Celebrar
en el Espíritu Santo.
Actitudes, gestos, símbolos
José
María de Miguel González OSST
Universidad
Pontificia
Salamanca
Introducción
Para
situar correctamente este tema, nada mejor que asumir el planteamiento del Catecismo
de la Iglesia Católica (CCE) que en su sencillez y sobriedad nos marca el
camino a seguir: "En la Liturgia el Espíritu Santo es el pedagogo de la fe
del Pueblo de Dios, el artífice de las 'obras maestras de Dios' que son los
sacramentos de la Nueva Alianza. El deseo y la obra del Espíritu en el corazón
de la Iglesia es que vivamos de la vida de Cristo resucitado. Cuando encuentra
en nosotros la respuesta de fe que él ha suscitado, entonces se realiza una
verdadera cooperación. Por ella, la Liturgia viene a ser la obra común del
Espíritu Santo y de la Iglesia"(n.1091).
Así,
pues, la obra del Espíritu en la liturgia de la Iglesia se concentra y resume
paradigmáticamente en los sacramentos, que son las 'obras
maestras de Dios'. La liturgia, y en particular la liturgia
sacramental, es el lugar de la acción y manifestación del Espíritu[1]. En los sacramentos, más que en ningún otro momento,
es donde la Iglesia "celebra la venida del Espíritu y toma conciencia de
su presencia y de su acción. Más aún , es toda su oración la que sin cesar
nos trae la voz del Espíritu Santo".
El
Espíritu realiza la obra de santificación de los hombres hasta su consumación[2]. Él comunica la vida divina, porque es "Señor
y dador de vida”, y lo hace sobre todo a través de los 'signos sacramentales', que tienen su fuente en el misterio
pascual de Cristo. En efecto, la obra de nuestra salvación fue llevada a cabo
por Jesucristo: es él quien, en obediencia al Padre y para llevar a cabo su
plan de salvación se encarnó, nació, vivió, murió y resucitó. Pero
Jesucristo realizó su obra salvífica, la que el Padre le encomendó, en el Espíritu
Santo (cf Lc 3,21/Hech 4,26; Lc 4,14/Hech 10,38; Lc 11,20; Heb 9,14). Y la
continúa realizando en el mismo Espíritu (promesas del Paráclito: Jn
14,16-17; 14,25-26; 15,26-27; 16,7-11; 16,12-15). Este es el cometido de su
misión y presencia en la Iglesia: "hacer visiblemente presente a
Cristo resucitado 'a través de los signos' para que los hombres se hagan
'contemporáneos' de sus acciones salvíficas"[3].
En la economía de la encarnación, "la Iglesia es la dispensadora visible de los signos sagrados, mientras el Espíritu
Santo actúa en ellos como dispensador
invisible de la vida que significan. Junto con el Espíritu está y actúa
en ellos Cristo Jesús"[4].
Olegario
González de Cardedal inicia la tercera parte de su Entraña
del cristianismo, dedicada al Espíritu Santo, con esta afirmación
fundamental: "El cristianismo tiene en la persona histórica de Cristo su
entraña personal y su centro objetivo, pero ella no lo es todo, ya que
constitutivamente se desborda hacia el Padre a quien revela y al Espíritu que
envía a sus apóstoles. En un sentido el cristianismo está todo completo en
Cristo y en otro está todo pendiente de la realidad que le otorga pervivencia
histórica, verdad en las conciencias, potencia de vida y fecundidad
universal. Esa realidad nueva es el Espíritu Santo"[5].
Pero
esta 'realidad nueva' no es fruto de
especulaciones gnósticas, sino un hecho de experiencia, la experiencia de su
irrupción poderosa que, en los comienzos de la Iglesia, renovó la comunión
de los discípulos con Jesús muerto y resucitado hasta hacer de ellos el
'Cuerpo de Cristo', la Iglesia. Este Espíritu "de tal modo vivifica
todo el cuerpo, lo une y lo mueve, que su oficio pudo ser comparado por los
Santos Padres con la función que ejerce el principio de vida o el alma en el
cuerpo humano"(LG 7).
Como
el alma en el cuerpo, así el Espíritu en la Iglesia: la metáfora quiere
significar interioridad, compenetración. La idea de 'morada' como símbolo de la presencia íntima y permanente del
Espíritu constituye el trasfondo de muchos himnos e invocaciones litúrgicas
y devocionales: "Ven, Espíritu
creador, visita las almas de tus siervos", "Ven, dulce huésped
del alma..., entra hasta el fondo del alma", "Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles".
El
símbolo de la 'morada' como presencia
íntima del Espíritu aparece también en la cuarta canción de Llama
de amor viva, de San Juan de la Cruz: "¡Cuán
manso y amoroso / recuerdas en mi seno, / donde secretamente solo moras; / y
en tu aspirar sabroso / de bien y gloria lleno, / cuán delicadamente me
enamoras!”.
1.
Presencia y acción del Espíritu Santo en los sacramentos
1.1.
¿Qué son los sacramentos?
Comenzamos
con esta pregunta porque, como hemos dicho, la liturgia sacramental es el
lugar donde el Espíritu Santo se manifiesta y actúa de un modo particular;
por tanto, tenemos que empezar acotando y delimitando ese 'lugar'. Brevemente,
los sacramentos son signos de la presencia y de la obra salvadora de Jesús.
Signos que no sólo apuntan, señalan o evocan la realidad salvífica, sino
que la actualizan eficazmente: es
decir, la obra salvadora de Jesús, la que el Padre le encargó y para la que
fue enviado, se hace presente y actual, por mandato y voluntad suyos, en el
signo sacramental. Los sacramentos nos actualizan y ponen en comunión con
las obras salvíficas del Señor y, así, por ellos nos llega a nosotros hoy
la salvación que Cristo realizó con su vida, muerte y resurrección[6].
Eso quiere decir que el sacramento se sitúa y explica en el ámbito de
la 'mediación': hace posible el
encuentro
personal con Cristo, nos procura la participación de su salvación. La
mediación pertenece a la estructura de la economía salvífica, que es
radicalmente economía sacramental. Dios, la gracia, el reino, viene a
nosotros, lo podemos percibir de algún modo y entrar en comunión con él
mediante símbolos, palabras, experiencias que nos posibilitan el acceso a
las realidades divinas desde nuestra condición humana. Cristo, con su
encarnación,
base y fundamento de la economía sacramental, es el
Mediador: su carne media, trasluce, comunica entre vislumbres el misterio
de Dios. Por eso, el punto de referencia y de comprensión del sacramento,
de lo que es el sacramento en cuanto signo e instrumento de la comunión con
Dios es Jesucristo, la salvación que él nos alcanzó y que ahora pone a
nuestra disposición, durante el camino, en los distintos signos sacramentales
y en las demás acciones litúrgicas.
1.2.
Los sacramentos, obras de Cristo y del Espíritu
"¿Quién
dicen los hombres que soy yo? [...] Tú eres el Cristo [...]. Y comenzó a
enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho [...], ser condenado a
muerte y resucitar a los tres días"(Mc 8,27-31).
La
pregunta por Cristo, por su identidad, lleva a la pregunta por su 'obra',
la que él realizó una vez por todas en su misterio pascual (misterio de su
muerte y resurrección), y por el modo cómo esa obra llega hoy a nosotros en
nuestra historia. Jesús se presenta en los evangelios como el Enviado
del Padre para cumplir una misión, para realizar el plan de Dios, para
llevar a cabo su voluntad salvífica respecto de nosotros y de la creación
entera (cf Rom 8, 18-30; Ef 1,4-14). Esta 'voluntad salvífica', la realización
de la misma, se concreta y expresa en el 'reino', al que por eso mismo invita
Jesús a entrar desde el comienzo de su misión: "El tiempo se ha cumplido
y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed la Buena Noticia"(Mc
1,15). Esta es la primera palabra de
Jesús en el evangelio de Marcos, y la
última: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda la
creación"(Mc 16,15). Y la razón de este envío salvador la da el mismo
Jesús en su diálogo con Nicodemo: "Porque Dios no ha enviado a su Hijo al
mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él"(Jn
3, 17).
