para la redención de aquellos cautivos “que a causa de su fe en Cristo han sido encarcelados por los paganos’. Juan “es el mensajero de Cristo que viene por los cautivos para que la fe prometida en el bautismo no se pierda”. La frase “por su fe en Cristo” designa, no tanto el motivo por el cual han sido apresados, sino la razón por la cual son liberados. Y piensa: “Los que tuvieren celo de la fe de Jesucristo no se contentarán en poner hacienda y solicitud, sino que dieran su vida, para impedir que se pierda tanta fe”. La única forma segura de evitarlo es traerlos a tierra de cristianos. Cree que no es suficiente el consuelo espiritual. Una vez ha gastado lo que quedaba en la bolsa, se despide de los cautivos y del Miramamolin. Y con la “recua” de los 186 liberados, se embarca hacia la costa de Provenza. Una nueva vida comienza para ellos. Desembarcan en Marsella, y marchan en procesión hacia la catedral de Santa María, donde emocionados y agradecidos elevan sus plegarias al Señor. Después son conducidos a algún hospital, donde se recuperan, hasta ser devueltos a sus hogares. Mientras tanto, los curiosos habitantes de la ciudad se preguntan asombrados: ¿Quién es ese hermano que con hábito y cruz roja y azul encabeza la larga procesión de los cautivos? Es el hermano Juan de Provenza, su paisano, que ahora “inflamado por el amor de Dios” se dedica a la redención de cautivos. Allá mismo llueven las primeras donaciones, “para los que liberan cautivos”. En adelante al primer título o nombre de la orden de la Santa Trinidad, añaden el “de la Redención de Cautivos”. “La primera organización europea para la redención de cautivos fue la Orden de la Santa Trinidad y redención de cautivos, fundada a fines del siglo XII. por Juan de Mata”, concluye un historiador. “Dudo mucho que en la historia de los institutos religiosos, pueda encontrarse algo más hermoso, más interesante, más tierno, que el cuadro que nos ofrecen las órdenes redentoras”, afirma un apologista.
En esta ciudad instituye la primera casa de Provenza, que alcanzará tal importancia en el siglo XIII, que fue considerada como “cabeza de la Orden Trinitaria”. Las instituciones trinitarias forman un pequeño complejo: una pequeña casa denominada de la Santa Trinidad, que alberga siete religiosos; una iglesia, sin adornos, abierta al culto y consagrada a la Santa Trinidad, cuya fiesta, por ser titular, celebran con solemnidad; y adosado un pequeño hospital para albergar una docena más o menos de enfermos, pobres, peregrinos, y un cementerio. Los mismos hermanos atienden a los enfermos “ofreciéndoles el consuelo de la caridad”, y reconfortándoles cuando ingresan con los sacramentos de la confesión y la comunión. Otros trinitarios recorren las ciudades pidiendo la limosna de la redención.
19. EN CATALUÑA De Provenza rodeando la ribera del mar Mediterráneo, y siguiendo la ruta jacobea, se desplaza a Cataluña. Este condado era entrañable para los provenzales a quienes unían fuertes lazos familiares, lengua, costumbres y gobierno. Allí, en Lérida, funda la primera casa. “Ordenes religiosas, enardecidas por la fe y el amor a los menesterosos y necesitados de auxilios, llegaron después de la reconquista... Al principio del siglo XIII, fueron los trinitarios, con San Juan de Mata los primeros en llegar, con el objeto de hacer prosélitos y reunir dineros para la redención de cautivos, una misión que no era ninguna novedad en esos lares”. Después abre otra casa en el término de Avingaña.
20. ULTIMO VIAJE FUNDACIONAL Luego de dejar erigidas estas casas, abandona Cataluña, atraviesa Provenza y llega a Roma, para someter al Papa la aprobación de las casas, y pedir la protección de los bienes. Inocencio III, complacido le dice: “Aunque, según el Apóstol, ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios que da el incremento. hemos querido con todo regar vuestra nueva plantación con el amparo de la protección apostólica, para que con el incremento de Dios, produzca el producto apetecido. Aún le quedan al fundador de los trinitarios arrestos para realizar nuevas fundaciones. Con la presteza que le caracteriza, atravesando nuevamente Italia, Provenza, el sur de Francia y Cataluña, se planta en Toledo para iniciar el tercero y último viaje fundacional. Quería estar en la ciudad imperial, “donde millares de cautivos han gemido en las mazmorras de las fortalezas. Ningún pueblo de occidente, en el presente, sufría tantos cautiverios como el toledano”. Allí estaba el hermano Juan con sus religiosos para enjugar las lágrimas. En el reino de Toledo habían construido hospitales para la redención y cuidados de los cautivos. En ese momento, estaban levantando otro, en honor de la bienaventurada Virgen María, en el barrio de los Francos, que ahora es entregado por el primado al hermano Juan. “El convento de los trinitarios, fue el primero que se fundó dentro de las murallas de Toledo”. De Toledo marchó hacia Castilla la Vieja, donde una noble señora de nombre Catalana, le hace una generosa donación, porque “desea hacer partícipes a los pobres ya los ministros de Cristo de estos bienes”. Llega a Segovia y por último a la ciudad de Burgos, donde gracias a la generosidad del Rey Alfonso Vili, fundó una próspera comunidad trinitaria. En efecto, excepto el monasterio de las Huelgas y el hospital del Rey ésta será la casa que recibirá más donaciones.
