EN LA ESCUELA DEL SÍ

    Cuando me asomo a una biografía del Beato Domingo Iturrate me asombra el lenguaje del sí que le es familiar, el sí a todas las invitaciones del Espíritu.

    Este lenguaje no tiene su origen en la tierra (¿recordáis el dialecto de Adán y Eva?). Su procedencia está más arriba. El “sí” florece en el amor, por eso es el lenguaje de Dios Padre, que tiene su expresión más plena en Jesucristo, el “sí” incondicional del Padre a los hombres, como cumplimiento de todas sus promesas. Este “sí” Jesús lo transplantó al mundo: Padre, tengo a hacer tu voluntad, mi comida es hacer la voluntad de mi Padre. De El, en la escuela de Jesús de Nazaret, aprendieron este lenguaje todos los justos de la tierra. Entre ellos sobresale la Virgen Maria, madre y, a la vez, discípula de Jesús: “hágase en mi según tu palabra”. También Domingo aprendió este idioma en la escuela de Jesús y de la mano de María Santísima desde sus años de Biteriño. Nos lo confiesa él mismo más tarde: “Yo me he consagrado y entregado a Jesús por María”, dice en uno de sus apuntes espirituales. Está claro que el voto con el que nos encontramos más tarde no se repentiza. En ese voto Domingo promete “hacer siempre lo que conociere ser mas perfecto”. Y nos explica: “No negar nada a Dios nuestro Señor, sino seguir en todo sus santas inspiraciones con generosidad  y alegría”.

    Digo que un voto así no se improvisa. Domingo lleva ya hecho, cuando esto ocurre, un largo itinerario espiritual -en tiempo breve, eso sí- tras las huellas de Jesús, desde Belén hasta el Calvario. Su certero Director, el Espíritu Santo, le ha ido “enfocando” con sus dones la persona de Jesús, su evangelio, la “Pascua de Jesús”. Más aún, le ha ido invitando a sumergirse en esa “pascua” de muerte y resurrección. Así han ido cayendo en Domingo los andrajos del “hombre viejo”, mientras aparecían progresivamente los perfiles del “hombre nuevo”, nacido del Espíritu. Han brotado los “frutos” del Espíritu y con ellos el nuevo “lenguaje”.

    Nada se ha improvisado. En medio hay  muchas horas de oración, largos momentos ante el Sagrario, en la contemplación del “Hombre nuevo”, el resucitado, diálogo permanente con la Madre. De este modo fue conociendo Domingo el lenguaje el “sí”, que lo irá ejercitando luego entre los menesteres cotidianos, en sus relaciones con los hermanos. El “sí” a Dios Padre lo vive en el trabajo  descanso cotidiano, en el gozo y el dolor, en salud y enfermedad. Un “sí” a Dios que se prolonga en el sí a la Iglesia  y sus planes, a la Orden trinitaria  sus proyectos, al hermano que reclama su servicio. Es el sí” de su consagración religiosa, gestado en amor gozoso y agradecido.

Domingo practica este sí y enseña a practicarlo, invita a todos a hacerlo. Así exhorta a su tía a “ponerse entera y completamente en las manos de Dios, conformándose del todo con su divina voluntad, siempre justa y adorable”. Hasta que le llega la última invitación y responde “ya, Padre”. Y entra triunfante en la meta, en la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, abrazado a todos sus hermanos, para seguir practicando el “sí”, un sí de amor y de dicha perdurable. Zorionak, Txomin!, Izan Zaitez lagungarri guretzat.

Ignacio Vizcargüenaga. (Algorta)