Ahora
bien, en la realización de esta misión interviene decisivamente el Espíritu
Santo: pues a) por su medio se cumple el misterio de la Encarnación:
"José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu esposa, porque lo
concebido en ella viene del Espíritu Santo"(Mt 1,20); b) bajo su impulso
Jesús realiza su misión: "Jesús, lleno del Espíritu Santo, se volvió
del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto... [Después] volvió a
Galilea por la fuerza del Espíritu"(Lc 4,1.14). Por eso pudo decir el
Bautista refiriéndose a Jesús: "aquél a quien Dios ha enviado habla las
palabras de Dios, porque le da el Espíritu sin medida"(Jn 3,34); c) la
ofrenda de su vida en sacrificio está sostenida por el Espíritu Eterno:
"Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca
santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de
la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se
ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra
conciencia para rendir culto a Dios vivo!"(Heb 9,13-14); d) finalmente,
el Padre lo resucita con la fuerza del Espíritu, pues como dice Pablo
"Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del
Padre"(Rom 6,4), es decir, por el Espíritu Santo, de modo que "si el
Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en
vosotros, Aquel que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también
la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros"(Rom
8,11). En resumidas cuentas, "habiendo sido concebido por obra del Espíritu
Santo, toda su vida y toda su misión se realizan en una comunión total con el
Espíritu Santo que el Padre le da 'sin medida'(Jn 3,34)"(CCE 1286).
Así,
pues, el misterio de Cristo no se entiende
sin el Espíritu. Y, en última instancia, "no podemos olvidar que el
misterio trinitario es el origen y el término de la actividad de Cristo y
del Espíritu en la historia de la salvación. La dimensión trinitaria
es la que, en definitiva, da su verdadera hondura a los sacramentos"[7].
Los sacramentos remiten a Cristo, son signos de Cristo, comunican y actualizan
la obra de salvación que él realizó de
parte del Padre y en el Espíritu Santo. Como en todas las realidades
cristianas, el misterio Trinitario de Dios es quien sostiene, da consistencia y
explica lo que en los sacramentos y en toda la liturgia celebramos, lo que
se nos comunica en ellos y el Dios que actúa, el único Dios que la fe confiesa
como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pues "el misterio de la Trinidad es
origen del camino de fe y su término último, cuando al final nuestros ojos
contemplarán eternamente el rostro de Dios"[8].
Jesús
cumplió de manera definitiva e irrevocable el plan salvífico de Dios, aquel
"misterio mantenido en secreto durante siglos eternos, pero manifestado
al presente"(Rom 16,25s), "el misterio de su voluntad"(Ef 1,9):
lo realizó en su vida pública sembrando la semilla de Reino con su palabra,
sus signos de salvación, su cercanía a los pobres y pecadores como icono
vivo de la misericordia del Padre. Esta visibilización o mostración del
amor de Dios por nosotros a través de las palabras, de las acciones y de la
vida entera del Señor, culmina en la cruz; aquí es donde se cumplen de veras
las palabras de Jesús a Nicodemo: "tanto amó Dios al mundo que dio a su
Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida
eterna"(Jn 3,16). Y por eso en la cruz -dirá Pablo con fórmula audaz-
estaba el Padre reconciliando al mundo consigo (2Cor 5, 18s). Pero Jesús
muere, y desaparece de este mundo su figura y presencia visible. El misterio
de la ascensión traduce simbólicamente este ser sustraído de este mundo, de
la mirada y percepción de los hombres, del ámbito de los sentidos[9].
1.3.
¿De qué modo o cómo es ahora su presencia?
Es
una presencia pneumática, 'en el Espíritu'.
Pentecostés simboliza la venida o descenso 'visible' a este mundo del Espíritu
Santo: a la misión del Hijo sigue la misión del Espíritu. La presencia y
obra de Cristo se perpetúan por los siglos 'en' el Espíritu Santo enviado, a
petición suya, por el Padre: "Yo pediré al Padre, y os dará otro Paráclito,
para que esté con vosotros para siempre... El Espíritu Santo, que el Padre
enviará en mi nombre"(Jn 14,16.26).
Cuando
en la liturgia, y en la teología, empleamos la preposición 'en'
para referirnos a la intervención del Espíritu, estamos diciendo que él es
el ámbito de la presencia y de la acción de Dios y, en particular, de la
presencia y acción de Cristo glorioso. El Padre "a quien nadie ha visto
jamás"(Jn 1,18) se hizo en cierto modo visible y se acercó a nosotros
por el Hijo: "el Hijo único que está en el seno del Padre, él lo ha
contado"(Jn 1,18); por eso, "el que me ha visto a mí, ha visto al
Padre"(Jn 14,9). Y Dios sigue viniendo a nosotros por el Hijo, pero ahora
el 'ámbito' de esta presencia y acción divinas es 'en' el Espíritu Santo,
artífice de la humanidad de Jesús sometida a la muerte y de su glorificación
por la resurrección. Ahora, el Padre se nos comunica y nosotros llegamos a
él por la carne gloriosa de Cristo, toda ella vivificada y transfigurada
por el Espíritu: "El Padre, que me ha enviado, posee la vida, y yo vivo
por él. Así también, el que me coma vivirá por mí... El Espíritu es
quien da la vida; la carne no sirve para nada"(Jn 6,57.63).
Ciertamente,
el ámbito de la presencia y acción de Cristo 'en' el Espíritu Santo, es
inconmensurable, no tiene fronteras ni de tiempo ni de espacio, ni de
culturas ni de lenguas, ni de razas ni de religiones: "sopla donde
quiere"(Jn 3,8). Sin embargo, él nos dejó unos 'signos' humildes y
sencillos, verdaderamente universales, que concretan, acotan y visibilizan
el espacio de la acción divina para no extraviarnos, para facilitarnos el
camino: son los signos sacramentales, empezando por el signoraíz
que es la Iglesia. La Iglesia, en cuanto cuerpo
visible-sacramental de Cristo, es el ámbito privilegiado de la acción
del Espíritu: pues "donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de
Dios, y donde está el Espíritu de Dios, allí la Iglesia y la totalidad de la
gracia"[10]. Por eso, Pentecostés, lo que allí ocurrió, la
manifestación de la Iglesia al descender sobre los Apóstoles el fuego de
lo alto, es el sacramento del Espíritu. Jesús en su humanidad es el sacramento
del Padre, su icono viviente, signo de su presencia y acción en el mundo:
"¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras
que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que
realiza las obras"(Jn 14,10). De manera semejante y mutatis
mutandis, la Iglesia suscitada e inhabitada por el Espíritu es el signo
de su presencia y acción en el mundo.
1.4.
El Espíritu remite siempre a Cristo
Según
la promesa de Jesús en el discurso de la última cena, el Espíritu "os lo
enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho"(Jn 14,26);
"él dará testimonio de mí"(Jn 15,26); "él os guiará hasta la
verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga
y os anunciará lo que ha de venir"(Jn 16,13).
El
Espíritu, pues, remite todo a Cristo: la Iglesia tiene su cimiento y raíz en
el costado abierto del Señor, pero se levanta y edifica en el Espíritu
Santo. Por eso Jesús, al morir, nos entregó el Espíritu (Jn 19,30). El
Espíritu
viene a nosotros por medio de la 'partida' de Jesús de este mundo al Padre. Pues hasta entonces
"aún no había Espíritu, ya que todavía Jesús no había sido
glorificado"(Jn 7,39). Pero en cuanto esto ocurrió, "al atardecer
de aquel primer día de la semana... se presentó Jesús en medio de
ellos... sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo"(Jn
20,19-22).
Al
denominar a la Iglesia 'sacramento
principal' estamos diciendo que ella es el lugar de la presencia y acción
de Cristo por excelencia, no por
exclusividad, porque Cristo es más que su propia 'obra' y por eso no puede quedar encerrado ni limitado ni
condicionado
por ella. "En efecto, los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de
Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su
vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través
de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna"(LG
16).
1.5.