21. LAS COFRADIAS DE REDENCIÓN Para
el hermano Juan el dinero era vital. La redención de cautivos lo exigía. Había
que lograrlo por distintos medios. Y uno de ellos era organizar colectas en las
distintas iglesias con la anuencia y aprobación del Papa y de los obispos. En
las cartas de recomendación que llevan los trinitarios recolectores, leemos: Pero sobre todo, es con la creación de las cofradías que va instituyendo en los reinos de Castilla y Aragón que compromete a los fieles a subvenir a las obras de caridad. Así los obispos exhortan a sus fieles a que “se inscriban y se apunten en la cofradía y entreguen para tan gloriosos fines cuotas anuales, cada uno”. De esta manera, desde el principio de la Orden Trinitaria, los laicos colaboraron en la obra de la redención, y se lucraron de los bienes espirituales de la misma.
22. EL HERMANO JUAN SE RADICA EN ROMA Cansado, agotado y sexagenario el hermano Juan retorna a Roma para presentar, como es su costumbre, al Papa Inocencio III, las casas, iglesias y bienes que en su último viaje ha logrado. El Papa le tiene reservada una agradable sorpresa. El también quiere contribuir a la obra de la redención de cautivos, y le hace entrega en el año 1209 de una larga y variada lista de bienes: casas, huertas. albercas, viñas, prados, dos naves de pesca, en buen estado... En total setenta y tres posesiones. Una de estas es la iglesia de Santo Tomás in Formis, enclavada en Roma, sobre el monte Celio. Es una de las veinte abadías privilegiadas de la Ciudad Eterna, que acompañan al Papa en las celebraciones solemnes. El hermano Juan se muestra sorprendido y agradecido. No sabe cómo corresponderle a este detalle. De hecho, esta donación le hace radicarse en Roma. Aquí permanecerá el resto de su vida para administrar sus bienes, formar la comunidad y darle un toque trinitario al monasterio e iglesia de Santo Tomás. Sobre la fachada principal mandará confeccionar un bello mosaico, ejecutado por los mejores artistas, en este ramo, con el motivo o revelación que tuvo en su primera misa en París: Cristo todopoderoso, en medio de dos cautivos, con la inscripción que corre alrededor del medallón: “Signo de la Orden de la Santa Trinidad y de los Cautivos”, convertido en sello oficial de la Orden. Todavía hoy se puede apreciar esta joya de arte.
23. EL HERMANO JUAN MUERE EN ROMA Los hermanos observan que el pábilo de la vida del hermano Juan está llegando a su fin. De acuerdo con la regla que él había escrito, le conducen a una pieza separada, donde es atendido con solicitud, por algún religioso. En su vida y regla mostró una especial condescendencia con los enfermos. Ahora él es el beneficiario. A principios de diciembre del año 1213, cuando el fundador se encuentra próximo a su deceso, un religioso sacerdote, revestido con los ornamentos sagrados, lleva devotamente el viático, a quien le precede el acompañante, con la palmatoria encendida, y el acetre con el agua bendita. Los hermanos rodean su lecho, y comienzan la recitación de la recomendación del alma. El cirio encendido, símbolo de la fe cristiana, colocan en sus manos, mientras todos recitan el credo. Así la vida del hermano Juan, que se inició con la profesión de la fe trinitaria, culmina de la misma manera. Cerraba sus ojos el día 17 de diciembre. 15 años, coincidencialmente, de la aprobación de la orden y la confirmación de la regla. Era el año de 1213. Cuatro días más tarde, el 21 de diciembre, eran puestos sus restos, vistiendo el hábito blanco con la cruz roja y azul, en el sarcófago de mármol, preparado con suma presteza. Era la forma más noble de enterrar. Dentro de la misma iglesia de santo Tomás de in Formis, era colocado. En bellos caracteres románicos grabaron este epitafio por el flanco exterior del vaso que el cadáver, tendido boca arriba, tenía a mano derecha. "El año de la Encarnación del Señor, 1198, en el Pontificado del Señor Papa Inocencio III, en el primer año, el 17 de diciembre, por señal de Dios, fue instituida, la orden de la Santa Trinidad y de los Cautivos, por el hermano Juan, bajo propia regla, concedida a él por la sede apostólica. Fue sepultado el mismo hermano Juan, en este lugar, el año del Señor, 1213, el mes de diciembre, el día 21”.
EPÍLOGO Con los ojos puestos en el sarcófago, que guarda los restos del hermano Juan, afloran a la mente estos pensamientos: Cuando te miro
hermano Juan, Como Jesús, que
vino a revelar al Padre, Como Cristo
Jesús que vino
Como Cristo
vino a servir Como Cristo hizo de los apóstoles en que los religiosos son hermanos. Como Cristo Jesús entregó su vida por los hombres, tú Juan, inflamado del amor de Dios, te entregaste a los cautivos y pobres. Como Cristo
hizo siempre Como Cristo inculcó el amor como distintivo de los suyos, tú hermano Juan, estableciste la caridad como primera virtud entre los hermanos. Cristo nos
enseñó que es mejor dar que entregar amor y solicitud al cautivo. Infunde en nosotros, hermano Juan, estos
valores para que seamos como Cristo Jesús, 2-. DE LA VIDA
CONSAGRADA: 3-. DE LA REDENCION:
4-. DEL SUPERIOR: 5-. DE LA CARIDAD: 6-. DE LA HOSPITALIDAD:
7-. DEL TRABAJO: 8-. DE LA CORRECCION
FRATERNA: 9-. DE LA ELECCION DE
LOS CARGOS: 10-. DE LA VIDA
MORIGERADA:
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