La presencia de Cristo en la Iglesia no es separable de la presencia y acción
del Espíritu
que es quien suscita y edifica la Iglesia. La Iglesia tiene su origen y
fundamento en el 'misterio pascual'
que abarca los dos polos, o misiones, de la intervención divina: Pascua y Pentecostés. La 'condición
sacramental' alude al signo externo, a la realidad visible, y a la
acción divina, invisible, actuando a través de él. Tal condición es
aplicable a la Iglesia y de forma eminente. Por eso el Concilio pudo decir que
la Iglesia es "en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la
unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano"(LG 1).
Junto con la referencia a Cristo como constitutiva del signo sacramental,
hay que añadir la referencia al Espíritu, igualmente constitutiva. Porque
"cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la
tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que
santificara continuamente a la Iglesia y de esta manera los creyentes
pudieran ir al Padre a través de Cristo en el mismo Espíritu"(LG 4). La
misión del Espíritu está en relación con su obra
de santificación de la Iglesia como sacramento principal, y dentro de
ella, de los signos sacramentales. En Pentecostés suscitó a la Iglesia en
las personas de los apóstoles, santificándolos, llenándolos de sí,
transformándolos:
"Esta es la fuerza / que pone en pie a la Iglesia / en medio de las plazas
/ y levanta testigos en el pueblo, / para hablar con palabras como espadas /
delante de los jueces"[11].
El mismo Espíritu santifica igualmente los signos sacramentales para hacer
de ellos signos eficaces de la presencia y acción de Cristo.
Es,
pues, necesario "contemplar conjuntamente la acción de Cristo y la acción
del Espíritu en los sacramentos, porque así aparecen ambas, indisolublemente
ligadas entre sí, en la realidad sacramental de la Iglesia, como lo
estuvieran en la historia de la salvación. Las dos acciones se complementan
e iluminan mutuamente"[12].
1.6.
La fuerza sanadora de Jesús obra en los sacramentos por el Espíritu Santo
Jesús,
durante su vida pública, inauguró el Reino de Dios, la presencia de la salvación
escatológica, a través de diversos 'signos',
que eran eficaces por la fuerza que salía de él, esa fuerza divina que había
descendido sobre él con ocasión de su bautismo, cuando "se abrió el
cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal como una
paloma"(Lc 3,21s).
Pero
el gran signo o sacramento de su obra de salvación fue su muerte y
resurrección,
el misterio pascual. Aquí se fundan y de aquí se alimentan y nutren todos
los sacramentos y sacramentales (cf SC 61)[13],
empezando por la Iglesia que brota del costado de Cristo muerto en la cruz.
Los sacramentos son, en el ámbito del sacramento principal, la Iglesia,
los signos por medio de los cuales Cristo continúa, presencializa y comunica su
obra de salvación. Y como su ministerio mesiánico se inició bajo la unción
del Espíritu que vino sobre él y le llenó de su fuerza para hacer signos y
prodigios de salvación (cf Lc 4,18-21), así también hoy el mismo Espíritu
desciende sobre los sacramentos para hacer de los dones de la tierra (pan,
vino, agua, aceite) y del corazón del hombre bien dispuesto signos de la
presencia y acción sanadora de Cristo. La fuerza que salía de Jesús y
curaba (cf Lc 5,17; 6,19; 8,46) es la misma fuerza que brota de los sacramentos:
esta fuerza santificadora y sanadora es el Espíritu Santo. El Espíritu santifica
a la Iglesia y así la hace 'cuerpo-sacramento' de Cristo, y, en este
'cuerpo', santifica y consagra los dones sacramentales para hacer de ellos
signos de la presencia y salvación de Cristo. Pues como enseña el Catecismo,
"los siete sacramentos son los signos y los instrumentos mediante los
cuales el Espíritu Santo distribuye la gracia de Cristo, que es la Cabeza, en
la Iglesia que es su Cuerpo"(CCE 774).
1.7.
El Espíritu Santo, ámbito divino de la acción litúrgica
Aunque
la Iglesia en su liturgia no acostumbra a dirigirse directamente al Espíritu,
sin embargo, toda ella, toda la liturgia, está penetrada por su presencia.. Por
eso se puede decir que la liturgia, sobre todo la liturgia sacramental, es
la obra común del Espíritu y la Iglesia (cf CCE 1091).
Lo
que Cristo hizo, su obra de salvación que realizó de múltiples modos
culminando en la cruz y resurrección, hoy
se actualiza por medio de los sacramentos que él nos dejó como signos
eficaces de su presencia y acción salvífica. Pero tanto entonces como
ahora Cristo actúa en el Espíritu Santo bajo su impulso y moción: es el ámbito
divino de su presencia y acción salvífica. El Espíritu Santo actualiza,
santifica, permanentemente el signo principal, la Iglesia, que él suscitó
y edifica como 'cuerpo-sacramento' de Cristo, y en ella, hace continuamente
presente a Cristo y su obra a través de los signos sacramentales. La acción
del Espíritu Santo en los sacramentos deriva y está en estrecha continuidad
con su influjo y presencia en la vida y obra de Jesús.
Los
sacramentos son, pues, signos de Cristo en el Espíritu Santo, en cuanto que el
Espíritu los llena de Cristo y de su salvación. Ahora bien, si el modo de
presencia de Cristo entre nosotros después de la ascensión es 'en
el Espíritu', y si la presencia de Cristo se actualiza de una manera
particular en los sacramentos, éstos no pueden entenderse sin la acción
santificadora del Espíritu. El paso de Cristo a los sacramentos no puede darse
si no es en el Espíritu Santo.
2.
Celebrar en el Espíritu Santo: actitudes fundamentales
Teresa
de Jesús comienza el libro de las Moradas poniendo de relieve la importancia de la actitudes en lo que
se refiere a Dios: "Porque la que no advierte con quién habla y lo que
pide y quién es quién pide y a quién, no la llamo yo oración, aunque mucho
menee los labrios... Mas quien tuviese de costumbre hablar con la majestad de
Dios como hablaría con su esclavo, que ni mira si dice mal, sino lo que se le
viene a la boca y tiene deprendido por hacerlo otras veces, no la tengo por
oración, ni plega a Dios que ningún cristiano la tenga de esta suerte"[14].
La
liturgia es un conjunto de acciones, palabras, gestos, signos y símbolos
mediante los cuales celebramos la salvación. Por su misma naturaleza, el marco
en que la liturgia se desenvuelve es fijo, no se inventa cada día; este marco
estable, conocido, es el rito, los distintos ritos que configuran la
celebración.
Contando
con esto, a saber, con la estructura ritual de la celebración, la creatividad,
como la inculturación, en la liturgia tiene cabida hasta cierto punto, puesto
que lo fundamental de la acción litúrgica nos
es dado, no es conquista nuestra. El entramado de palabra y elemento
material que constituyen el signo sacramental nos precede siempre. Lo que la
Iglesia, en la presencia y bajo la fuerza del Espíritu, celebra en la liturgia
es la historia de la salvación, siempre de nuevo actualizada, es decir,
hecha presente, ofrecida como don y gracia, como invitación y posibilidad
de entrar en esa historia, de ser alcanzados por la gracia que en ella actúa
y se revela. Pero esta 'historia de salvación' en sus componentes esenciales ya
ha sido realizada (carácter escatológico del misterio y obra de Cristo); no es
que la historia de la salvación se haya concluido al escribirse la última
página de la Biblia, como si nosotros y los que vengan detrás de nosotros no
fuésemos más que meros espectadores de esta 'historia de libro' ya
cerrada; la historia de la salvación continúa haciéndose con nosotros y
hasta la gloriosa venida de nuestros Señor Jesucristo. Pero la forma de hacerse
esta historia de salvación hoy es desde aquella historia ya realizada
"una vez para siempre"(Heb 9,12), incorporándonos a ella, a su
dinamismo salvífico actuado y hecho presente por el Espíritu Santo.
La
liturgia es la memoria viva de esta historia; y decir 'memoria' es contarla
incesantemente. La palabra que configura el sacramento, que cuenta la historia
de salvación que en la celebración se actualiza, es siempre la misma y se
contiene en el libro de la revelación, en la Sagrada Escritura. Por lo cual,
ninguna creatividad, ninguna inculturación de la liturgia, en cualquier
situación histórica, geográfica o cultural, podrá prescindir jamás de esta
palabra, de este relato, de esta historia, si quiere hacer memoria, actualizar
la obra de la salvación realizada por Dios en favor nuestro.
Pero
tampoco podremos saltarnos los símbolos fundamentales, en los que y por medio
de los que la palabra se materializa, se encarna y así se nos comunica la
salvación a nuestra medida y según nuestra condición. Estos símbolos también
se nos han dado, no han sido inventados o escogidos por nosotros: la cruz, el
pan y el vino, el agua, el aceite, la imposición de manos, la oración sálmica,
la plegaria eucarística. Los límites de la creatividad o de la inculturación
son estrechos, son los límites mismos impuestos por la autolimitación (o kénosis)
de Dios en la encarnación del Verbo. Por tanto, "cualquiera que sea su
origen étnico y cultural, los cristianos deben reconocer en la historia de
Israel la promesa, la profecía y la historia de su salvación. Reciben los
libros del Antiguo Testamento lo mismo que los del Nuevo como palabra de Dios. Y
aceptan los signos sacramentales, que no pueden ser plenamente comprendidos sino
mediante la Sagrada Escritura y dentro de la vida de la Iglesia. [...] La
Biblia ofrece [...] a la liturgia lo esencial de su lenguaje, de sus signos y de
su oración"[15].
Esto viene a cuento para subrayar el carácter ritual de la liturgia, es decir, para mostrar que la incesante repetición de palabras, gestos y ritos no es un capricho de la Iglesia, como tampoco de las demás religiones con sus respectivos rituales, sino que se corresponde con la naturaleza de la celebración de la salvación ya acontecida una vez, y que siempre se actualiza precisamente a través del testimonio, del relato y de los símbolos que el Señor nos dejó en memoria suya.
Ahora
bien, el ritual inevitable puede degenerar, si no se ponen las debidas cautelas,
en ritualismo probable, cuya consecuencia más lamentable es el vaciamiento
expresivo del rito y, con ello, su misma función simbólico-comunicativa. El
lenguaje ritual con su fijeza, su estilo solemne y descolgado de la calle,
con sus gestos moldeados por el paso de los siglos, puede engullir al Espíritu
y neutralizar la novedad, la libertad, la sorpresa de Dios. Como no se trata
de una mera posibilidad, sino de un riesgo real al que el hombre religioso está
expuesto, y más que expuesto, tiene suma importancia la recomendación
de Santa Teresa acerca de las actitudes con que hay que entrar en la oración o
en la celebración de los sagrados misterios. Y aquí parece estar el 'quid'
de la cuestión. Si, con frecuencia, no se consigue hacer vivas, significativas,
atractivas las celebraciones litúrgicas, es porque falta algo previo y
fundamental: una adecuada disposición 'religiosa' para entrar en la
celebración. ¿Para qué son los ritos, qué transmiten los ritos, en
comunión con quién nos ponen? El problema, el verdadero problema, es hoy
'Dios', no los ritos, y menos los ritos sacramentales que, al fin y al cabo,
en sus elementos fundamentales, proceden de El y remiten a El. Cada vez nos
cuesta más imaginarnos a Dios, tener noticia de Dios, respirar a Dios,
porque la cultura secularizante lo ha arrinconado, lo ha quitado de la
vista y arrancado del corazón. Por eso no es seguro que con un mero cambio de
ritos, con la modernización de la liturgia, íbamos a llegar mejor a Dios y a
experimentarlo más cercano. Algo de esto ya se ha intentado, y se continúa
intentando, de diversas maneras, por ejemplo, con liturgias para jóvenes o
para niños, sin que muchos de ellos acaben por alcanzar una experiencia viva
de Dios y por eso siguen desertando masivamente de la Iglesia.
Celebrar
en el Espíritu Santo es celebrar bajo su influjo, en su atmósfera vital, es
empezar tomando conciencia de adónde venimos, ante quién estamos, quién nos
ha convocado, quién nos habla, a quién rezamos y cantamos, qué es lo que
celebramos.
Esta
catequesis inicial es fundamental para el logro de la celebración; porque si no
se consigue crear un clima religioso adecuado que ayude a todos los participantes a tomar
conciencia de lo que van a celebrar, y por tanto, de las actitudes y
disposiciones
que deben poner en juego, entonces es muy difícil que la celebración sea
fructuosa en verdad, y no un mero y aburrido sucederse de palabras y gestos
incomprensibles y nada interesantes. En todas las celebraciones habría que
crear ese ambiente religioso, y de un modo particular en la misa.
Clima
de oración, actitud orante, disposición a la escucha de la palabra y a la
participación en el sacrificio eucarístico: todo esto intentan suscitar los
ritos de introducción de la misa. Pero si en este primer momento no se entra,
¿cómo se va a acoger con fe la palabra?, y si la palabra resbala, ¿cómo se
va a participar con fruto del sacramento? Y ya se puede acudir a misa todos los
domingos, y se puede incluso comulgar en cada misa, como falte esta primera
disposición, como la actitud fundamental de ponerse en presencia de Dios, de
abrirse a la acción del Espíritu Santo, esté ausente, entonces todo se
reducirá a "mucho menear los labrios".
Esta
actitud de apertura al Espíritu Santo para celebrar el misterio de la salvación
y entrar en comunión con Dios, se exige a toda la asamblea celebrante y, de un
modo particular, a su presidente, es decir, a aquel que representa y actúa en
nombre y en la persona de Cristo cabeza de la Iglesia. Pues aquí, y
especialmente
aquí, se percibe rápidamente quién actúa identificándose con el
misterio que trae entre manos o lo hace al modo de un funcionario con poco
sueldo y mucho trabajo. También al presidente de la celebración le amenaza
el peligro de "mucho menear los
labrios".
3.
Celebrar en el Espíritu Santo: gestos de su presencia
Junto
a la actitud de adoración, interiorización y reverencia (el 'temor
del Señor' como principio de la sabiduría), que conviene cultivar para
entrar en la acción litúrgica con buen pie, la celebración 'en'
el Espíritu Santo se expresa también a través de determinados 'gestos': es la actitud hecha gesto corporal. Empezando por la señal
de la cruz.
Romano
Guardini tiene a este propósito un reflexión preciosa que merece la pena
recordar por extenso: "Cuando hagas la señal de la Cruz, procura que esté
bien hecha. No tan de prisa y contraída, que nadie la sepa interpretar. Una
verdadera cruz, pausada, amplia [...]. ¿No sientes cómo te abraza por
entero? Haz por recogerte; concentra en ella tus pensamientos y tu corazón,
según la vas trazando [...], y verás que te envuelve en cuerpo y alma, de ti
se apodera, te consagra y santifica. ¿Y por qué? Pues porque es signo de
totalidad y signo de redención. En la Cruz nos redimió el Señor a todos, y
por la Cruz santifica hasta la última fibra del ser humano. De ahí el hacerla
al comenzar la oración, para que ordene y componga nuestro interior, reduciendo
a Dios pensamientos, afectos y deseos; y al terminarla, para que en nosotros
perdure el don recibido de Dios; y en las tentaciones, para que El nos
fortalezca;
y en los peligros, para que El nos defienda; y en la bendición, para que,
penetrando la plenitud de la vida divina en nuestra alma, fecunde cuanto hay en
ella. Considera estas cosas siempre que hicieres la señal de la Cruz. Signo más
sagrado que éste no le hay. Hazlo bien: pausado, amplio, con esmero. Entonces
abrazará él plenamente tu ser, cuerpo y alma, pensamiento y voluntad,
sentido y sentimiento, actos y ocupaciones; y todo quedará en él
fortalecido, signado y consagrado por virtud de Cristo y en nombre de Dios uno y
trino"[16].
La
celebración eucarística, como las demás acciones litúrgicas, comienza con
este gesto: "terminado el canto de entrada, el sacerdote y toda la asamblea
hacen la señal de la cruz" (OGMR 28); sigue luego la triple signación ('persignarse')
en la frente, en los labios y en el pecho, un gesto que es muy significativo
como expresión, en primer lugar, del paso de la palabra oída al entendimiento,
signándose en la frente, pues como Jesús mismo nos explicó, "sucede
a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno
y arrebata lo sembrado a lo largo del camino... Pero el que fue sembrado en
tierra buena, es el que oye la Palabra y la entiende: éste sí que da fruto"
(Mt 13, 19.23). En segundo lugar, el signo de la cruz se hace en los labios,
porque la palabra recibida, como la luz encendida, es para proclamarla luego a
los demás, de modo que alumbre a todos (cf Mt 5,14-16), estando "siempre
dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza"
(1Pe 3,15). Y en tercer lugar, el signo de la cruz se traza sobre el pecho,
porque, en última instancia, si la palabra no penetra dentro animando y
transformando
el corazón, no dará el fruto esperado (cf Sant 1,22ss: Rom 2,13 y la
advertencia de Jesús sobre la importancia de 'cumplir' o 'poner en práctica'
la palabra sobre cualquier otra circunstancia, incluidos los lazos carnales
más estrechos [Lc 8,21; 11,27s]).
En
la celebración eucarística, el Espíritu hace del gesto de la señal de la
cruz un memorial de Cristo y de su obra salvífica[17]:
al comienzo de la misa uniendo gesto e invocación como ámbito de sentido de
toda la celebración: Dios Trinidad y la obra de la redención; en el Evangelio
como culmen de la palabra de Dios actuando en la historia, pues es la
palabra del Verbo encarnado[18];
y al final como prenda de bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu sobre
los que han participado en los sagrados misterios. Pero el signo que más
directamente expresa la presencia santificadora del Espíritu es la extensión
de las manos del sacerdote (y concelebrantes) sobre los dones del pan y del vino
en la epíclesis junto con el gesto de bendición de los mismos. La consagración
se realiza por la fuerza de lo alto, es decir, del Espíritu, que vivifica
las palabras de Cristo que el sacerdote pronuncia en su persona, para que el
pan y el vino se conviertan en el cuerpo y en la sangre del Señor.
Según
el Catecismo, "este signo de la efusión todopoderosa del Espíritu Santo,
la Iglesia lo ha conservado en sus epíclesis sacramentales"[19].
Así, en el bautismo de los niños, cuando por razones pastorales se omite la
unción prebautismal, el ministro dice: "Os fortalezca el poder de Cristo
Salvador, que vive y reina por los siglos de los siglos", e inmediatamente
impone la mano sobre cada uno de los niños, sin decir nada[20].
En el rito de la confirmación la imposición de manos se relaciona
explícitamente
con la efusión del Espíritu pentecostal: "Es esta imposición de
manos la que ha sido con toda razón considerada por la tradición católica
como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación, el cual perpetúa,
en cierto modo, en la Iglesia la gracia de Pentecostés"[21].
Los
dos sacramentos llamados de curación[22]
también mantienen el gesto de la imposición de manos: en la absolución
sacramental el sacerdote extiende ambas manos o, al menos la derecha, sobre
la cabeza del penitente[23]. En la unción de los enfermos, inmediatamente
antes de la liturgia del sacramento el sacerdote, en silencio, impone las manos
sobre la cabeza del enfermo[24].
Finalmente, en los dos sacramentos al servicio de la comunidad, orden y
matrimonio, la imposición de manos expresa también un simbolismo epiclético,
aunque con valor diferente en cada uno de ellos. Según el Pontifical Romano,
este gesto se realiza en silencio en la ordenación episcopal: primero impone
las manos el obispo ordenante principal y luego los demás obispos presentes; en
la ordenación de presbíteros el obispo impone las manos sobre el elegido y
luego todos los presbíteros presentes; en la ordenación de diáconos sólo el
obispo impone las manos[25].
El Ritual del matrimonio prevé la extensión de las manos sobre los esposos
en la bendición nupcial después del padrenuestro con claro contenido epiclético[26].
Finalmente,
el mismo gesto epiclético de la efusión del Espíritu que simboliza la
extensión de las manos, se hace en la oración de consagración del santo
crisma por el obispo; también aquí, en el momento central de esta oración,
los presbíteros concelebrantes extienden las manos sobre la vasija del crisma
o crismera: "A la vista de tantas maravillas, te pedimos, Señor, que
te dignes santificar con tu bendición [+] este óleo y que, con la cooperación
de Cristo, tu Hijo, de cuyo nombre le viene a este óleo el nombre de crisma,
infundas en él la fuerza del Espíritu Santo..."[27].
4.
Celebrar en el Espíritu Santo: símbolos de su presencia.
4.1.
El nombre mismo de 'Espíritu', tanto
en hebreo, 'ruaj', como en griego, 'pneuma',
como en latín, 'spiritus', significa
viento, aire, aliento, soplo, respiración. El Espíritu es el 'aliento' de la vida, por eso está presente desde el principio de
la creación: "la tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del
abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas"(Gén 1,2). Y
empieza la obra de la creación. Y al terminarla con la creación del hombre
se dice: "Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e
insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente"(Gén
2,7). De estas primeras intervenciones de Dios mediante su 'espíritu' o
'aliento' de vida se hacen eco otros muchos textos del AT y del NT. Como un eco
del relato de la creación es el testimonio del Salmo 103,29s: "Escondes tu
rostro y se espantan; les retiras el aliento, y expiran, y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas, y repueblas la faz de la tierra". O
como leemos en el libro de Job: "Si él retirara a sí su espíritu, si
hacia sí recogiera su soplo, a una expiraría toda carne, el hombre al polvo
volvería"(Job 34,14-15). De una manera muy gráfica aparece la acción
vivificante del soplo de Dios en la visión de los huesos secos que cuenta
Ezequiel: "Huesos secos... he aquí que yo voy a hacer entrar el espíritu
en vosotros, y viviréis... Así dice el Señor Yahveh: Ven, espíritu, de los
cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que vivan"(Ez 37,4-5.9).
Encontramos
también la acción vivificante del Espíritu como soplo de vida en la aparición
del Resucitado en la tarde de pascua: entonces, al confiar a sus discípulos la
continuación de su misma misión, "sopló sobre ellos y les dijo: Recibid
el Espíritu Santo"(Jn 20,22). Pero es sobre todo en pentecostés cuando
la fuerza del Espíritu se hace sensible y perceptible: entonces, "de
repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso,
que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas
lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos;
quedaron todos llenos del Espíritu Santo"(Hech 2,2-4).
Aquí
aparecen descritos los símbolos del Espíritu, al comienzo de la nueva creación
inaugurada por la muerte de Cristo como tránsito a la vida plena en la
resurrección que se comunica a la Iglesia en pentecostés: el viento y el
fuego. El viento de Dios que soplaba en el comienzo del mundo (Gén 1,2) y
cuando Israel atravesaba el Mar Rojo (Ex 14,21) camino del Sinaí donde
recibirá la adopción filial como pueblo de Dios (Ex 19, 3-6), sopla ahora
sobre los discípulos para poner en marcha la Iglesia por los caminos del
mundo; aquel fuego que vio Moisés arder en la zarza sin consumirse (Ex 3,
2s), ahora se posa sobre cada uno de ellos "y se pusieron a hablar en
otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse"(Hech 2,4).
En
la liturgia de la Iglesia el símbolo del viento como aliento de vida, por
tanto, como símbolo del Espíritu vivificante no es muy frecuente; aparece en
la consagración del crisma; entonces el obispo, antes de comenzar la oración
consecratoria, "sopla sobre la boca de la vasija del crisma". También
el Ritual de la iniciación cristiana de adultos en el rito de entrada en el
catecumenado, primer grado, señala en el momento del exorcismo y renuncia a los
cultos paganos que "el celebrante volviéndose a cada uno de los
candidatos, sopla suavemente, diciendo: 'Rechaza, Señor, con el soplo de tu
boca a los malignos espíritus: Mándales que se aparten, porque se acerca tu
reino"[28].
En
pentecostés el símbolo del Espíritu es el viento y el fuego. Pero ya antes el
Bautista se había referido al bautismo nuevo de Jesús que sería "con
Espíritu Santo y fuego"(Mt 3,11). Aunque es más problemático, también
podría verse una alusión al Espíritu en aquella enigmática palabra de
Jesús sobre el fuego: "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto
desearía que ya estuviera ardiendo!"(Lc 12,49). Pero tampoco es muy
frecuente este símbolo del fuego en la liturgia; el fuego nuevo con que se
inicia la Vigilia pascual hace alusión a Cristo resucitado, a la luz de la fe
que con él se ha encendido: "La luz de Cristo, que resucita glorioso,
disipe las tinieblas del corazón y del espíritu"[29].
Pero si Dios resucitó a Jesús de entre los muertos por el Espíritu, no sería
una extrapolación simbólica puramente arbitraria ver en el soplo que
aviva el fuego nuevo del que se prenderá el cirio pascual, símbolo de
Cristo resucitado, una figura de la acción vivificadora del Espíritu,
"por el que resucitaste a Jesús de entre los muertos"[30].
El simbolismo de este fuego se prolonga en la procesión del Evangelio para
significar que es el fuego del Espíritu el que da vida a la palabra, junto a la
pila bautismal para encender de él la luz de Cristo y en las exequias como
testimonio de la esperanza que atraviesa los umbrales de la muerte.
Con
el fuego se asocia también el incienso que se quema simbolizando el
sacrificio y el humo perfumado se eleva al cielo llenando la casa de Dios.
Algunos autores se quejan, con razón, de la ausencia de este símbolo en los
ritos sacramentales y reivindican una liturgia "bajo el signo del
fuego", o sea, más atenta y abierta a la accióninspiración del
Espíritu.
El
símbolo del fuego está muy presente en las invocaciones del Espíritu:
"Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en
ellos la llama de tu amor”. En el "Veni
creator", se le invoca como "fons
vivus, ignis, caritas, et spiritalis unctio", y se le pide que
"encienda la luz para los
sentidos". Luego, san Juan de la Cruz, se referirá a este fuego divino
como "llama de amor viva"
que quema, abrasa, purifica, transforma. Pues según enseña el Catecismo,
"como el fuego transforma en sí todo lo que toca, así el Espíritu
Santo transforma en vida divina lo que se somete a su poder"[31].
Y por eso, invocamos su acción transformadora en la epíclesis de los
distintos sacramentos.
4.2.
Nos faltan por recordar otros dos símbolos importantes del Espíritu Santo que
están presentes en la liturgia con más fuerza: el agua y el aceite.
El
simbolismo del agua con su doble poder destructivo y vivificador es un símbolo
universal. La primera carta de Pedro interpreta el agua del diluvio como una
figura del bautismo: "en los días en que Noé construía el arca, en la
que unos pocos, es decir, ocho personas, fueron salvados a través del agua; a
ésta corresponde ahora el bautismo que os salva"(1Pe 3,20-21; cf 1Cor
10,1-2). En el AT los ríos de agua viva, el agua purificadora, aluden a la
acción creadora de Dios por medio de su espíritu: "Derramaré agua
sobre el sediento suelo, raudales sobre la tierra seca. Derramaré mi espíritu
sobre tu linaje, mi bendición sobre cuanto de ti nazca"(Is 44,3; cf
32,15). Y por el profeta Ezequiel promete Dios "un agua pura que os
purificará:
de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar", y
esto se realizará porque "os infundiré mi espíritu y haré que caminéis
según mis preceptos y que pongáis por obra mis mandatos"(Ez 36,25.27;
cf. 39,29; Joel 3,1-2)[32].
Anteriormente
hemos aludido a la diferencia que marca Juan entre su bautismo y el de Jesús
"con Espíritu Santo y fuego". En efecto, en su diálogo con Nicodemo
establece Jesús una íntima vinculación entre el agua y el Espíritu:
"En verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar
en el reino de Dios"(Jn 3,5). Que el agua sea un símbolo del Espíritu
Santo se encarga de recordárnoslo el cuarto evangelio: "El último día
de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó: 'Si alguno tiene
sed, venga a mí, y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno
correrán ríos de agua viva'. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que
iban a recibir los que creyeran en él"(Jn 7,37-39). Y al morir Jesús,
"entregó el espíritu", entrega que a continuación se simboliza en
el agua que brotó del costado abierto del Salvador (cf Jn 19,30.34)[33].
Ahora se cumple la promesa que hizo a la Samaritana junto al pozo de
Jacob: "Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: 'Dame de
beber', tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva..., y el
agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida
eterna"(Jn 4,10.14). Y por eso, en la visión final de la Jerusalén
futura, "el que está sentado en el trono dijo: al que tenga sed, yo le daré
gratuitamente del manantial de agua de la vida"(Ap 21,6 cf 22,17). Hacia
esta fuente conduce "el Cordero que está sentado en medio del
trono": él "los apacentará y los guiará a los manantiales de las
aguas de la vida"(Ap 7,17). Este 'agua de la vida' es, sin duda, símbolo
del Espíritu, como aparece al comienzo del último capítulo del Apocalipsis:
"Luego me mostró el río de agua de Vida, brillante como el cristal,
que brotaba del trono de Dios y del Cordero"(22,1). Aquí, en lo más íntimo
de Dios está, según el bellísimo poema de San Juan de la Cruz, "la
fonte que mana y corre, aunque es de noche [...] y que cielos y tierra beben de
ella, aunque es de noche"[34].
En
la liturgia, el agua desempeña un papel fundamental: según la palabra de Jesús,
es la 'materia' del sacramento de la vida nueva, del bautismo. Claro que no por
ella misma, sino en virtud de la acción del Espíritu sobre las aguas, como
al principio de la creación. En la oración de la bendición del agua en la
Vigilia pascual se recuerdan las intervenciones salvíficas de Dios vinculadas
al agua, para terminar invocando el descenso del Espíritu vivificador:
"Mira ahora a tu Iglesia en oración y abre para ella la fuente del
Bautismo. Que esta agua reciba, por el Espíritu Santo, la gracia de tu Unigénito,
para que el hombre, creado a tu imagen y limpio en el Bautismo, muera al
hombre viejo y renazca, como niño, a nueva vida por el agua y el Espíritu. Te
pedimos, Señor, que el poder del Espíritu Santo, por tu Hijo, descienda
sobre el agua de esta fuente, para que los sepultados con Cristo en su muerte,
por el Bautismo, resuciten con él a la vida"[35].
El
recuerdo del bautismo mediante la aspersión del agua, sobre todo en los
domingos de pascua, actualiza en nosotros la presencia del Espíritu
santificador[36];
es el agua viva por el Espíritu, es la gracia que llega del Padre por Cristo
en el Espíritu Santo. Esta acción transformadora y unitiva del Espíritu en
las aguas bautismales es tan clara que Pablo se atreve a decir que "en un
solo Espíritu hemos sido todos bautizados [...]. Y todos hemos bebido de un
solo Espíritu" (1Cor 12,13).
4.3.
Finalmente, hay otro símbolo que expresa la presencia y acción santificadora
del Espíritu Santo a través de los signos sacramentales: es el óleo para la
unción[37].
Como el agua es vivificante por el Espíritu, así también el aceite unge y
consagra por el mismo Espíritu[38].
Es lo que pide el Obispo en la Misa crismal al consagrar el crisma: "Te
pedimos, Señor, que infundas en este óleo la fuerza del Espíritu Santo
con la que ungiste a sacerdotes, reyes, profetas y mártires". El agua es
principio de vida, el óleo sana, fortalece, da brillo y color[39].
En la Biblia, la unción a distintos personajes (reyes, sacerdotes,
profetas) tiene tanta importancia, que al final el Ungido es el Mesías, el Cristo. En efecto, en la sinagoga de
Nazaret, al comienzo de su ministerio, Jesús hace suya la profecía de Isaías:
"El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido"(Lc 4,18: Is
61,1-2). Ungir con el Espíritu expresa la toma de posesión de alguien por
parte de Dios para una misión: "Me ha enviado a anunciar a los pobres la
Buena Nueva" (Lc 4,19). Pedro resume la vida y obra de Jesús desde su
unción con el Espíritu: "Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea,
comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios
a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él
pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque
Dios estaba con él"(Hech 10,37s). Como he dicho, Cristo significa ungido,
el Ungido, el Mesías[40];
los cristianos son los ungidos por el mismo Espíritu, unción que se
expresa en el bautismo con el santo crisma, sobre la coronilla, del que
acaba de ser bautizado: "Dios... que te ha liberado del pecado y dado
nueva vida por el agua y el Espíritu Santo, te consagre con el crisma de la
salvación para que entres a formar parte de su pueblo y seas para siempre
miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey"[41].
Con
el crisma, se unge también a los confirmados, advirtiéndoles que al ser
ungidos, hechos cristos o mesías, deben esforzarse en asumir la misma misión
del Señor: "dar testimonio de la verdad y ser, por el buen olor de las
buenas obras, fermento de santidad en el mundo"[42].
El crisma es el símbolo principal del Espíritu Santo, como lo expresa la fórmula
sacramental: "Accipe signaculum
doni Spiritus Sancti" (Recibe por esta señal el Don del Espíritu
Santo)[43].
En
la ordenación de un Obispo la unción es en la cabeza, mientras el
consagrante dice: "Dios, que te ha hecho partícipe del Sumo Sacerdocio de
Cristo, derrame sobre ti el bálsamo de la unción, y con sus bendiciones te
haga abundar en frutos"[44].
En la ordenación de presbíteros, después de la imposición de manos, el
Obispo unge con el santo crisma las manos de los ordenados: "Jesucristo, el
Señor, a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, te auxilie
para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio"[45].
El
santo crisma, símbolo principal del Espíritu Santo, se emplea en aquellos
sacramentos que quieren expresar una entrega o consagración a Dios e
implican alguna misión especial: el bautismo, la confirmación y el orden[46].
De estos tres sacramentos, en los que actúa especialmente el Espíritu
a través del signo del crisma, se dice que imprimen carácter, que dejan
huella indeleble, la huella de Cristo, y por eso son irrepetibles[47].
Este
signo del Espíritu, el crisma, se emplea también en la consagración o
dedicación de iglesias y altares, para que el Espíritu Santo impregne y tome
posesión de aquellos lugares en los que se va a ofrecer el sacrificio y los
cristianos formarán, como piedras vivas, el cuerpo de Cristo: "El Señor
santifique con su poder este altar y esta casa que vamos a ungir, para que
expresen con una señal visible el misterio de Cristo y de la Iglesia"[48].
En
la misa crismal se bendice también el óleo de los catecúmenos con que se
unge el pecho del que va a ser bautizado "para que el poder de Cristo
Salvador te fortalezca... con este óleo de salvación"[49],
y el óleo de los enfermos con que se ungen la frente y las manos de los
enfermos, mientras se invoca la ayuda del Señor "con la gracia del Espíritu
Santo"[50].
El
Espíritu Santo se hace presente y actúa de modo particular a través de su
signo, el óleo consagrado: para disponer al catecúmeno a recibir la gracia del
bautismo, para fortalecer al enfermo en la prueba y, sobre todo, mediante el
santo crisma, el Espíritu actúa para hacer del cristiano miembro vivo del
pueblo sacerdotal en el bautismo y la confirmación, y para representar a
Cristo Sacerdote y Cabeza del pueblo en la ordenación sacerdotal y episcopal.
[1] Cf CCE 688: "La Iglesia [...] es el lugar de nuestro conocimiento del Espíritu Santo", y señala los lugares principales: en la Escritura, en la Tradición, en el Magisterio, "en la liturgia sacramental, a través de sus palabras y sus símbolos, en donde el Espíritu Santo nos pone en comunión con Cristo" etc.
[2] El designio divino de nuestra salvación "que se consuma en Cristo, primogénito y cabeza de la nueva creación, se realiza en la humanidad por el Espíritu que nos es dado: la Iglesia, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne, la vida eterna"(CCE 686).
[3]El Espíritu Santo "hace que Cristo, que se ha ido, venga ahora siempre de un modo nuevo. Esta nueva venida de Cristo por obra del Espíritu Santo y su constante presencia y acción en la vida espiritual se realizan en la realidad sacramental. En ella Cristo, que se ha ido en su humanidad visible, viene, está presente y actúa en la Iglesia de una manera tan íntima que la constituye como Cuerpo suyo. En cuanto tal, la Iglesia vive, actúa y crece 'hasta el fin del mundo'. Todo esto acontece por obra del Espíritu Santo"(Dominum et vivificantem, n. 61.
[4] Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, n. 63
[5] O. González de Cardedal, La entraña del cristianismo. Secretariado Trinitario (Salamanca 1997) 693.
[6] "Cristo actúa ahora [después de la ascensión] por medio de los sacramentos, instituidos por él para comunicar su gracia. Los sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles a nuestra humanidad actual. Realizan eficazmente la gracia que significan en virtud de la acción de Cristo y por el poder del Espíritu Santo"(CCE 1084).
[7] Ignacio Oñatibia, Cristo y el Espíritu Santo en los sacramentos de la iniciación cristiana. En: Pastoral litúrgica, nn. 240-241 (1997) 106.
[8] Incarnationis mysterium. n.3. Bula de Juan Pablo II convocando al Gran Jubileo del Año 2000: Ecclesia n. 2.923: 12-12-1998, p.23.
[9]
La bellísima Oda a la Ascensión de Fray Luis de León:
"¿Y
dejas, Pastor santo,
tu
grey en este valle hondo, escuro,
con
soledad y llanto;
y
tú, rompiendo el puro
aire,
te vas al inmortal seguro?
Los
antes bienhadados
y
los agora tristes y afligidos,
a
tus pechos criados,
de
ti desposeídos,
¿a
dó convertirán ya sus sentidos?
..................................
¡Ay!,
nube envidiosa
aun
deste breve gozo, ¿qué te aquejas?
¿dó
vuelas presurosa?
¡cuán
rica tú te alejas!
¡cuán
pobres y cuán ciegos, ¡ay!, nos dejas!"(Obras
Completas Castellanas de Fray Luis de León.II. BAC 3b (Madrid 41957)
781s).
[10] San Ireneo, Contra las herejías, III,24,1.
[11] Liturgia de las Horas: Himno de tercia.
[12]
Ignacio Oñatibia, Cristo y el Espíritu Santo... , 105.
[13]"Esta
fuente procedió,
Esposa,
de mi costado,
con
los siete sacramentos,
que
de su herida emanaron.
Llegue
quien tuviere sed;
que
del agua y el pan santo
le daré satisfacción"(Lope de Vega, La Siega: N. González Ruiz, Piezas Maestras del Teatro Teológico Español. I. Autos Sacramentales. BAC 17 (Madrid 1946) 95.
[14] Moradas del Castillo interior. Moradas primeras, cap. I,7: Obras Completas. Edición manual preparada por Efrén de la Madre de Dios y Otger Steggink, BAC 212, Madrid 1962, 347.
[15] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, La Liturgia Romana y la Inculturación. IV Instrucción para aplicar debidamente la constitución conciliar 'Sacrosanctum Concilium'(nn.37-40), nn.19.23 (Ecclesia n.2692, 2-7-1994).
[16] R. Guardini, Los signos sagrados. Ed. Litúrgica Española (Barcelona 1965) 13s.
[17] "El Espíritu y la Iglesia cooperan en la manifestación de Cristo y de su obra de salvación en la Liturgia. Principalmente en la Eucaristía, y análogamente en los otros sacramentos, la Liturgia es Memorial del Misterio de la salvación. El Espíritu Santo es la memoria viva de la Iglesia (cf Jn 14,26)"(CCE 1099).
[18]
“En la liturgia de la Palabra, el Espíritu Santo recuerda a la asamblea
todo lo que Cristo ha hecho por nosotros"(CCE 1103) "El Espíritu
Santo es quien da a los lectores y a los oyentes, según las disposiciones
de sus corazones, la inteligencia espiritual de la Palabra de Dios. A través
de las palabras, las acciones y los símbolos que constituyen la trama de
una celebración, el Espíritu Santo pone a los fieles y a los ministros en
relación viva con Cristo"(CCE 1101).
[19]
CCE 699; cf en la confirmación n.1300; en el sacramento del
orden
n.1573.
[20]
Ritual
del bautismo de los niños,
n.120.
El Ritual de la iniciación cristiana de adultos prevé la extensión de las manos hacia los catecúmenos: nn.79, 95, 149, 164 (además aquí terminada la oración de exorcismo del primer escrutinio el celebrante impone la mano en silencio a cada uno de los elegidos, y también en el siguiente exorcismo del segundo escrutinio n.171, y del tercero n.178), 187, 192.
[21]
Pablo VI, Const. Apost. "Divinae consortium naturae" sobre el sacramento de la
Confirmación. Y en la monición que precede a la imposición de manos se
dice: "El día de Pentecostés, los Apóstoles recibieron una
presencia muy especial del Espíritu Santo. Los Obispos, sus continuadores,
transmiten desde entonces el Espíritu Santo como un don personal por
medio del sacramento de la Confirmación, que ahora va a comenzar con la
imposición de manos del Obispo"(Ritual
de la confirmación, nn.30-32; cf Observaciones
previas, n.7; cf Ritual de la
iniciación cristiana de adultos, n.230).
[22] CCE n.1421.
[23] Ritual de la penitencia, nn.102, 133, 151; cf Praenotanda n. 19.
[24] Ritual de la unción y de la pastoral de enfermos, n. 139, 156b, 164; cf Praenotanda, n.19.
[25] Pontifical Romano: Ordenación del obispo, de los presbíteros y de los diáconos (2ª ed. típica), n.45, 81; 130, 158, 284; 206, 234, 276.
[26] Ritual del matrimonio (2ª ed. típica), n. 82, 113, 143, 170, 179, 213, 244, 269, 296, 301, 336, 347, 349, 351, 353.
[27] Misal Romano. II. Jueves Santo. Misa crismal.
[28] Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, n. 79 (p. 39). Pero añade a continuación que "si en algún sitio este soplo, aun leve, pareciere menos conveniente, se omite, y el celebrante dice la fórmula anterior con la mano derecha levantada hacia los candidatos, o de otro modo acomodado a la mentalidad de la región, o bien sin ningún gesto".
[29] Misal Romano (ed. 1983), palabras que pronuncia el sacerdote al encender el cirio pascual con el fuego nuevo (p. 278).
[30] Prefacio VI dominical del tiempo ordinario: Misal Romano, p. 445).
[31] N.1127; cf n.696: "El fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo... La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo".
[32] Sal 35,10: "Porque en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz". Jr 2,13: "Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen". Cf Ez 47: la visión de la fuente del Templo.
[33]
"El Espíritu es también personalmente el Agua viva que brota de
Cristo crucificado (cf Jn 19,34; 1Jn 5,8) como de su manantial y que en
nosotros brota en vida eterna (cf Jn 4,10-14; 7,38; Ex 17,1-6; Is 55,1; Za
14,8; 1Cor 10,4; Ap 21,6; 22,17)"(CCE 694; cf n.2652).
En las I vísperas de Pentecostés pedimos: "Fecunda el mundo con tu Espíritu, agua viva que mana del costado de Cristo...". Y en laudes: "Tú que elevado en la cruz, hiciste que manaran torrentes de agua viva de tu costado, envíanos tu Espíritu Santo, fuente de vida".
[34] Obras Completas. Ed. de J. Vicente Rodríguez y F. Ruiz Salvador. Ed. de Espiritualidad (Madrid 1988) 72-73.
[35]
Misal
Romano,
p. 294.
Y en la bendición del baptisterio: "Te pedimos, Señor, que envíes sobre esta agua la brisa fecunda de tu Espíritu. Aquel mismo poder que cubrió a la Virgen con su sombra para que diera a luz a su Hijo primogénito, fecunde el seno de su esposa, la Iglesia"(Bendicional, 954).
[36] Cf Rito para la bendición del agua y aspersión con el agua bendita: Misal Romano, apéndice I, p. 957.
[37] "El simbolismo de la unción con el óleo es también significativo del Espíritu Santo, hasta el punto de que se ha convertido en sinónimo suyo (cf 1Jn 2,20.27; 2Cor 1,21"(CCE n. 69
[38] "Por lo demás no se te ocurra pensar que se trata de un simple y común ungüento. Pues, de la misma manera que, después de la invocación del Espíritu Santo, el pan de la Eucaristía no es ya un simple pan, sino el cuerpo de Cristo, así aquel sagrado aceite, después de que ha sido invocado el Espíritu en la oración consecratoria, no es ya un simple aceite ni un ungüento común, sino el don de Cristo y del Espíritu Santo, ya que realiza, por la presencia de la divinidad, aquello que significa"(Catequesis de Jerusalén en Liturgia de las Horas II, Viernes dentro de la Octava de Pascua, p. 517).
[39] "La unción, en el simbolismo bíblico y antiguo, posee numerosas significaciones: el aceite es signo de abundancia (cf Dt 11,14) y de alegría (cf Sal 23,5; 104,15); purifica (unción antes y después del baño) y da agilidad (la unción de los atletas y de los luchadores); es signo de curación, pues suaviza las contusiones y las heridas (cf Is 1,6; Lc 10,34) y el ungido irradia belleza, santidad y fuerza"(CCE 1293).
[40] Cf CCE 436; 695
[41]
Ritual
del bautismo de niños,
n. 154; cf. Ritual de la iniciación cristiana de adultos, n. 224.
Pero también en la unción prebautismal se alude a la acción del Espíritu: "Dios todopoderoso... te pedimos que este niño, lavado del pecado original, sea templo tuyo, y que el Espíritu Santo habite en él"(n. 145).
[42]
Ritual
de la confirmación,
n. 33
En el Ritual de la iniciación cristiana de adultos: "Vosotros recibiréis igualmente la fuerza prometida del Espíritu Santo, con la que, configurados más perfectamente a Cristo, deis testimonio de la pasión y resurrección del Señor, y os hagáis miembros activos de la Iglesia, para edificar el Cuerpo de Cristo en la fe y en la caridad"(n. 229).
[43] Pablo VI, Constitución Apostólica 'Divinae consortium naturae' sobre el sacramento de la confirmación: Ritual de la confirmación, p. 14.
[44] Pontifical Romano, Ordenación del obispo, de los presbíteros y de los diáconos. 2ª ed. típica, n.49.
[45] Pontifical Romano, Ordenación del obispo, de los presbíteros y de los diáconos. 2ª ed. típica, n. 161.
[46] "La unción del santo crisma después del bautismo, en la confirmación y en la ordenación, es el signo de una consagración. Por la confirmación, los cristianos, es decir, los que son ungidos, participan más plenamente en la misión de Jesucristo y en la plenitud del Espíritu Santo que éste posee, a fin de que toda su vida desprenda 'el buen olor de Cristo (cf 2Cor 2,15)"(CCE 1294). "Los bautizados 'por su nuevo nacimiento como hijos de Dios está obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia'(LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7,23)"(CCE 1270). En la ordenación: "Este sacramento configura con Cristo mediante una gracia especial del Espíritu Santo a fin de servir de instrumento de Cristo en favor de su Iglesia"(CCE 1581).
[47] Cf CCE 1121; 1272; 1304; 1582
[48]
Oración del obispo en el momento de verter el crisma en el medio y en los
cuatro ángulos del altar (Ritual de la dedicación de iglesias y de altares, p. 49).
"En
virtud de la unción con el crisma, el altar se convierte en símbolo de
Cristo, que es llamado y es, por excelencia, el 'Ungido', puesto que el
Padre lo ungió con el Espíritu Santo y lo constituyó sumo Sacerdote para
que, en el altar de su cuerpo, ofreciera el sacrificio de su vida por la
salvación de todos. La unción de la iglesia significa que ella está
dedicada toda entera y para siempre al culto cristiano. Se hacen doce
unciones,
según la tradición litúrgica... para significar que la iglesia es imagen
de la ciudad santa de Jerusalén"(Ritual, n. 16 a p. 28).
Este rico simbolismo se expresa de una manera particular en la oración de dedicación (cf Ritual p. 47s. 92s.).
[49] Ritual del bautismo de niños, n. 146; cf Ritual de la iniciación cristiana de adultos, n.207.
[50] Ritual de la unción y de la pastoral de enfermos, n. 143. Cf José María de Miguel González, La acción del Espíritu Santo en la Unción de los enfermos: EstTrin 30(1996) 357-384.
[51] Este trabajo, un poco más desarrollado, fue publicado en Salmanticensis 46(1999)313-348.